martes, 23 de agosto de 2016

“Listen Up Philip”, Ross Perry nos referencia acerca de una idílica nube donde la soberbia y altivez dibujan una demencia innecesaria.































































































Nacido en julio de 1984, en Bryn Mawr, Pensilvania, Alex Ross parece haber establecido una dinámica distinta en el cine norteamericano independiente. Sus guiones y films -tan sólo cuatro-  se aproximan a la reputación de un niño prodigio del arte y ensayo. He logrado observar dos de sus películas, Listen Up Philip y Queen of Earth, y he cosechado -sin ser exigente en la observación- un mar de contraposturas sumamente interesantes vía enfoques de lo que desea, en contra de lo que finalmente consigue. Este aún bisoño joven, graduado en cinematografía en la Universidad de New York, ya estrenado con varios halagos en el Festival de Sundance de hace dos años, y además  contratado por Disney para redactar una adaptación de Winnie Pooh, nos va llevando ingeniosamente por la ruta de la definición autodestructiva del ser humano, pero elaborada desde una perspectiva humorística que habría que revisar, porque no hace ningún detrimento sino más bien intenta perfilar un variopinto retrato de lo complicados y estúpidos que solemos ser quienes nos miramos alguna que otra vez en un espejo de valores sin avergonzarnos del todo, es decir, solemos notar nuestras debilidades, y por qué no alguna que otra inventiva fortachona, de quienes nos comportamos sin contar que estamos inmersos en el día a día de los demás como de los propios, al no  forzar nuestros controles sociales sucedidos en cualquier situación real y/o  imaginaria. En su film Queen of Earth, 2016, da un pequeño paso atrás desde el personaje idiosincrásico del “antipático aunque honesto” escritor de la divertida Listen Up Philip. Alex Ross Perry le estudia el ombligo a los protagonistas que vuelven a ser -aunque en mayor cantidad y refinamiento- sombríamente amenos, anfibológicos, desatentos y adustos, nucleados en la camaradería y deterioro de dos mujeres heridas en lo sentimental, grandes compinches del pasado, pero que en el ahora son envueltas sin regodeos por un absoluto colapso mental que las lleva, ya no por la comicidad negra del anterior film de Ross, sino por el genuino drama psicológico que resultará frustrante y perturbador. Sin duda, estamos ante un nuevo cineasta que luce inspirado no solo en observar otros films en la natural búsqueda de un estilo, sino en leer y mucho -lo percibo con fluidez en los diálogos que elabora- pero con más ahínco en el juego continuo que le brinda cualquier tipo de arte de apoyo al cine, sea la pintura, la música, la escultura, la fotografía, y hasta el videojuego. Hoy, ser un cineasta que libere estilos, innove coloquios, y busque nuevos hallazgos en el rodaje, cuesta un Perú, pero es el único tranvía que te llevará a la estación, en donde tendrá uno que competir con los que llegaron antes o vendrán después. Ross Perry nos golpea la cabeza como si fuera un intérprete específico de su propia hechura fílmica, y ese complejo saber es muy específico en aquellos que aman al cine, y no se dejan hipnotizar por la manipulación mercantilista que emana raudo del mismo. Ross, cinematográficamente, no está mal para alguien que acaba de entrar en la treintena de la vida. Pues bien, en Listen Up Philip, Ross nos cuenta la travesía de un joven escritor a quien lo sorprende el éxito de su primera publicación, que no posee la suficiente autoestima para luchar con este gran desafío, ni siquiera con su bella conviviente, una fotógrafa complaciente que le soporta todo tipo de malcriadeces, hasta que la editorial lo relaciona con un viejo escritor en desgracia, pero que fue el ídolo impulsor de Philip para ingresar en el mundo de la escritura. Son Jason Schwartzman, Elisabeth Moss y Jonathan Pryce -el inmejorable doble del Papa Francisco- los protagonistas que pone en el tablero Ross Perry, quien desde el inicio hasta el desenlace va a tratar de conjeturar acerca de los ímpetus autodestructivos de un novelista con talento para la escritura, pero no para la vida diaria. El buen cineasta le da continuidad en su cacería cinemática para comprobar los límites de lo lejano que podría llegar la misantropía de sus personajes. Expresamente establecido dentro del universo literario que le es habitual, Ross evidencia indirectamente una gran afinidad con el cine independiente, o el de recortado presupuesto, e impone un ambicioso riesgo que centrará en aquellos acicates autodestructivos del buen Philip, quien al mismo tiempo se encarga de sabotear el éxito potencial de su nueva