jueves, 15 de septiembre de 2016

“I mostri”, Dino Risi retrata lo perentorio de la comedia humana a través de los odiosos blasones de la asociabilidad.















































































No quiero faltarles el respeto mezclando los temas, pero a mis lectores, sobre todo de Lima-Perú, mucho cuidado con comprar en la seudoempresa LINIO PERU S.A., gerenciada por un tal Roberto Romero Wolf. Le estoy iniciando una querella. Guerra avisada no mata gente. Dino Risi nacio en Milán, Italia en diciembre de 1916. Quedó huérfano de niño, y fue criado por familiares y amigos. Junto a Mario Monicelli, Luigi Comencini, Nanni Loy y Ettore Scola, fue uno de los maestros del “humor a la italiana”. Risi estudió medicina especializándose en psiquiatría. Se unió a un grupo de jóvenes escritores e intelectuales milaneses, entre los que se encontraban Lattuada y Comencini. Asistente de Mario Soldati en Piccolo mondo antico, 1941, y de Alberto Lattuada en Giacomo I’idealista, 1943, logra realizar Barbone, 1946, su primer cortometraje donde esboza la vida de los vagabundos de su ciudad natal. El film fue galardonado en la Mostra de Venecia. Risi prosigue con una investigación desencantada acerca de la existencia de las clases desfavorecidas en, Bulo in sala, 1948, donde analiza con humor las reacciones del público dentro de una sala de cine. En dos documentales: Seduta espiritica e Il siero della veritá, ambos en 1949, ofrece una crónica científica de sus experiencias psiquiátricas. Tras colaborar con el guión de Anna, de Lattuada, y Totó e i re di Roma, de Monicelli y Steno, en 1951, comedia en clave de crónica sarcástica acerca de un burócrata de nombre Pappalardo, dirige su primer largometraje de ficción, Vacanze col gánster, en 1951, una aventura para infantes que conforman una pandilla para ayudar a que un malhechor pueda escapar de las autoridades. Tras una comedia dramática “Cinecittá”, Il viale della speranza, en 1953, donde filma alegrías y decepciones de tres jóvenes que aspiran a la fama, firma uno de los episodios -Paradiso per quattro ore- de la famosa cinta L'amore in città, de 1953, junto a Antonioni, Fellini, Lattuada, Lizzani, Maselli y Zavattini. Su espíritu cáustico, siempre interesado en los detalles más mínimos de la vida, lo vuelve un hombre de singular expectativa, por ejemplo, no va a seguir la travesía ideológica del movimiento neorrealista, ya agonizante. Filma dos comedias para la pareja De Sicca y Loren, Il segno di Venere  y Pane, amore e..., en 1955, pero es con Poveri ma belli, con Marisa Allasio y Maurizio Arena, en 1957, donde logra su primera obra de arte, y en donde nos ofrecerá un jubiloso retrato de un grupo de jóvenes romanos que saborean las mieles de la sociedad de consumo. Debido al gran éxito de la película, Risi emprende otras comedias tradicionalistas: La nonna Sabella, 1957; Belle ma povere y la goldoniana Venezia, la luna e tu, ambas en 1958; Poveri milionari y la satírica Il vedovo, en 1959, una galería contundente de personajes para Vittorio Gassman, su actor fetiche, y junto a Doris Day en Il mattatore, 1960. Luego dirige con acierto una dramática historia de amor impregnada de una atmósfera negrísima, Un amore a Roma, 1960, clima que reaparecerá en sus películas de los años 60 y 70. En 1961, Risi rueda otra de sus lujosas obras, Una vita difficile, con otro notable cómico, Alberto Sordi, un sañudo fresco acerca de la historia de Italia, desde el fascismo recalcitrante hasta el boom económico, a través de las peripecias de un periodista de izquierda. Tras un gráfico cómico de la guerra sumado a un retrato subversivo de la génesis de Mussolini, La marcia su Roma, 1962, Risi aborda la crisis moral contemporánea con la formidable Il sorpasso, ese mismo 1962, donde Gassman interpreta al personaje del cínico holgazán que no posee más valores que el goce inmediato. En su film, Il successo, de 1963, que realiza junto a Mauro Morassi, refleja las miserias