martes, 4 de octubre de 2016

“Midnight Cowboy”, Schlesinger hace que los espectros del pasado pervivan en el presente a través de un retrato del apocamiento y los sueños truncos.

































































































John Schlesinger nació en febrero de 1926 en Londres, y falleció en julio de 2003 en Los Angeles. Hijo mayor de una familia judía de clase media bien constituida, y en donde su padre era pediatra y su madre músico. Sirvió en el Ejército yankee en el Lejano Oriente durante la Segunda Guerra Mundial. Mientras estudiaba en el “Balliol College de Oxford”, John se involucró actuando para la “Sociedad Dramática de su Grado Estudiantil”, y desarrolló interés por la fotografía. Ya en la Universidad de Oxford, logró realizar su primer corto, Black Legend, en 1948. Dos años más tarde se recibe como Licenciado en Literatura Inglesa. Ejerció dos años sin mayor fortuna, y en 1952 pudo trabajar en la BBC-TV, donde llegó a ser director de series documentales. Debutó como intérprete en el film bélico Single-Handed, en 1953, de Roy Boulting. Repitió en el mismo género en The Battle of the River Plate, en 1956, de Powell y Pressburger, y al año siguiente en la comedia Brothers In Law, de nuevo con Roy Boulting. En 1954, participó en el drama  The Divided Heart, de Charles Crichton. Desde 1955 a 1957, tuvo un diminuto papel -como todos en su corta carrera de actor- en la serie de TV The Adventures of Robin Hood, donde participó en 22 de los 147 episodios -la serie duró hasta 1960-. De 1958 a 1961, hizo una serie de documentales para la British Broadcasting Corp. Con su film testimonial Terminus, de 1960, ganó un premio de la Academia Británica BAFTA, y el León de Oro en el Festival de Venecia. En realidad, John combinaba su poco o casi nada recomendable experiencia como actor con la de un apasionado cineasta. Hizo la transición al largometraje en 1962, con el poderoso drama romántico A Kind of Loving, con el cual logró ganar nada menos que el Oso de Oro del Festival de Berlín. A los 36 años, ya se había dado el lujo de lucir su compostura fílmica dentro de dos de los tres más importantes festivales del mundo. Su siguiente película, el drama romántico y cómico Billy Liar, 1963, fue un éxito en taquilla, y empieza su relación con la sexy y gran actriz Julie Christie, a quien la convenció para actuar en su tercer largo, Darling, en 1965, una sátira honda de lo romántico, dramático y hasta lo cómico de un excepcional personaje -Diana Scott- y en donde la Christie se llevó el Oscar a la Mejor actriz interpretando a una joven, frívola y atractiva modelo dispuesta a hacer lo que sea para trepar socialmente. Ese año, Schlesinger fue nominado por primera vez a Mejor director, premio que finalmente quedó en manos de Robert Wise por The Sound of Music o La novicia rebelde. Sin embargo, el film obtuvo dos estatuillas más: a Mejor guión original y Mejor vestuario. Posteriormente, Schlesinger y Christie, junto a Terence Stamp, Peter Finch y Alan Bates colaboraron en el buen drama de época Far From the Madding Crowd, 1967, una adaptación de la novela del escritor Thomas Hardy. El film no pegó ni en la crítica ni en taquilla aunque se las recomiendo porque la observé no hace mucho y la disfruté. En 1968, el cineasta se trasladó a los EEUU, contratado por la MGM y United Artists con el fin de realizar un drama sobre la amistad teniendo como telón de fondo al meretricio. Contra todo pronóstico John logró ganar el Oscar a Mejor película con Midnight Cowboy, 1969, film que contó con dos actuaciones envidiables: Dustin Hoffman y Jon Voight. Venció a películas que parecían mejor ensambladas como Anne of the Thousand Days del inglés Charles Jarrott, la favorita Hello, Dolly!, de Gene Kelly, Butch Cassidy and the Sundance