miércoles, 2 de noviembre de 2016

“Cinelogia y cinericia”, celebra 1,000 películas comentadas. “Black Page”, Stefany Rojo transmuta sus furias contra el miedo escénico.















































Antes de centrarnos en la biografía y el cortometraje Black Page, de la joven cineasta peruana Stefany Rojo, quien suscribe, José Luis Derteano Muente ha logrado un objetivo no común en las Webs que se dedican con exclusividad al cine: comentar (y/o criticar) 1,000 películas, de todo género, y de una abundante cantidad de directores,  conocidos o no. Desde que me inicié con esta pasión paroxística, de nene, jamás se me hubiera ocurrido que pasado los cincuenta, pudiera llegar a cumplir ensoñaciones materialmente imposibles. Pero, hice lo que pocos intentan: escudriñar en lugares inesperados, sin grandes atractivos inmediatos, ir caminando por rutas aparentemente desiertas, estudiar con ahínco temáticas afines, etc., siempre con la esperanza de pellizcar la carnada de lo” no simplón”. Pasados los bretes lógicos, conseguí con denuedo y un “amor” ilimitado, acceder a ligas mayores. Roger Ebert, decía que quien fuera capaz de observar -no ver ni mirar- más de 8,000 películas, sean estas malas, regulares, buenas, excelentes, premiadas o despojadas, automáticamente sería un ajetreado perito en el dominio de la cinematografía, su lenguaje y sus cientos de vicisitudes. Lo afirmó porque él lo había experimentado así, a pesar que buceaba en defectos vinculantes, de todo calibre. Casi lo mismo, aunque en menor número de cintas, me lo planteó Don Armando Robles Godoy, maestro y amigo, cuando conversábamos, o mejor dicho, cuando él hablaba, y yo escuchaba con despierta deferencia. Y llegué a realizarlo, y aunque me preparé luchando contra decenas de adversidades, pude saborear las mieles de la consecución, ser un sujeto competitivo en la materia, ganar premios, o disertar charlas en varios países en los últimos años; por lo tanto, es la “pura verdad” de Ebert: quien no estudia y es un cinéfilo de alto consumo, va a tener ventajas sobre un elevado número de profesionales que estudian. Pepe Derteano es una sana fusión de ambas posturas. “Cinelogía y cinericia”, ha ganado dos premios internacionales, uno en la Ciudad de Panamá, en 2013,  y otro en Cancún, México, en 2015, y si bien eso me reconforta, no lo es todo. Lo que pretendo es que la gente de cualquier rincón del mundo, pueda leerme, subrayar apuntes, y darse cuenta que el cine es arte, y no solo diversión. Me importa nada que me critiquen o que hagan lo contrario, porque lo que debe repercutir es que se cuente con un espacio que resulte de utilidad. Es una obligación moral agradecerle a la gente, porque cuando les toqué la puerta virtual me la abrieron, y me apoyaron con cariño, respeto y algún desaire. También mi gratitud a instituciones como FIPRESCI y EFA, por las oportunidades concedidas; a Mañuco, un español que me dio la confianza para escribir para su empresa en Madrid, para mi anónimo amigo chileno de travesías y aprendizaje -sea la galaxia donde te encuentres “Machu” querido, nunca podré pagar ni olvidar lo que hiciste por mí- pero quiero recalcar un guiño especial a mis bloggistas de antaño, a quienes forjaron con sus comments “el blog de Pepe Derteano”, y a mi querida “Betty”, quien vitalizó aún más mi pasión con su firme homilía positivista. Mil gracias a “Danet” por crear el dibujo de presentación del post. Hoy es un día extraordinario para mí, no lo tiene que ser para ustedes, y es que por primera y única vez, me voy a dar yo mismo un abrazo, porque creo merecerlo. Gracias a todos quienes leen este espacio cada día, porque al brindarme unos cuantos minutos de sus vidas los convierten en un regalo espontáneo para alguien que publica con regularidad. Y, finalmente, un debitar aún pendiente, que algún día espero saldar, y es que ni mamá ni papá, pudieron ver a su hijo llegar donde les prometió un día hacerlo. He querido compartir este momento único de mi existencia -no estoy pirucho- con una chica que en estos últimos días no la está pasando nada bien, pero, no creo equivocarme, tiene mucho de este servidor, vale decir, el temple y las ganas de apuntar hacia adelante, y merendarse todos los problemas que el destino depara. Ella, tal como yo, es introvertida en sus sentimientos, pero olisquea más que cualquier persona normal, y ha decidido enredarse en el laberíntico y competitivo universo cinematográfico a nivel internacional.