humanas de una forma cruda pero con sentido de crítica, además del estupendo uso de la ironía, y la convincente exhibición del clima de progreso económico de la Italia de los años 60, detallando curiosamente las artimañas que solemos utilizar los seres humanos para conseguir los objetivos a cumplir. Con L'ombrellone, de 1965, transforma las vacaciones de una pareja de italianos en un infierno bélico. Su gran sentido del humor empieza a negrearse en sus siguientes comedias: la seudofolclórica Straziami, ma di baci saziami, de 1968, una corrosiva sucesión de sketches para Nino Manfredi, Vedo nudo, 1969, la irreverente La moglie del prete, 1971, Noi donne siamo fatte così, 1972, una serie de mosaicos de figuras femeninas con Monica Vitti. Con Profumo di donna, 1974, inicia un periodo de pesimismo: del ciego exuberante del film -Al Pacino ganó un Oscar en 1992 por un remake- al loco desdoblado de Anima persa, de 1976 -dos geniales creaciones de Gassman- y de ahí al burgués decadente de La stanza del vescovo, en 1977, al viejo actor en horas bajas de Primo amore, 1978 -ambos papeles de Ugo Tognazzi- y también al soñador empedernido encarnado por el grandioso Marcello Mastroianni de Fantasma d'amore, 1981. Todas estas cintas expresan facetas reveladoras las sus dudas de un hombre cada vez más obsesionado por sus sentires espectrales. Sus últimos largometrajes muestran un cierto cansancio, aunque dirigiendo a Coluche, Risi va a recuperar su elocuencia tanto en Le bon roi Dagobert, 1984, filmada en Francia, como en Scemo di guerra, de 1985. Gran cineasta, quizás el padre de la comedia humana en su ferviente universalidad. Pues bien, en 1963, Dino Risi filma una cinta genial: I mostri, donde en veinte breves episodios nos ilustra el alma de una nación cínica, haragana, femenina, y sin ninguna duda, adorable. A principios de los años sesenta, en Italia comenzarían a proliferar las cintas compuestas por episodios. Con un tratamiento de comedia, estas películas por capítulos que giraban por lo general sobre un tema común o en torno a la personalidad de un actor cómico, agrupaba jornadas de variada perennidad. Se intentaba retratar desde distintos prismas a la sociedad italiana, a través de retintines  de sus costumbres, al mismo tiempo que se le atacaba en lo social, para así conseguir una nueva forma de rodaje. I Mostri, fue guionada por Ettore  Scola, Ruggero Maccari, el mismo Risi, Elio Petri y Furio Scarpelli. En ella, el director realiza un dibujo distorsionado de la sociedad italiana, utilizando a una amplia gama de personajes de talantes caricaturescos. Durante casi 112 minutos, Risi recorre “la manera pérfida y sutil en la que el progreso inscribe las viejas lacras humanas: la hipocresía, el abuso, el desprecio, la mentira, el egoísmo, la manipulación, etc.”. La duración así como las estructuras de cada uno de los episodios son diversas, pero todos vinculados  con uniformidad a esa Roma que se iniciaba en los sesenta. Los episodios giran alrededor de una figura central, usualmente picaresca, interpretada por uno de los dos actores principales, Tognazzi y Gassman, los cuales aparecen de manera alternada en cada segmento. Mientras que algunos capítulos son cortos y presentan una estructura similar a la de un sketch, otros poseen una construcción más elaborada de la historia, aunque no más representativos de una sociedad torcida. Risi dibuja al sujeto social que habita en esa Roma, un monstruo discapacitado, debido a sus dificultades para convertirse en un ciudadano honesto, un maestro estricto, un amigo sincero, un esposo fiel, un juez honesto, un hombre bondadoso etc. Risi enfatiza el carácter patológico de este nuevo ciudadano, con todos sus rasgos característicos, y donde el bien propio está por sobre el de naturaleza común, y los defectos físicos se afirman como un estilo discriminativo. Cada uno de los episodios representa una mirada contradictoria de un país que experimenta un periodo de rápida transformación, donde