jueves, 11 de agosto de 2016

“The Black Cat”, Edgar G. Ulmer nos invita a sumergirnos en una vorágine de muerte y locura.














































































Quienes sentimos pasión por la cinematografía no sólo hay que buscar films en la meca hollywoodense, aquella de los blockbusters, las estrellas y los premios de la Academia. También debemos hacerlo en aquel Hollywood clásico y pequeño, ese océano donde revolotean como peces las obras de un precario presupuesto y nula promoción, el de los llamados artesanos o los losers de “Poverty Row”, donde se concentraban las productoras de films de serie B como Monogram o PRC, tan cercana y a veces lejana del apogeo de verdaderos maestros como Ford, Welles, Hawks, Wilder, Hitchcock etc. Ahí se fabricaban con denodado esfuerzo, imaginación y poquísimo dinero, las películas que complementaban a los grandes estrenos. Es justamente aquí donde se demostraba el ingenio capaz de hacer mucho con muy poco. Welles decía que cuando tenía un gran presupuesto le era difícil hacer una muy buena cinta porque al tener todos los medios necesarios, se perdía en la angostura de la grandeza. Sin embargo, cuando el dinero no le sobraba era una de esas normas obligatorias y autoimpuestas el tener que poner en funcionamiento el pensar cómo podía salir del pozo y hacer algo grande. Los más conocidos referentes del cine de serie B, han sido y seguirán siendo: Brian Yuzna, John Flynn, Uwe Boll, Ngai Kai Lam, Luigi Cozzi, Stephen Norrington, Steve Miner, Peter Yates, Lamberto Bava, Stuart Gordon, Albert Pyun, Dan O'Bannon, Christian Duguay, Rod Ward Baker, Robert Mandel, Juan Piquer Simon, Jackie Kong, Frank Henenlotter, René Manzor, Robert Kurtzman, Fred Dekker, Clive Barker, Ron Underwood, Mark L. Leste, Don Coscarelli,  Luca Bercovici, Richard Greenberg, Jack Arnold, Roland Emmerich, y entre los más conocidos John Carpenter y Roger Corman. Pero, faltaría quizás el más prolijo por su fascinante estilo: el norteamericano Edgar Georg Ulmer. Hoy en día tenemos acceso a muchas de las joyas de serie B, sea de un modo formal o a través de la piratería, y es por estos medios que descubrimos la genialidad de Ulmer y otros autores. El cineasta conquistó Hollywood con la mejor película de terror de la Universal Pictures, The Black Cat, en 1934, protagonizado por dos grandes del género: Bela Lugosi y Boris Karloff. El film fue superior a la mayor parte de los míticos films góticos de la productora, pero Ulmer arruinó su carrera al enamorarse de la mujer del productor Max Alexander, sobrino del fundador de la Universal Pictures, Carl Laemmle. La infidelidad llevó a la esposa de Alexander, Shirley, a divorciarse, y a su posterior casorio con el cineasta, lo que le valió ser prisionero de la lista negra de Hollywood, condenándolo a las cintas de serie B. Después de trabajar con Fritz Lang o Murnau, este inmigrante judío, originario de Olomuc -hoy perteneciente a la República Checa- se vio abocado a realizar films educativos y a tratar de sacar el mayor provecho posible a los ridículos dineros con que trabajaba, sobre todo, para la productora PRC (Producers Releasing Corporation) paradigma de este tipo de cine. Fue en ella, precisamente, donde consiguió algunas de sus cintas más trascendentes. Detour, un tour de force del “film noir” con apenas dos personajes y tres decorados, donde lleva el melodrama hasta el paroxismo más surrealista. Se convirtió en pieza clave del género. En algunos otros momentos, con algo más de presupuesto, Ulmer era capaz de aparentar una superproducción, como en The Strange Woman, en 1946, película que dirigió junto a Sirk, y que resultaba un espléndido melodrama de la época, con sustanciales tintes góticos y noir, que lo vinculó a Hitchcock, así como a las sagas épicas de Martin Scorsese. Otras veces,  con mucho menos presupuesto aun, conseguía engañar todavía más, haciendo creíble un film de ciencia ficción, como The Man from Planet X, en 1951. Ulmer acabó, como muchos compañeros de viaje, en Europa, dirigiendo films de aventuras memorables como