Pues bien, Stefany Rojo Castillo nació en enero de 1991, en el distrito de San Isidro, en la ciudad de Lima, en Perú. Es hija de los reumatólogos Armando Rojo, y la prestigiosa Dra. Sonia Castillo Gómez.  La pequeña Stefa vivió la mayoría de su infancia en el distrito limeño de San Miguel, junto a su familia materna. Su conexión filial más intensa, de apego al cariño, y principalmente a la amistad, la estableció con su abuelo, el papá de Sonia, Ernesto Castillo Verástegui, un caballero a carta cabal, un emblema del genuino progenitor, del que Stefa es depositaria de un recuerdo indeleble y permanente, y quien se encargó de proveerla, al margen de lo que hacía mamá, de los detalles que cualquier nena logra reconocer con posterioridad, es decir, su estampa en tiempo y lugar. Don Ernesto siempre estuvo en los instantes de aflicción y júbilo de Stefany. Cuando oía pasar a cualquier banda musical de un colegio del distrito, la chiquilina salía revoloteando para escucharla, y el abuelo la contemplaba con esmero. Si algo caracterizaba a la pequeña, era su gracia al silbar. Lo hacía siempre, y sin desentonar. Otro detalle: en las minifunciones de cine que Stefa creaba en su dormitorio, invitaba a todos los presentes en casa -hacía boletos, armaba el escenario y los obligaba a llevar dulces- y Ernesto era el cómplice de ocasión. Estos rasgos marcaron en su nieta una inclinación creativa y artística, muy afín con las características de su abuelo, un apasionado del arte y los deportes. Stefa estudió en el Colegio Villa María, un centro educacional católico y bilingüe solo para mujeres. Pasado los ocho años, se mudó con papá y mamá hacia el distrito de Santiago de Surco, a un departamento rentado, dentro de un barrio de disímil estrato social al anterior, aunque la juguetona Stefa no percibía, ni le importaban las fachadas. Su niñez va a cambiar, ya que deberá convivir con otros nenes. Al pasar sus días al interior de un condominio, con muchos chicos y chicas de dispares extracciones y jaleos, su visualidad de lo “socializante” evoluciona, amoldándose a otras coyunturas. Ya no estaba el abuelo Ernesto a su lado, y los sentimientos van a terminar ligándose a otra realidad. Stefany, le saca provecho, y reacciona con el transcurrir de lo cotidiano, y poco a poco se aclimata -hecho vital para cualquiera que va a intentar desempeñar una misión artística posterior- a su nueva casa de ilusiones, a comportarse con otros modos, y a retozar los fines de semana. Sucede un hecho curioso, y es que al mudarse, Stefany no les pide los teléfonos a los compañeros de su nueva comunidad, pero soñaba que los conseguía. Siempre los sueños fueron relevantes, y hoy todavía lo son a sus 25 años. La joven estudiante y cineasta, disfruta de las quimeras con frecuencia, donde va a absorber una compleja detallística que siempre recordará con claridad. Durante sus años en el Villa María, le gustaba hacer deporte, por ejemplo, el tenis, juego practicado por el abuelo -quizás sea uno de los cinco deportes más exigentes y artísticos que existan- y aprendió a toquetear con bríos el violín. Ernesto estaba pendiente de esas dos ocupaciones, bien sea llevándole el instrumento al colegio, o acompañando a la nena en sus clases. A partir de los diez años, Stefa va a modificar sus preferencias artísticas: Va a pasar del melódico violín al desplazar de la danza. Llevaba una radio al colegio, y bailoteaba en los recreos con unas cuantas chicas que poseían similares predilecciones. Pero, Stefany, era la líder de la banda, y marcaba el ritmo. A los doce años, tomó clases de baile, y dos años después, luego de un ensayo sostenido, se inscribe en “D1”, la academia de danza de Vania Masías, una de las bailarinas y coreógrafas más completas de Perú -sobre todo por su estilo y discurso de vida- para aprender “hip hop”. Durante sus años escolares, lo que más disfrutaba eran las actividades por fuera del colegio, es decir, las lecciones de esa subcultura musical, nacida en el Sur del Bronx y de Harlem, en un marginal Nueva York, entre jóvenes latinos y afroamericanos durante