tanto al interior de la familia, la política, la educación, y sobre todo la religión, se gesta un cambio importante de los valores y los códigos impuestos desde muchos años antes. Para poder comprender mejor el discurso del director, es necesario nombrar algunos de los episodios que presenta la cinta. El primer episodio protagonizado por Ugo Tognazzi, “La educación sentimental”, relata la relación entre un padre y su hijo de seis o siete años, y cómo le enseña gradualmente a mentir, a robar, a desconfiar del otro, y a priorizar lo propio por sobre lo del resto. Dichos como “los pobres no existen”, “quien pega primero pega dos veces”, “no confíes en nadie”, “tu vecino es tu enemigo”, entre otros, resuenan en la cabeza del niño, posicionándose como máximas a seguir. Peor aún es cuando el padre predica con el ejemplo, ya sea transitando en la calle a contramano para llegar más rápido a la escuela, robando comida en el supermercado, o haciéndose pasar por un veterano de guerra, y así acceder con rapidez a un juego de feria. El episodio culmina cuando diez años después, los titulares de los periódicos muestran la foto del padre, quien ha sido asesinado por su propio hijo, y por dinero. Todo esto se corona con la frase final: “En tu vida nunca confíes en nadie, ni siquiera en tu propio padre”. Risi también realiza una crítica al sistema judicial, la que queda patente en el capítulo “Testigo voluntario”. Aquí, un tal Fioravanti -Ugo Tognazzi- se presenta voluntariamente a testificar en contra de un hombre acusado de asesinato. Sin embargo, el abogado defensor –actuado por Vittorio Gassman- terminará por enjuiciarlo a él. Resultará divertido observar como el protagonista intenta colaborar con la ley, lo que sarcásticamente tiene como consecuencia que esta se vuelva en su contra, exponiendo los errores que ha cometido en su vida, sin importar lo poco relevantes que estos hayan sido, y convirtiéndolo ante los ojos de la sociedad, de su esposa, y de los jueces, en un criminal mucho peor de lo que en un principio buscaban castigar. Risi con este episodio establece un hecho innegable; que la justicia es ciega, y que en ocasiones las leyes se pueden doblar para favorecer a aquellos que la han quebrantado. En el resto de los episodios se hace alusión a la política, la religión, la sexualidad, la pobreza, e incluso a la TV, y su torpe influencia en los espectadores, siempre con una mirada ácida e incisiva. Dentro de este grupo de episodios sobresale: “Como un padre”, donde un hombre muestra una confianza ciega en su mejor amigo, ignorando que este es el amante de su mujer, y por lo tanto es la causa de sus problemas; “El sacrificado”, es la historia de un hombre que convence a su amante que la está dejando por el bien de ella; “El opio del pueblo”, en el cual mientras un marido está hipnotizado por la TV, su mujer le pone los cuernos con su amante en la habitación contigua; y “El noble arte”, la última historia de la cinta, y la más trágica, donde un antiguo manager de boxeo convence a un púgil retirado para que vuelva a combatir, sin imaginar las consecuencias que acarrea. En las interpretaciones, tanto Tognazzi como Gassman, hacen un trabajo colosal. Ambos son camaleones que logran representar con credibilidad cada uno de sus roles, no olvidando que gran parte de los personajes que aparecen en el film son caricaturas de los miembros de la sociedad italiana de la época. Esta cinta es considerada como la primera producción cómica italiana conformada por un puñado de diversos y coloridos episodios, además de ser recordada como uno de los mejores trabajos del director Dino Risi.  Mediante un excelente trabajo de dirección, grandes actuaciones, un muy buen guión, y un apartado técnico equilibrado,  Dino Risi logra convocar los rostros de la miseria,  entre la risa y el espanto. Grandísima cinta, obligada a observarla. Dino Risi retrata lo perentorio de la comedia humana a través de los odiosos blasones de la asociabilidad.