L´Atlantide, en 1961. Falleció en 1972 en Woodland Hills, no muy lejos del ingrato Hollywood. Décadas después, este artista íntegro, quien se negó a dedicarle su vida personal o su visión propia a las exigencias de aquella “Fábrica de Sueños y de Pesadillas” sería reconocido como uno de los forjadores del cine de mezquino presupuesto. Hoy, la resurrección de las mejores películas en DVD de Edgar G. Ulmer nos permite resucitar también los placeres más exquisitos de lo mejor de las cintas de serie B, un género en muchas ocasiones mejor ensamblados que las películas más famosas y publicitadas. En The Black Cat, Ulmer basa su plot en una pareja de recién casados, Julie Bishop y David Manners, quienes se encuentran disfrutando de su luna de miel, y conocerán a un misterioso hombre llamado Vitus Werdegast -Bela Lugosi- doctor en Psiquiatría, pero que ha pasado sus últimos 15 años en prisión. Tras sufrir un accidente en tren, los tres tendrán que pernoctar en el hogar del arquitecto Hjalmar Poelzig -Boris Karloff- viejo conocido de Vitus, y que esconde un sombrío secreto. En 1934, tras conseguir la aprobación del mandamás de Universal Pictures, Ulmer comenzó a trabajar en la producción que reuniría por primera vez a dos de las más luminosas estrellas del cine de terror de la época: Bela Lugosi y Boris Karloff. Ulmer conocería al novelista Gustav Meyrinck, quien estaba escribiendo una obra inspirada en un lugar llamado Doumond, el cual había sido una fortaleza francesa que fue destruida por el ejército alemán durante la Primera Guerra Mundial. El comandante a cargo de dicho bastión, era un extraño sujeto que fue obligado a ver como sus dirigidos eran asesinados por el ejército enemigo, lo que terminó sumiéndolo en la más completa demencia  tres años después del suceso. Fascinado por la obra de Meyrinck, Edgar G. Ulmer y el guionista Peter Ruric copiaron varios elementos del relato del escritor, y los combinaron con reportajes centrados en el testimonio de una pareja que decía haber tenido un encuentro cercano con el culto satanista del británico Aleister Crowley. De esta forma, nace la historia de The Black Cat, cuyo único nexo con la obra homónima de Allan Poe es el título. Aunque Ulmer tuvo libertad creativa durante la realización del film, debió superar que los ejecutivos de la Universal solo le otorgaran un tercio del presupuesto acordado inicialmente, y le impusieran un plazo de 15 días para terminar el rodaje. Gracias a la habilidad de Ulmer para filmar bajo una increíble factura técnica con pocos recursos, The Black Cat, de tan solo 64 minutos, exhibe un apartado visual y técnico que pareciera haberlo implementado con un presupuesto millonario. Por otro lado, aunque Lugosi y Karloff tuvieron la misma cantidad de minutos en pantalla, la Universal le pagó a Karloff US$ 7,500.00.- dólares por su participación, mientras que a Lugosi solo la mitad. Aunque esto se debía a que en aquel entonces Boris Karloff gozaba de más popularidad que Bela Lugosi, lo que resultaba incomprensible era que David Manners, un actor mediocre, que solo obtuvo un par de papeles importantes durante toda su carrera, recibiera una paga mayor a la de Lugosi, pese a haber trabajado cuatro días menos que el actor de origen húngaro quien quedó relegado a trabajar en cintas de presupuesto bajo, cuyo único mérito era contar con su magnética presencia. The Black Cat comienza centrándose en la figura de Vitus, quien cuenta cómo fue que terminó encarcelado durante la Primera Guerra Mundial. La fortaleza que defendía, junto a sus compatriotas, fue destruida por el enemigo, el cual no tuvo misericordia con los residentes del lugar. Una vez capturado por el ejército invasor, Vitus fue enviado a prisión durante 15 años, tiempo en que su espíritu se sumió en la más honda lobreguez. Como si se tratara de una coincidencia, Vitus y la pareja de recién casados sufren el accidente mencionado en las cercanías del castillo habitado por el siniestro arquitecto Poelzig. Una vez que el grupo queda confinado en el castillo de Poelzig, se inicia una batalla de talentos  entre los