novela y su vida amorosa, en parte, a través del vínculo de admiración con un escritor viejo y venerable como Ike, cuyo proceder antisocial es más evolucionado que el ostentado por Philip. Ross arriesga, y todos quedamos asombrados por esto, porque para él la palabra riesgo significa talento, sumada la asunción de otros riesgos de menor cuantía como el humor negro, el retrato punzante de la creatividad individualista etc. Pero más allá de personajes sofisticados dotados con vena masoquista, muchos no aceptarán el lugar que ocupa Ross Perry al avanzar en forma constante  sobre este trabajo acrementemente atractivo. El venerado novelista malo y viejo Ike Zimmerman -Pryce es un actorazo como pocos- es claramente el futuro que le va a esperar a Philip si no cambia de actitud para sí mismo o para con las mujeres -todas diferentes- que lo rodean en determinado momento y lugar de su existencia. En algún sentido, este Philip egomaniaco se parece a todo artista que desea el reconocimiento antes de haber realizado los méritos o la hazaña para lograr el afecto de la gente que lo rodea, pero que él mismo se encarga de distanciar, por no tener y no querer comprender qué es la fama y cuáles son los elementos que la acordonan. Por lo menos, eso es lo que busca Ross en el fragmento vital de su personaje en los meses que abrazan al lanzamiento de su segunda novela.  En la primera escena, Ross Perry hace todo lo posible para garantizar que Philip Lewis Friedman -no es un secreto lo bien que suele desempeñarse Schwartzman cuando le entregan más de la mitad del film para que se luzca- sólo puede ser considerado como un total hueco sin fondo. Cuando una de sus ex-novias es citada por él luego de dos años de haberse separado, Philip tiene un trato infantil y grotesco. La ofende sin tener licencia para hacerlo, y le saca los trapos un tanto tardíos al aire, lo que pintará de traje entero a un sujeto literalmente extraviado dentro de la esquizofrenia. Luego, discute con su actual pareja sobre temáticas que tienden más que a la consolidación, a un lógico rompimiento. Es muy cierto que los nervios de Philip son propensos al descontrol por su proximidad al lanzamiento de su segunda novela, ya que si ha tenido éxito en la primera, es posible que reconfirme las dotes de buen escritor o que simplemente fracase. Pero, sumada su canalla arrogancia, bien se podría pensar que ya había sido ungido como el nuevo Salinger. Cuando  su editor le da la ingrata noticia que “The New York Times” va a publicar una opinión muy desfavorable, Philip anuncia torpemente que no va a dar entrevistas a la prensa literaria. Ross lo sigue hundiendo en medio de un pastizal con lodo, pero la forma en que lo va haciendo -instando a la reflexión- le saca lustre a la película. Cuando una joven y bella fémina -Dree Hemingway- se le acerca luego de una sesión de fotos, Philip le brinda una cita, se encuentran, charlan poco, se besan -ella le dice que quiere ser su groupie- y lo que hace Philip es denostarla y dejarla fuera de su vida. Sin embargo, esto no se debe a una lealtad firme hacia su novia Ashley, la fotógrafa de correcto proceder -Elisabeth Moss- ya que le señala con cierta descortesía que al tal Zimmerman le gusta su libro, y éste lo ha invitado a reflexionar y escribir a su casa de campo. Ross, ni tonto ni gandul, le da pase a que Ashley se convierta por más de 15 minutos en la protagonista principal del film, sin la presencia de Philip. Acierta Ross en el cambio porque este no sucede normalmente en el trato de una pareja en cualquier film, y al realizarlo realza la figura femenina y limpia de una mujer que es tratada como si se tratase de una mascota. Ashley le responde: “fingiste ser  un hombre emotivo y querible, ahora no eres más que un lamento cualquiera.” Lo más simpático del breve protagonismo de Ashley es que reemplaza a Philip por un gato de piel blanca y negra. Todo un desafío por donde se le observe. Por muy sinvergüenza e inconsciente que sea para su aún corta edad Philip, siendo grosero y alienando a los demás, es nada más que un “diminuto pichón” en comparación con el salvajismo existencial del estropeado Zimmerman. Ike, se ha retirado o aislado de la sociedad porque le resulta insoportable aceptarla como él quiere, pero no puede librarse de su hija, Melanie -Krysten Ritter- a quien considera equívocamente “un grano en el traste”.  