Kid, el “Buddy film” de George Roy Hill, y la formidable película argelina Z., del maestro Costa-Gavras. Pero, el más grande honor y la gloria par el cineasta fue adjudicarse el Oscar a Mejor director, cargándose a colegas de la talla de Arthur Penn, Sydney Pollack, y los ya nombrados Hill y Costa-Gavras. Me olvidaba que éste fue el Oscar a Mejor film de la gente, ya que hubo una campaña que llegó a oídos de los votantes cuando se presumía que el film donde actuaban Barbra Streisand y Walter Matthau ganaría. Schlesinger obtuvo su tercer y última nominación de la Academia  por el aclamado drama homosexual Sunday, Bloody Sunday, en 1971, donde volvió a ser derrotado, esta vez por William Friedkin, con su gran thriller policial The French Connection. John continuó operando en un alto estado de logro estético y crítico con buenos films como The Day of the Locust, de 1971, Marathon Man, 1976, y Yanks, de 1979, un buen drama bélico acerca de la Segunda Guerra Mundial, pero que pecó de algunos saltos narrativos, subidas y bajadas, que la perjudicaron, aunque la recomendaría por el guión y los planos siempre bellos y artísticos de John. En 1981, el destino le jugó una mala pasada con la película Honky Tonk Freeway, donde se le pasó la mano al plantear temáticas que no encajaban por ningún lado. Lo peor es que se invirtieron cerca de veinte millones de dólares en la producción, y se recaudaron solamente 3,85 millones, razón que lo envió directamente a la moledora de carne. Aunque Schlesinger continuó trabajando de manera constante como director en cine y TV, nunca probó más los dulces frutos del éxito. Fue un artista completo, que como todo el que se dedica al negocio del arte en el nivel más alto y complejo, tiene siempre que correr riesgos en todos los frentes, y hay cosas que los yankees no perdonan. Luego tuvo dos films aceptables realizados en su país: Madame Sousatzka, 1988, y Cold Comfort Farm, de 1995. Pues bien, en Midnight Cowboy, John Schlesinger nos explica cómo hay que ganarse los sueños, esos que todos tenemos, y que algunos se cumplen y la mayoría no, hablando en términos de experiencias grandiosas. De Texas a Nueva York deben de existir miles de kilómetros o lugares enteros distintos. Para el aprendiz de cowboy Joe Buck -Jon Voight- su estratagema solo era huir hacia un futuro que estaba seguro lo esperaba. Deja su puesto como lavaplatos en un restaurante, ensimismado por una existencia triste, de abandono y múltiples perturbaciones, y se muda camino dispuesto a ganarse la vida en la Gran Manzana seduciendo mujeres, y viviendo de ellas. Consciente de su portentosa figura corpórea que seduce y conquista las debilidades féminas, aunque ingenuo, optimista y pasional, este vaquero representaría hoy en día, uno de los símbolos del sueño americano frustrado, el que ni siquiera se alcanza con el esfuerzo, y mucho menos por un trayecto errado, lleno de turbulencias y de continuos golpes inesperados. No es ningún secreto afirmar que esta cinta es la obra maestra de John Schlesinger, la misma que está adaptada de la novela homónima del escritor yankee James Leo Herlihy, por Waldo Salt, quien también ganó el Oscar a Mejor guión adaptado. Llena de amargura y desesperanza, dotada de una inteligencia basada en imágenes alienadoras, toques de acrimonia y enorme sensualidad, su estreno fue una profecía de lo que a muchos jóvenes alegres de los años 60 les esperaba en aquella gran ciudad plagada de imposibles en que ya se estaba convirtiendo Nueva York. Esta, se viste de color, se aleja de los míticos planos del cine negro, y se desploma sobre su protagonista, mientras este transita entre multitudes con sus botas, su sombrero y su cazadora de flecos. Su contrapeso y el de toda la cinta es la entrada en escena de un formidable personaje llamado Rico “Ratso” Rizzo, encarnado