domingo, 20 de noviembre de 2016

“Crossfire”, Dmytryk nos logra presionar y enganchar a través del miedo a lo diferente.
































































 



















Edward Dmytryk nació en septiembre de 1908 en Grand Forks, Canadá, y falleció en julio de 1999, en la ciudad de Los Angeles, California. Sus padres fueron inmigrantes rusos. Abandonó sus estudios de física y matemáticas, y se decidió por presentarse a la productora Paramount en 1923, como mensajero, pudiendo ingresar. Más adelante, lo ascendieron a ayudante en la sala de edición, entre 1931 y 1938. Edward se dio cuenta que lo habían destacado al área de producción más importante de una película. Aprendió el oficio, de ahí que si observamos sus films encontraremos montajes acordes a lo que necesitaba. Años después, en 1939, se estableció  en el rodaje, donde se quedó definitivamente. Lo llamaban “el sutil director de películas de serie B”, toda una conjetura para él. Debutó sin suerte con Television Spy, un mediometraje insertado en la ciencia ficción y el drama. Luego de algunas cintas irregulares, logró llamar la atención a través de un melodrama que cuestionaba la educación nazi: Hitler's Children, en 1943, película de objetivos propagandísticos destinada al “frente de formación y difusión”. En realidad, la cinta fue una adaptación de la novela de Raymond Chandler que impactó en aquella época por una depurada técnica. Su cinematografía oscila entre un implacable realismo y el neoexpresionismo, donde Murder, My Sweet, 1944, Till the End of Time, 1946, y Crossfire, 1947, fueron sus films más reconocidos. Fue perseguido con mano dura por el patoso “Comité de Actividades Antinorteamericanas” en la famosa cacería de brujas, hasta 1951. Padeció los efectos de su terca resistencia con la huelga, la cárcel  y el exilio en Europa, hasta que se vio en la obligación de ceder, delatando a 24 ex-militantes del Partido Comunista. Si llegaron a ver el film Trumbo, de Jay Roach, en 2015, podrán conocer algo más del vínculo con sus colegas directores y guionistas. Luego, su filmografía da un giro hacia lo comercial, con buenas películas como The Sniper, en 1952, Broken Lance y The Caine Mutiny, en 1954, Raintree County, en 1957, The Young Lions, en 1958, un formidable film donde hay un duelo explícito de principios entre Marlon Brando y un actor de primer nivel como Montgomery Clift. El cineasta nos deleitó a través del estupendo Warlock o El hombre de las pistolas de oro, en 1959, un western de perspicaz complejidad, con artistas de la dimensión  de Richard Widmark, Henry Fonda, Anthony Quinn y Dorothy Malone. Warlock es un pequeño poblado minero del Oeste, cuyos habitantes sufren los continuos excesos de los prepotentes vaqueros del rancho San Pablo. El valeroso sheriff del lugar es asesinado -en la pared de la comisaria vemos los nombres tachados de los sucesivos sheriffs muertos- hasta que cansados de esta situación, se  deciden en contratar los servicios de un famoso pistolero llamado Clay Blaisedell -Henry Fonda- un tipo duro que había demostrado estar pre parado para afrontar conflictos en otros pueblos. Blaisedell llega acompañado de Tom Morgan -Anthony Quinn- e inauguran un salón de juego con la finalidad de su sustento económico, ya que como pacificadores el pago no les era rentable. Cada uno de los habitantes de Warlock, depositan  su confianza y esperanzas en Clay y Tom para que solucionen los problemas. Blaisedell, les expone los cambios que se producirán, basándose en sus anteriores experiencias en distintos pueblos. A la escalada de tensión se suman los fantasmas del pasado de Clay y de Tom en forma de antiguas pasiones y ansias de venganza, por la llegada, en diligencia, de Lily Dollar -Dorothy Malone- una mujer cuya vida fue truncada en el pasado por los dos amigos, y la asunción como sheriff de Johnny Gannon -Richard Widmark- hermano de uno de los malhechores llamado Billy Gannon, iniciándose una relación con Lily, además de esa mezcla de nobles sentimientos no exentos de cierta inocencia, y el drama shakesperiano del vínculo con su hermano, eje alrededor del cual se desarrolla la trama. Warlock es una de esas cintas que se recomiendan solas, dirigida a quien buscan una historia del Oeste de un alto valor literario. En la novela, su autor Oakley Hall, le devolvió el mito de Tombstone al género, así como también su completa, mortal y sangrienta humanidad. “Warlock” es una de las mejores novelas yankees,  enfocada con una encomiable maestría en la descripción psicológica de unos personajes muy bien definidos, y en el modo de mostrar la violencia a modo de secos y rápidos estallidos, efeméride que logra Dmytryk con arte y pericia. Fotografiada en un