dos hombres, en la cual el joven matrimonio será utilizado como un peón más en la mortal rencilla en la que se han visto enfrascados por años tanto el avieso Poelzig como el virulento Vitus Werdegast. Ulmer, con mano diestra y decidida intuición, coloca a la muerte como el factor clave de su narrativa, incluyendo numerosas referencias a esta, algunas más explícitas que otras. Todos los personajes de Ulmer tienen un vínculo especial con la muerte. El personaje de Karloff, posee por ejemplo, inclinaciones de necrofilias que quedan en evidencia una vez que se nos revela que oculta cuerpos femeninos en el sótano de su castillo. Su comportamiento es eróticamente perverso al describir los cuerpos que colecciona en honor a la muerte y la depravación. Al tener un fuerte lazo afectivo hacia la muerte y la tortura, Poelzig va a celebrar misas negras junto a sus compinches satanistas, los cuales acostumbran a sacrificar mujeres en honor a su maestro. Mientras tanto, Vitus posee una conexión espiritual con la muerte. Perturbado por el traumático fallecimiento de sus compañeros de armas, por la pérdida de su esposa e hija a manos de Poelzig, el personaje interpretado por Lugosi ha sido incapaz de dejar ir a los fantasmas de su pasado, lo que lo transformará en una especie de “muerto en vida” cuyo único objetivo es vengarse de los responsables de su desgraciada vida. Ulmer afina el lápiz y le da un espacio privilegiado a la tensión, la cual está dada por la particular lucha de talentos que se desarrolla entre Poelzig y Werdegast, la cual termina por revelar lo repugnante de ambos personajes. Mientras que Vitus luce debatiéndose entre el bien y el mal, la locura y la cordura, Poelzig se alza como una figura macabra, que parece ser la viva encarnación del mal. Por otro lado, el castillo de Poelzig es retratado como un lugar que invita a la perdición, por lo que no resulta extraño que todos aquellos que tienen la mala fortuna de adentrarse entre sus paredes, se enfrentarán con la muerte. Esta idea es reforzada por el diseño de interiores del castillo, compuesto por formas geométricas y bordes afilados, y cuya confección estuvo a cargo del mismo Ulmer en compañía de Frank Lloyd Wright, quien se encargó de diseñar el altar utilizado por Poelzig. Ulmer logra así dotar su obra de una atmósfera onírica y opresiva, a través del uso continuado de la BSO, y un trabajo de fotografía relacionado con el impresionismo alemán. The Black Cat fue producida poco antes que el infame “Código de Producción” asumiera el control total de la industria norteamericana. Gracias a esto, Ulmer pudo incluir una serie de referencias controversiales del satanismo, además de tocar algunos temas incendiarios tales como el abuso sexual, el incesto y la necrofilia. Es por este motivo que no resultó extraño que cuando los ejecutivos de la Universal observaron el primer corte, se sintieron horrorizados por la trama creada por el cineasta. Lamentablemente para éste, la productora obligó a que se realizaran algunos cambios de producción para que esta fuera menos controversial. A esto se le sumó el malestar de Lugosi, quien no estaba satisfecho con el hecho que su personaje lucía varios rasgos que impedían diferenciarlo de su contraparte. A raíz de esto, Ulmer accedió a filmar nuevas escenas las cuales tenían como objetivo humanizar al médico psiquiatra Werdegast, quien busca redimir su alma salvaguardando la vida de la frágil Joan Alison. Cada una de las grandes épocas del cine de terror está marcada por al menos una producción que es distinta a las demás, y que por lo general no se le daba  la importancia debida. Este es el caso de The Black Cat, una de las películas menos valoradas de las cintas de terror realizadas por los estudios Universal Pictures durante la década del treinta, lo que es una pena porque no solo se trata de un estupendo film de terror que nos invita a sumergirnos en una vorágine de muerte y locura, sino porque además presenta el enfrentamiento más memorable de dos de las más grandes estrellas del a veces vilipendiado género del horror. Formidable film.