miércoles, 23 de noviembre de 2016

“Bob le flambeur”, Melville nos enseña un polar de pura cepa cimentado en una personalidad arrolladora.


























































































Hoy, es un día especial, porque nos toca comentar a uno de esos genios del cine, maestro secreto de muchos, sigiloso y enigmático, director de directores, uno de esos artistas admirados por un núcleo fiel de espectadores que lo seguía como cual feligrés a su Dios, admirado por sus colegas, sabedores que la mejor manera de aprender de cine era observando sus películas. Nadie filmó como este hombre, y nadie filmó al hombre en tanto ser de carne y hueso se tratase, deseado y pretendiente, así será recordado este fatalista férreo, independiente y avispado. Nos referimos Jean Pierre Grumbach conocido como Jean-Pierre Melville, quien nació en octubre de 1917, en París, Francia, y nos dejó en agosto de 1973, en la misma maravillosa ciudad. Fue precursor de la Nouvelle Vague, y de sus notables herederos asiáticos. Por su método de trabajo -Bob le flambeur, de 1956, film que comentaremos- se debería disponer obligadamente como un arquetipo para aquellos cineastas emergentes. Jean-Pierre, para quien suscribe, el mejor de todos los cineastas franceses- empieza haciendo films de bajo presupuesto con autoproducción, seguidos de otros interpretadas por íconos interpretativos del cine local, concretamente Delon y Belmondo. Les confiere papeles insólitos, como a Belmondo en Léon Morin, prêtre en 1961, un drama religioso que juega con los tópicos falsamente bressonianos, tomando distancias en relación a su narrativa, y recurriendo a la voz en off. En el film, Melville se confronta con un rodaje de gran factura, con los dos personajes principales: por un lado un sacerdote católico, y por el otro una viuda agnóstica y comunista que vive sola con su menor hija. La viuda se acerca hacia el cura con el único ánimo de provocarlo intelectualmente, es decir, “sacarlo de sus casillas religiosas”, pero no logrará su objetivo dado que el sacerdote la trata e induce con afabilidad y aplacimiento -la capacidad de ponerse en el lugar del otro y comprenderlo- lo que sorprende a la mujer, quien quedará imantada hacia este hombre -que además, es muy atractivo para ella- y seguirá buscándolo a menudo para charlar, de manera que Melville va a establecer una relación cordial, amistosa y catequética. El francés va a encuadrar su propuesta en el género religioso, a través de  diálogos realmente fascinantes acerca  de la fe, el amor y el sentido que debe de tener la vida -un manjar para los amantes de la filosofía, la teología o la simple búsqueda de las razones del ser-. Al inicio de la cinta, cuando ella va hasta el confesionario de la Iglesia, con la intención de hallar a un ministro cristiano, y cuestionarle la religión en sí misma o su fe en Dios, se topará con un hombre sereno, inteligente y de buen dialecto, que no solamente le va a contestar con razones devotas sino tan bien con ideas que son empáticas, comprensivas, y que invitan al diálogo. La relación se va haciendo sensual a pesar que parezca algo gélida, sin saludos ni despedidas, sin tocarse. Es obvio que entre ambos surge el romance. Ella, carente del calor de un hombre, poco a poco va sintiendo como si interior se revoluciona en un  deseo sexual por el sacerdote. Pero, él también va a sentirse cautivado por la mujer, porque al verse continuamente en la Iglesia, llega un momento en que el presbítero empezará a ir a la casa de ella. Melville hace prevalecer en ambos, el autodominio de los instintos, el de las pulsiones biológicas,  que pueden o no descontrolarse y dejarse llevar por el deseo carnal. Gran película que no deberían perderse, sobre todo por las actuaciones de Jean-Paul Belmondo y Emmanuelle Riva. Jean-Pierre fue un cineasta fuera de toda norma, que se va a afirmar en el año 1949 con una adaptación de la novela de Vercors sobre la