los 70: el “hip hop”, luego la danza árabe y finalmente, el ballet. En lo escolar, se regocijaba con todo lo vinculado con las “letras”, sea el lenguaje, la psicología, filosofía etc. Stefa recuerda: “En el curso de lengua nos dejaron una tarea sobre el surrealismo, y la profesora comentó, en la calificación, que  yo era la única que supo darle una exégesis correcta”. En quinto de media -último año de la secundaria en Perú- y el primer año de estudios universitarios -Stefany ya había ingresado a la Universidad del Pacífico de Lima, a estudiar Administración de Empresas- estuvo ligada al ballet. El subterfugio por el cual se matriculó en la especialidad, fue para intentar mejorar en otras danzas alternativas. Lo real es que se tomó en serio la bella hechura coreográfica, dedicándole más de seis turnos de varias horas por semana. El arte ya la había conquistado, y lo demostraría logrando rendir el exigente examen de ballet de la “Academia Royal de Londres”, en donde pasó a un grado superior en el cual podía utilizar “puntas”. Fue una ambición cumplida, con sacrificio y pasión, lograda en poco tiempo, y con un puntaje meritorio. Lamentablemente, algunos días atrás, sus médicos le habían diagnosticado que no podía bailar por serios problemas en sus rodillas. Llegaba la frustración, y con su porfía a flor de pies, la chica de San Miguel, siguió brindándose al ballet, hasta que la situación se agravó. Tuvo que dejar lo que más amaba, y volver a empezar. Otro descalabro de origen externo la volvía a embestir; primero fue separarse de su abuelo, y ahora tener que dejar de practicar lo que proyectaba dedicarse en el futuro. Ya instalada en la Universidad, Stefa -junto a su familia- pensaron que se neutralizaban las desilusiones. Su instalación en la Facultad Administrativa, se debió al llamado “junio achievement”, proyecto de su época de colegiala en el Villa María, en el cual debería crear una forma de empresa. En los primeros años de estudios universitarios, Stefany conformó grupos de chicos asignados entre distintas Universidades, denominado “AIESEC”, además de “Yaqua”, la primera empresa social hecha en Perú para producir, envasar y comercializar agua embotellada, con el objetivo de ayudar a colectividades de bajos recursos que necesitaban asimilar planes de agua y saneamiento. En 2012, cuando Stefany formaba parte activa del aglomerado comunicacional y de mercadeo de “Yaqua”, ya le resultaba más apetecible el ambiente de las “comunicaciones” que el “administrativo”. Conoce a personas que les atrae la cinematografía, quienes le recomendaron ver films independientes. Eso la animó a llevar un cursillo “paraacadémico” dentro de la Universidad sobre “guionística”. Le enseñaron “lenguaje cinematográfico” y demás tareas afines, y el trabajo final consistía en realizar un escrito de cinco minutos. Su maestra de curso, le señaló que la crónica redactada era personal, sugestiva y novedosa. En 2015, Stefany tiene la oportunidad de viajar a Londres, para llevar la asignatura de cortometraje en el “Met Film School”. La materia se llamaba: “From Story to Screen in Eight Weeks”. Ese mismo año, Don Ernesto había fallecido repentinamente, lo que fue un durísimo traspiés en los planes de Stefa. En esos momentos, fue mamá quien suplió los consejos del abuelo. Ella apoyó a su hija en la asignatura a llevarse a cabo en la Gran Bretaña, mientras el papá recomendó hacerlo cuándo terminase la Universidad. Stefany argumentaba con solidez que necesitaba darse cuenta si su interés por el cine era real o si solo se trataba de un capricho momentáneo. Si advierten lo que he ido describiendo en la biografía, se darán cuenta quien acertó, y quien se quedó aleteando en el aire. Stefany regresó de Londres con nuevos conocimientos y segura que el cine -sobre todo el guión y la realización- era su proyecto de vida. Harry, su maestra, fue una preceptora dispuesta, una mujer apasionada de la construcción cinematográfica en las facetas que a Stefany le deslumbraba. Harry condujo a su alumna con dinamismo por la ruta del entusiasmo y la predilección, bajo