En la incursión de Melanie en la vida de su padre, se encontrará con Philip, a quien despreciará por una cuestión de sentimientos. Ike no los tuvo ni tiene por Melanie, pero sí por Philip, lo que va a ser otro acierto de Ross, quien va a destapar la identidad real de Ike. En esta escena podemos observar la clara evocación del cine del gran John Cassavetes, tanto en la más que formidable Husbands, en 1970, como en Minnie and Moskowitz, 1971, films donde el mejor de los directores norteamericanos que ha existido del cine independiente, impone el concepto de una lúcida, desengañada y febril tragicomedia. Ross desarrolla una escena vital de la relación “padre e hija”, en donde Ike y un viejo amigo trasladarán a casa del primero a dos “amigachas” del bar donde estaban tomando. El ruido junto a las intenciones atestan el lugar, mientras que se presume que la fiestucha va a empezar. Melanie, que estaba en casa, baja las escaleras, mira el contexto, y señala: “los odio”. Ike llama entonces a Philip por teléfono para que acuda al lugar, y darle solución al impase, hecho que no logrará por la rivalidad entre su hija y su protegido. La solidez que emana de lo que plantea Ross Perry funciona y obviamente delata al otro gran antipático del film. Por su parte, Philip sigue dubitativo, pensando en no pensar, y pese a que su segundo libro ya ha sido publicado, no se ha dado cuenta. Establecido como profesor de literatura en un instituto de poca monta, Philip emula la heroicidad de Zimmerman, manteniéndose a una cierta distancia de los estudiantes y maestros por igual, incluso en el interludio menos satisfactorio de la cinta, se inicia un romance con una colega francés, Yvette -Josephine de La Baume- que antes de enamorarse, se encargó de desprestigiar a Philip ante todo los formantes del lugar, por una cuestión meramente celosa en lo estudiantil. A una temprana edad madura, cuando debería haber sido de floración, Philip se pinta a sí mismo en un rincón solitario, derivado de una racha antisocial exacerbada por una terrible elección de un modelo a seguir. A medida que su vida se marchita, también lo hace su creatividad, a pesar de una explosión personal en donde la narrativa final de Ross Perry enumera de manera sucinta algunos eventos claves en el resto de la vida del escritor. Al igual que un novelista imaginativo, Ross Perry interpreta con solidez una gran cantidad de juegos narrativos, frustrando expectativas, tomando giros abruptos al iniciar y detener algunas escenas, además de definirse por la sustitución de diálogos expositivos que le ahorrarán tiempo. No es que Ross caiga y se someta en la cáustica mentalidad de un observador imparcial y vengativo. Por el contrario, para entender su propuesta hay que ir entendiendo paso por paso las intenciones de los personajes junto a sus realidades que surgen en momentos distintos.  Si podríamos comparar a Ross con algún director yankee, esta sería con Woody Allen, especialmente con su film Husbands and Wives, 1992. Allen logra una sabia y arrebatadora crónica urbana donde disecciona certeramente la complejidad de las relaciones de pareja a través de una visión dramática y perversa, impecable en su retrato de los temores, frustraciones y deseos de la vida moderna de cualquiera de nosotros. Describe las enormes falencias de los demás, no siendo tan difícil observar la naturaleza móvil de Ross Perry, agitando gran parte el trabajo de cámara, y la lenta viveza de una historia que conjuga temperamentos de seres humanos la mayor parte del tiempo. Schwartzman logra un notable y convincente temperamento negativo de su personaje hasta el punto que a menudo es difícil de trabar empatía. Por el contrario, este Zimmerman de Pryce, es lo que va por lo debajo del argumento que emite Philip, en la misma dirección, y locamente entretenida en su negativismo. Esto es incisivo del rendimiento en la pantalla del veterano y gran actor galés, y obviamente es un homenaje a la escritura de Ross Perry, quien, en otra de sus virtudes -esta vez como guionista- hace que las voces de los dos escritores sean tan dispares a pesar de las actitudes similares que nos ofrecen. La actriz Elisabeth Moss parpadea con habilidad los cambios emocionales al afinarse en períodos cortos de tiempo como una mujer que se autoconvoca recién descubierta su fuerza interior. Philip vuelve a la gran ciudad para encontrarse consigo mismo, pero es expulsado de la vivienda que había compartido con Ashley, que, después de haber resistido la separación, ahora prefiere la vida en soledad. Otra buena lección de Ross hacia las mujeres: no se dejen maltratar ni timar por un cascarrabias que regresa con cara de ternura. Es mejor, no para quien comenta sino para el cineasta, buscar un reemplazo en una mascota. Muy buen film para quien pueda tolerarlo, y seguramente un bodrio para los de sentadilla fría. Ross Perry nos referencia acerca de una idílica nube donde la soberbia y altivez dibujan una demencia innecesaria.