por un Dustin Hoffman quien le puso rostro a uno de los mejores roles de su carrera dentro de la epidermis de ese caco timador, tullido, tuberculoso y marginal, que se convierte en amigo y en una carga para el joven Joe, y que remarca su destino sin remedio posible. Es la voz de la experiencia, de aquella febril y mohína, pero la única con la que cuenta el aspirante a “gigoló” en la soledad de Manhattan. Hoffman dejó la vida en ese personaje, y su química con el cineasta hizo posible que años después ambos se volvieran a encontrar en ese estupendo thriller titulado: Marathon Man. Schlesinger hace lo que sabe que gustaba e iba a sorprender: primeros planos enfermizos, flashbacks implícitos, pesadillas enajenadas, y hasta travesías psicodélicas, aquellas que luego se observarían en largometrajes como Easy Rider, meses después, de Dennis Hopper, o Drugstore Cowboy, de Gus Van Sant, 20 años después, es decir, la repetida crónica de dos perdedores que no son nada, que simbolizan un borrón en los grandes esbozos de la ciudad, como si el cineasta no pudiera parar de burlarse de la insignificancia de sus criaturas, pero no dejara de amarlos en su cada vez más inevitable caída a los infiernos. Una crueldad realista y satírica de ese mundo neoyorquino de ondas radiofónicas, hoy de moda gracias a series como Mad Men, pero que la narrativa de Schlesinger es mucho más hermosa gracias a su suciedad y falta de calumnia. Algo para destacar es la canción de Harry Nilsson: “Everybody’s Talkin”, piedra angular de una BSO en la que también oímos con placidez piezas del mítico John Barry. Todas ellas son la compañía del bonachón muchacho proveniente del lejano Oeste, que no comprende casi nada, pero que es capaz de superarlo todo, sonriéndole a un mundo hostil, lleno de sombras, nocturno y desagradable. Este gran film del 69, contado en la actualidad, podría parecerse a la irreversible historia de siempre, es decir, sus alusiones explícitas a lo “homo” y a la prostitución, no nos resultan hoy incómodas ni violentas. Agregar que Scorsese y muchos otros llegarían después a enseñarnos un Nueva York aún más voraz, es mencionar una certeza difícil de contradecir. Pero, Schlesinger emplea una dinámica de personajes -ojo a la actuación de Brenda Vaccaro- que recae en la mencionada “historia de siempre” narrada como ya nunca volveremos a observar. Por más que se imite ese estilacho, que se recuperen esas texturas, que se siga alabando el mito de los perdedores, aquellos que no querrán jamás ganarse la vida, sino los sueños, como la magnífica escena en que Joe se esfuerza en una diversidad de intentos por hacerse un hueco como gigoló. Esta historia se repitió mucho no solo en el cine sino en la vida misma. Conozco algunos casos de amigos de conocidos que ostentaban su poderío sexual, y que arrasaban con cualquiera, y en el momento que les venía en gana. Estos aparentes sementales antineuronas son pobres tipos que sienten que el futuro le está haciendo guiños o cabeceos a cada rato, más allá de su barrio o pueblo, en este caso en una aldea anclada en un rincón de Texas. No pierden el optimismo, pero casi siempre están carcomidos por un pasado traumático, y no se dan cuenta que su ingenuidad es el último elemento que seguirá ofreciendo resistencia, a pesar de la miseria y de la mala vida en la que, poco a poco, se va a ver atrapado. Imposible hacer el trabajo de gigoló sin ayuda, y menos si uno se quiere establecer en una ciudad como NY. Hoy ni en Lima, ni en Buenos Aires, existen vividores de mujeres, porque la evolución de las féminas de los años 90 a la fecha, es imparable en este y otros temas. Hoy hay gigolás, y no tenemos por qué molestarnos o sentirnos menos, a pesar que a la gran mayoría ni el Viagra -cuidado con esa pastilla- o el Cialis alcanza. A mí sí me gustaba como