notable Cinemascope en blanco y negro, nos muestra en todo su esplendor, los paisajes de Utah, donde fue filmada, con una BSO de esas que son referentes del estilo western, y con un acertado trabajo actoral de un Henry Fonda cuya presencia y carisma envuelve a su personaje de un aura de empatía, tanto en la trama romántica con la hermosa Jessie Marlow -Dolores Michaels- así como la carga dramática proveniente de la defensa del pueblo, y las trapisondas de su viejo amigo Tom, seguido de cerca por un Richard Widmark sembrado en un personaje pleno de bondad, que hace lo que cree adecuado, y un Anthony Quinn desarrollando su manipulador personaje con solvencia. Dmytryk realiza uno de aquellos westerns que aunque no suele figurar en las listas de los más mentados, es de lo mejorcito que se ha podido observar. Un tour de forcé emotivo a cargo de un trío formidable de actores, que nos empañan los ojos y nos hacen aullar de placer. Otros films son: The Reluctant Saint y Walk on the Wild Side, ambos en 1962, y la embriagante Mirage, 1965, cinta donde refleja una angustia de reminiscencias kafkianas. El tema de la culpa, sea esta real o supuesta, es frecuente en toda su obra, al margen de sus perjudiciales fricciones políticas. Trabajó hasta 1975, con el film The Human Factor, que no resultó ser como el canadiense esperaba. Pues bien, en Crossfire, 1947, Dmytryk nos va a relatar la historia de Samuels -Sam Levene- un ex-soldado judío que tuvo que abandonar el ejército luego de ser herido en la Segunda Guerra Mundial, es hallado muerto en su departamento. Las sospechas recaen en Mitchell -George Cooper- un soldado que está sufriendo los efectos de la guerra, y cuya cartera fue encontrada en la escena del crimen. El caso “Samuels” resultará una encrucijada densa y turbia, ya que una amiga del occiso le confesará, como testigo, al policía encargado del conflicto, que, poco antes de su muerte, logró ver a la víctima en compañía de tres soldados, bebiendo abundante alcohol en un bar. A mediados de los años cuarenta, el escritor Richard Brooks, quien formaba parte de la Marina de Guerra de los EEUU -se convertiría en guionista y escritor hollywoodense- redactando “The Brick Foxhole”. Dicha novela llamó la atención del productor Adrian Scott, quien les ofreció la adaptación de la misma a los ejecutivos de la productora RKO Radio Pictures. Según Edward Dmytryk, la novela era una historia acerca de las frustraciones de un grupo de soldados tras la guerra. El libro tenía una serie de subtramas, por ejemplo, una de las cuales trataba acerca del crimen de un homosexual a manos de un sádico. Fue entonces cuando Scott afirmaría: ¿¿Qué pasaría si el homicidio y sus consecuencias fueran la osamenta de la trama, y si la víctima un judío homosexual?? Esta interrogante les daba la oportunidad de realizar un estudio parcial de la intolerancia, particularmente aquella relacionada al antisemitismo, la cual no se había hecho en Hollywood hasta ese entonces. Dado lo subversivo del relato, este no fue bien recibido por el productor ejecutivo Dore Schary, quien era conocido por apoyar las películas “con mensaje”. Su temor no solo estaba ligado a la intervención del “Comité de Actividades Antiestadounidenses” -quienes llamaron a Scott y a Dmytryk por la cinta, colocándolos en la lista negra de Hollywood- sino que se pensaba que la historia no tenía suficiente potencial comercial como para ser filmada. Pese a sus temores, los cuales estaban en parte sostenidos por una encuesta que mandó a ejecutar, la misma que le dio como resultado que solo un 8% de los encuestados mostraba interés por el relato, Schary terminó aprobando el proyecto en contra de sus intereses. Con la intención de equilibrar el alto costo del elenco protagónico, el rodaje tuvo que ser terminado en solo 20 días. Dmytryk y su equipo de trabajo lograron superar las dificultades que se les presentaron, dando vida a una célebre historia del cine negro yankee. Como menciono en el plot, la trama gira en torno al asesinato de un judío en su propia vivienda, y supuestamente a manos de un soldado de nombre Mitchell, quien ha estado lidiando con un síndrome de estrés postraumático, además de extrañar a su esposa Mary -Jacqueline White-. Sin embargo, más allá de su estado mental, no existen suficientes motivos para que Mitchell haya asesinado a un hombre que acababa de conocer. Este hecho lleva al detective Finlay -Robert Young- a sospechar de Montgomery -Robert Ryan- uno de los soldados que acompañaban a Samuels la noche del crimen, y a quien se le nota ansioso por culpar a Mitchell. Se integra a la historia el sargento Keeley -Robert Mitchum- quien es condicional a Mitchell, por lo tanto, se niega a creer que su amigo ha sido el ejecutor. Finlay