ocupación Le silence de la mer, fue filmada con evidente despreocupación por las prácticas económicas y técnicas habituales. Al haber vivido él en el mismo periodo, volverá insistentemente sobre este tema con L'armée des ombres, en 1969 -la versión restaurada en 2006 es muy buena- una oda lírica y austera a la Resistencia, con un tono épico constantemente relativizado, en la que los protagonistas se ven condenados a la ambigüedad a través de un contexto implacable. Melville no fue un realista, y aunque en Bob le flambeur  y Deux hommes dans Manhattan, en 1959, ofrece puntos de vista cuasi documentales que recrean el ambiente del Montmartre de los gangsters o la turbia noche neoyorquina, el cineasta las construirá al precio de una fría estilización. Melville prefiere centrarse acerca de los detalles del comportamiento, y no en sus peripecias psicológicas. De ahí el fetichismo vestimentario de Le doulos en 1962 con Belmondo, o la formidable Le Samourai con Delon, en 1968, donde va a emerger una tipología casi intemporal y cinematográfica. De ahí, en sus películas negras, los personajes funcionales serán definidos más por sus gestos que por su temperamentos. Sus films noir están dominadas por la temática de la culpabilidad y de la indeterminación: Le deuxième souffle, en 1966, y Un flic en 1972, su última película, se basan ambas en equivalencias que perseveran entre el policía y el truhan. En Un flic, Melville nos deja su legado, con una cinta donde todos  los personajes, incluso los secundarios, tienen un mundo detrás, que no se explica, pero que está ahí, para imaginarlo. Hay cosas que Melville prefiere dejarlas vacilantes, como por ejemplo, el policía interpretado por Alain Delon cuando conoce al propietario de un club nocturno, Richard Crenna, y a la mujer que ronda por ahí, Catherine Deneuve, pero no puede conocer o ni siquiera imaginar lo que harán en su favor o en contra estas personas.  La escena del comienzo, la del asalto al banco en un pueblo situado junto al mar, con aquel ruido de las olas cuando rompen, acompañan el trabajo de los actores con una frondosidad notable del sonido, además de un vigor visual insuperable. Es una obra maestra del cine francés, por su fisicidad, por su minuciosidad, por su detallismo, por su misterio, y por  una narrativa concisa de Melville. El film Deux hommes dans Manhattan, no es, en el fondo, más que un intercambio permanente entre las figuras del bien y del mal. L' Aîné des Ferchaux, en 1963, basado en Simenon -cuyo universo le atrae a Jean-Pierre de sobremanera- L'armée des ombres y Le doulos versan acerca de la fragilidad humana, no son misantropía, y se nutren de la intensidad propia de la tragedia, que es la marca por excelencia de Melville. Finalmente, otra película distintiva del cineasta francés es Le cercle rouge de 1970 -que comentamos en el blog- donde su madurez y su apreciable estilo por el policial, es un compendio de su sabiduría. Solo los genios se caracterizan por cambiar las cosas, darles una dimensión real -como Einstein o Picasso- para que, pasado el tiempo, otros puedan atreverse a hacer lo mismo o superarlo. Melville fue uno de los pocos genios del cine, y su obra, el contenido, y el método para hacerlo justifican por qué se le considera como el cineasta de los cineastas. Pues bien, Bob le Flambeur, de1956), es un drama criminal donde Jean-Pierre Melville nos cuenta la historia de Bob Montagné -Roger Duchesne- un ludópata fracasado que se abre camino a través del submundo parisino. Cuando su dinero está a punto de acabarse, decide asaltar un casino con la ayuda de viejos camaradas gangsters. La policía sabe lo que va a intentar Montagné. Sin embargo, en su camino no solo se interpondrá la ley, sino la traición, los secretos y una seductora joven -Isabelle Corey- que amenaza con echar por la borda el magistral golpe.  