producía Schlesinger, pero también he observado yerros -sobre todo en parte del montaje-  que incomodan, y que se pudieron hacer de otra manera. Este film podría quedar en el recuerdo como un título singular, amable a pesar de su minimalista sabor agridulce, además de contar con una perspectiva narrativa experimental interesante. Sin embargo, su condición de película de culto -tiene su parroquia y muchos sacerdotes-  más el Oscar a Mejor Película que lo acompañará para siempre, nos tendría que intimar a observarla con un ojo algo más crítico de lo que quizás merezca. El film tiene algunos problemas, y el que más percibo, es que existe falta de credibilidad en los personajes. Desde la demencia de aquella gente que va encontrando el vaquero tejano, tan abismales, desquiciadas y encerradas en sus neurosis, a la candidez que nos muestra él mismo. Por eso, no se le debería pedir algo demasiado especial a la amistad entre Joe y Ratso, obviamente, el núcleo emocional de la cinta. Nos resulta poco natural, casi exótica, a pesar de las circunstancias extremas que viven. Es cierto que los une el mismo deseo de supervivencia, escaparse de la soledad, pero son  dos tipos que no saben cobijarse por la ruta de sus propios sueños. El deseo de viajar a Florida, por ejemplo, se recita como un mantra casi vacío de genuina emotividad. Otro detalle, es que se le tendría que haber agregado más sentido del humor, proponer un Ratso más cínico, menos doliente, y un Joe que se espabile. Para eso, no hubiera hecho falta que se perdiera ni un ápice de candidez, pero al menos, un vaquero menos entusiasta nos habría ahorrado algunas frases de guión que pretenden ser ingeniosas. Schlesinger fuerza la enfermedad de la gran ciudad, y va a contrastarla -blanco sobre negro- con la pureza del cowboy recién llegado, vale decir, de un sujeto que viene de un mundo rural viciado, pero que, sin embargo, se parece demasiado a la metrópolis. A favor de Schlesinger hay detalles ambientales y narrativos muy logrados. El retrato de la suciedad y la miseria de Nueva York tienen un relieve trágico, una buena costra fílmica -esa de la que luego nos impondrá Scorsese- y también los flashbacks, como miradas al pasado que van recorriendo recuerdos, pero entremezclándose con fantasías, deseos e imágenes pesadillezcas que nos invitan hacia un viaje lisérgico, pura psicodelia hecha cine con algo más que una simple intuición creativa. Midnight Cowboy, recibió el Oscar a Mejor película, y es uno de esos acontecimientos que, para algunos, hoy les resulta una cuestión de indiscreción. Como un hecho particular es que recibiera la estatuilla tras haber sido clasificada como film tipo “X”. Sin ir más lejos, esta es una constatación anecdótica que la película ha pasado de moda, y es hija de su tiempo. Si bien entonces pudo resultar impactante la espontánea manera que tenía de hablar de la liberación sexual, y del uso y disfrute de las drogas, hoy nos produce cierto sonrojo, cosas como sus veladas escenas subidas de tono, y una visión arquetípica del infierno que es la gran ciudad, habitada por una sociedad decadente que ya hemos visto en otras partes, como en títulos de otros cineastas que, en alguno que otro caso, hilaron más fino, pero que no ganaron el Oscar. Para finalizar: “Sinceramente, empiezas a oler mal, y para un semental en Nueva York, eso es un problema”, le dice Ratso a Joe en una parte de la cinta. Seguramente que frases como esta provoccaron un festivo escándalo e incluso fascinaron a comienzos de los 70, hoy, a algunos los dejarán congelados. Como siempre intento justificar, la tecnología superó hace rato a la filosofía -y hasta la ciencia- y muchos todavía no se han enterado. Schlesinger hace que los espectros del pasado pervivan en el presente a través de un retrato del apocamiento y los sueños truncos.