un accionar de innegable corrección -así son los ingleses- en esos primeros pasos dentro del “séptimo arte”. Pese a todos los desencuentros y las dudas, Stefany se reencontraba cara a cara con sus inquietudes infantiles, y eso asentaba la confianza en la decisión tomada. No había vuelta atrás, el cine la acogió con la misma ternura, que su abuelo lo había hecho con ella. Como toda amena coincidencia, Stefany tuvo en Londres un profesor de edición cuyo apellido era nada menos que “Hollywood”. Un maestro afable que enseñaba su curso a través de ejercicios de montaje digital, y con posterioridad, editando su propia película. Fue una grata experiencia para la joven peruana especialmente por los días del rodaje de su primer corto: Black Page. La felicidad de estar por primera vez en un set de filmación y trabajar con actores curtidos, sumado un equipo técnico y asistentes, fue una zancada fundamental. Ya en Lima, Stefany recaló sin pensarlo dos veces, en una carpeta de la Universidad, donde cada día se auto observaba más cineasta, y menos administradora. En ese año, estuvo en los cursos de empresariado, curso final de la carrera, donde el alumno debería de innovar formando una empresa. Stefany, picada de nena por el bichito del liderazgo, convenció a su grupo, para crear una compañía de cine, ya que le era vital una motivación confirmatoria. Crearon una plataforma digital de “cine independiente” y “cine de autor”: parecida a “Netflix”. Al jurado le causó fascinación. Ese mismo año participó en el reto de las “48 horas”, evento donde tenía que ayudar en la producción de un cortometraje. El tiempo ha ido pasando, y hoy, Stefa está cursando el último ciclo de Administración de Empresas, luchando contra la dificultad de algunos cursos que terminará entre éste, y el próximo mes de diciembre. Stefany Rojo, no es ningún genio de la cinematografía, es una de las tantas jóvenes que busca con entusiasmo y laboriosidad aprender, y así poder colarse en el complicado universo de la cinematografía. Muchos de ustedes, seguramente la mayoría saben que no comento el cine que se hace en Perú porque no es de mi interés, pero quiero conmemorar mis 1,000 películas, haciéndolo con Black Page, un corto -de casi 10 minutos- de una mujer peruana, “made in Reino Unido”, porque lo percibo revelador, y también porque es el primer “cortometraje” que me atrevo a comentar en el blog. Estoy adjuntando el film, en tres versiones, para que se pueda observar por los lectores de todas partes del planeta.

Entrando en autos, acerca de los cortometrajes, no podría ocultar que me cautivan, y que últimamente me he dedicado a observar muchos, porque, sin duda, es la forma más oportuna donde uno puede darse cuenta cual arquetipo de director podremos contar en un futuro, ya que el mismo desnuda todo molde de virtudes o defectos. Lo complejo es comentar el film en sí por su concentración del tiempo y espacio. No creo que un corto sea o bueno o malo por sí mismo, simplemente es una postura iniciática, un riesgo sin calcular, o un intento por materializar un sueño, y que debemos saber contextualizar. La visión se trastoca cuando el director de prestigio, aquel experimentado, con años y galardones en el oficio, se le ocurre hacer alguno. Son tesis diferentes para intentar analizar, porque ya existen otras mediciones en juego. Si hay un  ingrediente básico para rodar un cortometraje, este es la capacidad para atraer a quien lo observa desde el primer instante. Ha de conseguirse propagar una historia que nos atrape en su dimensionalidad argumental, y que pueda tener la capacidad de generar reacciones de todo tipo. No hay una fórmula mágica que se pueda comprar para ninguna de las improntas audiovisuales. Son todas sensaciones, y las de un corto, en un tiempo menor, son un suspiro de la cinematografía. Es más complicado charlar y hasta polemizar acerca de un cortometraje, que de un largometraje, porque todo eslabón de la cadena fílmica, sea el guión, la dirección o la puesta en escena, no nos brinda los minutos necesarios para redondear. Su instantaneidad no es nada