Habíamos mencionado que el verdadero apellido de Jean-Pierre Melville, era Grumberg. Melville se debía a la gran admiración que sentía por el escritor estadounidense Herman Melville, autor de “Moby Dick”, y quien además de novelas y cuentos, escribió ensayos y poesía. Mientras Melville rodaba las escenas en locaciones con cámara en mano, y montado sobre una bicicleta, exponía sus intereses personales. Su admiración por el cine y la cultura norteamericana, la cual compartían los cineastas de la Nouvelle Vague, lo llevó no solo a viajar a los EEUU filmar una cinta, sino que expresaba su afición abiertamente, llegando a los sets de filmación en su auto yankee, utilizando un sombrero vaquero, y unos lentes de aviador “Ray-Ban”. El buen actor Daniel Cauchy recordaría en una ocasión lo siguiente: “Jean-Pierre siempre sintonizaba la emisora de las Fuerzas Armadas, en la que escuchaba a Glenn Mille. Al mismo tiempo, devoraba las películas norteamericanas de gangsters, las cuales adaptaría a sus propios cánones, empapándolas de referencias personales y sofisticadas modificaciones.” Ese fue el caso de Bob le Flambeur, el quinto trabajo de Melville, el cual es considerado por muchos como la cinta que inauguró el movimiento de la Nouvelle Vague. El protagonista de la historia es Bob Montagné, un ex-ladrón de bancos, que ahora pasa sus días apostando el poco dinero que le queda en casinos que abundan en las calles del barrio de Pigalle. El hecho que pierda cada apuesta que realiza, poco parece importarle, razón por la cual tampoco se cuestiona su diario accionar. Bob es un apostador empedernido, un ludópata que busca incesantemente la suerte, su vieja amante perdida, incluso al llegar a su casa todas las noches, donde utiliza una moneda en la máquina tragamonedas que guarda en su armario. Tan importante como su pasión por el juego, es el cuidado de las apariencias, y su estricto código de honor, que lo lleva a despreciar a los proxenetas que rondan en su barrio, por violar la galantería de aquellos criminales sofisticados, como él. Pese a su infortunado presente, Montagné sigue siendo venerado por sus cercanos, en especial por su protegido Paolo -Daniel Cauchy- quién sigue cada uno de los arriesgados pasos de su mentor, aunque no siempre lo puede lograr, lo que lo involucra en una serie de conflictos que ni el mismo Bob podrá solucionar. Melville arranca la cinta describiendo las calles de Pigalle, barrio de Bob, escenario donde se va a desarrollar la mayor parte de la trama. Luego, se nos presenta la cotidianidad del protagonista, sus andanzas por las diversas salas de apuestas del lugar, y rescatar a jóvenes chicas que intentan ganarse la vida prostituyéndose. Mientras transcurren los minutos se va a encontrar con Anne -Isabelle Corey- una linda muchacha que es pretendida por un proxeneta de nombre Marc -Gérard Buhr- a quien Melville le da el papel de villano. Anne, se transformará en el objeto de deseo de Paolo, y en la causante de su caída a los infiernos. Para Bob, dentro de su galantería, Anne no es más que una mujer con una fuerte crisis existencial, y que necesitará ayuda para no caer en las garras de los detestables sujetos del submundo donde se mueve. Bob le ofrece un techo donde vivir, y también le consigue trabajo, e intenta emparejarla con Paolo. Sin embargo, Anne es una “femme fatale” en toda la regla, cuya frialdad la lleva a utilizar a los hombres para conseguir un determinado capricho. En todo el transcurso de la historia, Anne solo tiene una muestra de afecto hacia Bob, a quién le entrega una flor en muestra de gratitud, gesto que esconde un significado especial para Melville, debido a que también lo incluye en Le Cercle Rouge, de 1971. Será en una de sus tantas visitas a uno de los salones de juego de Paris, que Bob escuchará en alguno, que en el casino de Deauville, la caja fuerte contiene ochocientos millones de francos. Es ahí cuando piensa y va a decidir buscar  cambiar su suerte, planeando un atraco en compañía de un grupo de viejos colegas. En un principio el plan le da la impresión de ser