fácil de subyugar. Por eso no es sencillo dirigirlo y/o escribirlo. Black Page, es el primero y el último que comentaré en todo lo que vendrá en “Cinelogia y Cinericia”. Aunque los estándares de rigor e integridad no gocen de la impunidad de la amistad, me resistí siempre a permanecer indiferente ante lo acontecido en el primer film de Stefa. Conversando con ella, afirma que sus intenciones antes de empezar a escribir la historia de Joshua y Vanessa, era el relato de un muchacho que pasa por un dilema existencial con respecto a su oficio -se dedica al Stand-Up desde hace cinco años- y sentir lo que ella propone como el conocido “pánico o miedo escénico”, no solo cuando el actor lleva a cabo su trabajo de cómico, sino en su voluble cotidianidad. La idea surgió de una mezcla de experiencias de la propia Stefany en su vínculo con el miedo. Ella tuvo la contingencia de ver y sopesar a músicos que habían tocado toda su vida un instrumento, y luego, tras un episodio de “pánico escénico”, es decir, un intenso espanto que siente cualquier persona cuando habla en público, sea poco o mucho, o se dispone a actuar ante una audiencia, estos, habían quedado imbuidos dentro de ese “temor paralizante”, sin poder reponerse. Por ejemplo, una violinista que no podía tocar su instrumento porque se le acalambró un brazo, o un cantante al que no le brotaba la voz, todo lo malo quedaba expuesto debido a gérmenes psicológicos. Stefa se ve en la obligación de proyectar su cinta tomando como suya aquella terrible coyuntura, y cómo podría canalizarla. Así se inicia la historia de Black Page. Cuando Stefany aterriza en Londres, se reúne con su grupo de trabajo, quienes le brindan pautas para que elabore la guionística. Ella decide que lo aconsejable es que el protagonista sea un artista con recorrido dramático, y que le dé juego al género del drama con cierta inclinación a lo melodramático. La peruana apunta a que es esencial el concepto de colocar la trama en un contexto lo más artístico posible, y poder así contar con la vulnerabilidad del actor. Pensó en un músico, tal vez un guitarrista, pero luego lo conversa con su profesora, y coinciden en poner en práctica un “brainstorming” con personas que podían adecuarse mejor a la situación, y es de ahí que sale la semblanza de Joshua, el comediante problema. Luego de las tareas que se deben de cumplir en un curso de cine, Stefany filma. Cuando terminó su película -le gustó, además de lo que es guionar, lo significativo de la realización- la mostró en ciertos lugares culturales de la vieja Londres, y tuvo dudas si había tomado la decisión correcta, ya que lo deseable era imponer la sensación de dramatismo, pero la percepción de la gente, no respondía a esa apuesta, y la inclinación era antagónica, es decir, funcionaba solo lo humorístico, ya que el hecho que la narrativa se basara en un sujeto que hacía solo Stand-Up, jaloneó la noción para el otro extremo, y causó una lógica confusión. A Stefany la superó poder enfocar sus aun endebles conocimientos en la realización, al sentir que las cosas no salían como supuso haberlas previsto. Sobre el guión, su caballito de batalla, Stefany no oculta su verdad: me gustó el arranque, pero no la albaquía. Quizás, su postura se encasilló en una fusión de la relación “tiempo y experiencia”, ambos recortados -casi siempre va a emerger algo que resulta disfuncional- y en una excusa para no creerla: no tuvo el apoyo suficiente para intentar corregir, y acabar su película como le hubiera gustado. Stefa presiente que lo fílmicamente correcto hubiera sido establecer un desenlace abierto, y no cerrarlo de la forma simplista como lo hizo, es decir, escoger el manoseable “happy end”, y no proyectar lo imprevisible. La lección del instituto londinense le resultará sugerente: no se deben de  combinar los deseos de la persona que escribe, con aquellos de ella como guionista. En su caso, y en determinados momentos, parecía sentirse como el doble de Joshua, y le era urgente resolver el hecho del “miedo escénico” a como diera lugar, y es ahí donde el resbalón dolió más.