un trabajo sencillo, y a medida que los cacos ensayan la estrategia a seguir, el robo comienza a parecer -en su mente- cada vez más posible. En la segunda parte, Melville nos regalará, con lujo de detalle, toda la fórmula que precede al asalto, comenzado con el reclutamiento de los ladrones, la simulación del robo en un sitio baldío, y la práctica del encargado de abrir la caja fuerte. Lo que en un principio parece ser un plan casi perfecto, se verá amenazado por los fantasmas de quienes lo ejecutarán, los mismos que empezaran a conspirar en su contra. Las mujeres se tornan en un problema, y la traición desafía el  precipitar al vacío los sueños de riqueza del grupo de bandidos. Por otro lado, la pasión por el juego de Bob, no solo se vuelve un obstáculo primordial a la hora de cometer el atraco, sino que también es parte esencial de la increíble vuelta de tuerca final del film, la cual está cargada de tensión e ironía. En cuanto al elenco, luce bien ensamblado. Jea-Pierre Melville no contaba con un presupuesto decente, lo que lo obligó a rodar la cinta por partes, mientras conseguía el dinero para pagarle a los actores. Daniel Cauchy recordaría en una ocasión que Melville le dijo: “Ahora mismo tengo dinero para tres o cuatro días, y después de eso filmaremos cuando podamos”. Dicha situación lo llevó a tomar decisiones riesgosas a la hora de escoger al reparto. En aquel entonces, Roger Duchesne tenía inconvenientes con el alcohol, y lo convertía en una persona impredecible. Pese a esto, su trabajo en el film es impecable a la hora de darle vida a este criminal honorable, un hombre de pocas palabras, cuya afición por el juego era desbordante. Por otro lado, Isabelle Corey, quien interpreta con corrección a uno de los personajes más interesantes, fue recogida nada menos que de las calles de París por  Melville, quien tras invitarla a dar un paseo en su coche, descubrió que la atractiva joven solo tenía 16 años. Por último, hay que destacar la actuación de Daniel Cauchy, que logra dotar a Paolo de un chico inocentón, que perderá la cabeza por una muchacha que no muestra mayor interés en él. En cuanto a la puesta en escena, Melville era muy detallista y preocupado, así que técnicamente el film no posee mayores yerros. No solo cuenta con un brillante trabajo de fotografía de Henri Decae y Maurice Blettery, sino que el diseño de producción de Claude Bouxin es el apropiado, la BSO de Jo Boyer y Eddie Barclay, juegan un papel importante, el montaje de Monique Bonnot no posee cortes, el sonido de Jacques Carrere y Pierre Philippenko luce preciso, sin desbandarse ni rezagarse. En conjunto, todos los elementos técnicos -hasta el diseño de vestuario de Ted Lapidus- le confieren a la cinta un aire melancólico y algo romántico, lo que se mezcla bien con las intenciones de Melville de representar el mundo criminal con sofisticación. Bob le Flambeur, tiene dos atributos que considero viables, primero que no es más que la expresión de la admiración que Melville sentía por el film noir norteamericano, otorgándole un sello propio, y lo segundo que es una película de aprendizaje, es decir, quien observa esta propuesta aprenderá muchísimo acerca de cómo se puede hacer cine sin necesidad de leerse un libro completo o consultarle a Ricardo Bedoya, que todos creen que lo sabe todo. Oficiando de narrador, Melville nos hace entrega de su nítida percepción acerca del mundo del protagonista, la cual está cargada de ironía y cinismo. Melville se conduce a través de un ritmo narrativo pausado, nunca tedioso, de diálogos destacables y situaciones memorables, razón por la cual Jean-Luc Godard ha declarado que es su película preferida de Melville. Bajo la apariencia de un relato sobre el asalto a un casino, se esconde una fábula moral repleta de personajes inolvidables, y un final que es fiel a la esencia del protagonista. Grandiosa película. Melville nos enseña un polar de pura cepa cimentado en una personalidad arrolladora.