Pues bien, no soy quien para dar el juicio más objetivo acerca de Black Page, pero trataré de ser como lo he intentado siempre, cortés para lo que me atrae, y afable con lo que considero deslucido, o lo que se debió de hacer para tapar en algo los defectos que existe en toda cinta. Obviamente, ustedes podrán apreciar el cortometraje, y formarán opinión según sus gustos y bemoles. La historia que nos cuenta Stefany es asequible; se trata de un humorista que trabaja en el “stand-up comedy” o “comedia en vivo”, interpretado muy bien por Paul Christian Rogers, joven británico que encarna a Joshua, un sujeto sumido en una profunda crisis existencial que lo encierra en una burbuja de negatividad. Rogers no es un portentoso artista de la comedia en vivo, como lo fueron, o lo son: Bill Hicks, Ricky Gervais, Louis C.K., George Carlin, Richard Pryor, Bo Burnham o Lenny Bruce, pero su personaje, dentro de las limitantes del guión, la dirección, y sobre todo la puesta en escena, nos transmite naturalidad, empatía, compostura dialéctica, y lo trascendental: evolución. Lo apaga alguna que otra exageración o sobreactuación, y al estar siempre demasiado presente la cámara de Stefa no le saca todo el provecho según las diferentes angulaciones de los planos que le impone Sin embargo, el actor se las arregla con artilugios -observen sus movimientos y gestos- para sacar su personaje adelante, y dotarlo de credibilidad. Su enamorada es Vanessa, una joven mayor que él, que ya llevan cuatro o cinco largos años de “amores perros”, interpretada por una cautelosa Lucie Regan. Cuando asevero el hecho de adjetivar a la actriz, lo hago porque es la secundaria de la acción, y como tal no tiene como única misión la de envolver, cuidar y hasta rechazar los desmanes de Rogers debido a su crisis, sino aportarle a su personaje una dinámica que pueda conjugarse con lo que pretende Stefany del Joshua perturbado. Regan solo cumple y no arriesga. Le falta movimiento y desenvoltura en la cámara fija. Stefa la enfoca siempre desde un lugar donde puedan verse los dos juntos, y la actriz no posee una historia propia que le aporte mayores matices al personaje. Lo que yo hubiera pensado hacer, es conseguir una actriz más pequeñita, morena, y que físicamente sea la antítesis de Joshua. Así, por lo menos, las imágenes podrían ser más sugestivas solo por este cambio. Ahora, si bien es cierto, Vanessa desarrolla un papel incomodo en aquel “sube y baja psicológico” de Joshua, terminará siendo un ejemplo de madre castigadora y confesora, que busca prevalecer por sobre el proceso que atraviesa su enamorado. Inhabilitado y preso de toda suerte de recusaciones, puedo asegurarles que Stefa sabe contextualizar -espero que lo comprenda- es decir, aunar los elementos cinematográficos alrededor de un solo objetivo. Black Page es un cortometraje que mantiene un lineamiento argumental redituable, los diálogos no son tan irregulares como parecen, tienen hondura narrativa en algunos instantes, y desperdicio en otros, posee el vuelo mínimo de la acción siempre perdurando la idea del “conflicto en pos del arreglo”. Si tengo que evaluar como lo haría con un largometraje de realizadores expertos en el tema como lo fueron, o lo son: Chris Bould, Matt Harlock, Paul Thomas, Dominic Brigstocke, Steven J. Santos, Rocco Urbisci, Kevin Booth o David Johndrow, es lógico que Stefa parezca una aprendiz -la verdad es que lo es- pero tiene un concepto preciso de lo que pretende darle a su estilo narrativo, el mismo que a veces tiene un ritmo que apabulla -porque la personalidad interpretativa de Rogers así lo determina- y a veces se corta cuando la posta va a recaer en Vanessa, donde comienza a notarse la diferencia de cadencia, no solo en el relato, sino en todo los demás desplazamientos. Black Page tiene espesor y densidad, no es un hueco vacío, su complejidad no está tratada como debería porque Stefa esconde cosas -son muchas- que no debería de haber hecho, ya que no ha aprendido a experimentarlo del todo, y se nota que no tuvo o le dieron el tiempo adecuado. Literalmente, Stefany Castillo hace una decorosa faena, con limitantes obvias, pero que provienen de una muchacha que posee una “clara convicción” de cómo elaborar un guión e intentar ponerlo en marcha con coherencia. La fotografía de Beatriz Sastre no tiene yerros a hipotecar, porque salvo en el contraste de los colores cuando ilumina en lugares semi oscuros -en el camarín o el escenario- sabe cuadrar su cámara, y cumple con lo que le toca. En las partes al aire libre, existe una cuestión de “naturaleza lumínica” donde nadie podría pifiarla. Sí creo que habría que señalar un leve disgusto por la labor de montaje de Anubhav Sarkar, porque se le advierten las costuras, en casi cada cambio de plano, hecho en donde acierta Stefany, quien mantiene por buenos instantes la cámara fija, y no la mueve como si estuviera apurada. Ahí, en la edición, la controversia es un tanto subjetiva, pero para quienes conocen de “cómo se debe de editar con propiedad” es claro que las grietas suenan como campanillas. El sonido de Emanuelle Correani está bien, pero no tiene mucha mezcla en el efecto que coloca. La cinta suena sin inconvenientes, pero se pudo haber hecho algún truco que remarque el dolor o la tensión de Joshua. El sonido es ruido, y aquellos que no son naturales sino provocados, suelen ser los que hagan la diferencia. La BSO de Robinet y Marky, es correcta, nunca presiona las escenas, aparece poco y nada acompañando, no prevaleciendo, y eso no es un demérito, sino una captación tardía de la dimensionalidad de la historia dramática que propone el guión. Me pareció bueno el “make-up”, de Caroline Peberdy, se notan sus aciertos cuando Stefany acerca la cámara, y los maquillajes en los “close-up” de ambos artistas se mantienen en su sitio, y sobre todo se lucen en los contrastes con los colores de los atuendos, y la luminosidad que abordan los decorados. Stefany se metió en camisa de once varas, pero con sobrada autoconciencia, y respetable actitud. Su corto pasa por momentos de desconcierto, y por otros de centelleo. Joshua y Vanessa asisten trastocados a una función que combina lo humano con la ferocidad de una despersonalización que Stefany se encarga de arreglar, pero no lo logra del todo porque, como ella misma lo señala, debió dejar un final abierto para que pensáramos en que sería de la vida de Joshua sin hacerle caso a los recuerdos de Vanessa. No me parecería ninguna locura haber puesto a un tercer personaje, una niña jugando y tropezándose con cualquiera de los dos en la escena del parque, y desde esa perspectiva poder crear otras situaciones que le otorguen un mayor número de nudos de acción.


Finalmente, quería escribir lo siguiente: es estimulante lo que comenzó a ocurrir con el cine hecho en Perú, desde hace cuatro años a la fecha. Los ejes de transmisión narrativa se modificaron con exagerada rapidez,  y van emergiendo otras sensibilidades, otras caras -no tantas- otros ambientes, y obviamente, otros intereses. El campo está más abierto y libre que nunca hacia el ensayo y el error. Cada semana se estrena un film nuevo en cartelera, y los aires parecen ventilar las multisalas de la caótica Lima, pero cuidado: el pasado día sábado fui con Betty a ver “Las siete semillas”, y se siguen cometiendo los mismos gruesos yerros de antaño, y todo lo que se avanzó se puede extraviar en poco tiempo. Hay un hecho simple: hacer más no es hacer mejor. Siempre dije, y lo sigo sosteniendo, que al cine que se elabora en Perú la falta identidad, ser como realmente somos, y no copiar modelos foráneos que corresponden a otras idiosincrasias. La capacidad de observar conductas en tiempo y espacio son intransferibles.  En nuestro país esto se pierde muchas veces a partir del malentendido de abrirle las puertas a disociaciones que buscan hacer “sentido” respecto al protagonista -lo de Carlos Alcántara ya cae en lo burdo- y no de la puesta en escena. Mucho cuidado, que: cuando no son necesarios, los rostros de siempre, más que sobrar, dañan, pero el defecto se magnifica cuando el público que asiste, no entiende nada del verdadero lenguaje de cine, y solo busca reírse de algún gag del actor de turno. Si siempre colisionamos con una cinematografía sin identidad, y que no crece en calidad sino en cantidad, el deseo de un Perú cinematográfico está cocinándose dentro de un horno. Para terminar esta celebración, quiero felicitar a Stefany por ser como es, con sus aciertos y bemoles, por aceptar mis críticas y consejos, y por compartir su film en este día especial. Sigue adelante, no te amilanes, que mientras más duro se ponga el enemigo es más sencillo de vencerlo. Bien por ti, por tu familia, y por quienes te apreciamos. Es un buen inicio, hay que estudiar más, y como dijo Ebert, observar cada día más y más películas, no tanto como lo hacen Scorsese o Tarantino, pero si las suficientes, porque al que apuesta por este oficio debe de darse cuenta que la mesa tiene una quinta pata, aquella que sólo existe en la mente del que observa con atención y busca situaciones que otros son incapaces de hacerlo. Muchas gracias a todos por soportarme, son casi 10 años, y sigamos caminando juntos hacia adelante. Stefany Rojo transmuta sus furias contra el miedo escénico.