y Keeley intentaran reconstruir los  hechos de la muerte de Samuels, pero desde posturas contrarias. Mientras que el detective está concentrando sus fuerzas en la búsqueda de Mitchell, Keeley intenta ganar tiempo, y poder encontrar las respuestas que necesita para exculpar a su amigo, a quién mantiene oculto. Sin embargo, será a través de una serie de flashbacks que proyecta Dmytryk que descubriremos lo que sucedió aquella noche. No solo repasaremos los momentos en los que Mitchell y compañía conocen a Samuels, sino que veremos que fue lo que hizo el soldado una vez que dejó el departamento de la víctima en evidente estado de ebriedad. Es en este lapso de tiempo que Mitchell va a conocer a Ginny -una bellísima Gloria Grahame- anfitriona de un bar, con quien establece una fugaz relación basada en la autocompasión, y en la lástima que sienten el uno por el otro. Ginny pasará a formar parte de la coartada de Mitchell, mientras ocurre algo curioso con el extraño hombre que parece convivir con ella. El accionar de este sujeto representa en gran medida la “desorientación social” de la que son víctimas este grupo de soldados que han regresado de la guerra a un lugar que ahora les resulta raro, y que termina desencadenando trances emocionales que bien podrían acabar en estallidos de violencia. Este hombre, interpretado por Paul Kelly, no solo se identifica como el marido de Ginny ante Mitchell, lo que luego terminará negando, sino que le contará algunas versiones de cómo conoció a la mujer. Lo mismo sucede cuando Finlay interroga a Ginny, quedándose el detective con una más que titubeante sensación al no saber cómo enfrentarse a este hombre cuya identidad es algo borrosa. El cineasta canadiense, pretende criticar la tendencia del ser humano a odiar aquello que no logra comprender, que le parece injusto, o que piensa que atenta contra sus valores. Si bien en la novela, el crimen está gatillado por la homosexualidad de la víctima, en la cinta el asesinato ocurre por una evocación de injusticia. ¿¿Por qué los judíos deben de ser recompensados económica y socialmente, y los soldados que sacrificaron sus vidas por su país no reciben beneficio alguno??, se pregunta Montgomery. Es esa premonición de desengaño que lo llevar a sumergirse en un espiral de violencia, el cual solo tendría que ser detenido con mayor agresividad. Es eso lo que intentará evitar Finlay, mediante una ingeniosa estratagema que buscará ponerle fin al tenso juego del gato y el ratón que ha entablado con Montgomery, y que termina siendo una historia plagada de angustia e intriga. Si bien el tema de la homosexualidad es reemplazado por aquel del antisemitismo, de todas formas el film lo toca con sutileza. Existe ambigüedad sexual entre la mayoría de personajes masculinos, razón por la cual las relaciones que se establecen entre si distan de ser “normales”. Siempre va a existir un rasgo de dominancia, especialmente en el vínculo que establece Montgomery con el soldado Floyd -Steve Brodie- otro de los sujetos involucrados en el percance. Dmytryk logra un estupendo equilibrio en las interpretaciones de sus actores, al punto que Robert Ryan y Gloria Grahame recibieron nominaciones de la Academia. Por su parte, Robert Young interpreta correctamente a un detective que no se llega a guiar por su primera impresión, sino que ocupa su ingenio para resolver un crimen que se descubre a través de ciertos temas paralelos unido a un hecho importante de su historia familiar. Por último, cabe destacar el trabajo de Mitchum, cuyo rol viene a ser una suerte de figura paterna para Mitchell, además que sus discusiones con Finlay sirven para humanizar al detective, y exponerlo como el principal detractor, y por ende, quien se encargará de darnos la moraleja del odio sin sentido que sienten algunos hombres por quienes son diferentes a ellos. En la puesta en escena, Dmytryk cuenta con la espectacular fotografía de J. Roy Hunt, quien a través de un estilo realista, va a dotar las imágenes de una atmósfera pesimista, que a ratos adquiere toques oníricos, en especial durante las secuencias que exhiben el accionar del soldado Mitchell durante la noche del crimen. Gracias a la vasta experiencia del director de fotografía el rodaje pudo ser completado en el tiempo que disponían para ello. Por otro lado, la BSO de Roy Webb, luce  correcta, sin poseer un rol relevante en la construcción de los diversos climas que utiliza Dmytryk en el film, aunque destaca en las complejas estructuras temporales. Harry W. Gerstad hace una buena labor en el montaje, mientras Albert S. D'Agostino y Alfred Herman consiguen una aceptable dirección artística. El sonido y los efectos también lucen con eficiencia. Más allá del mensaje del cineasta canadiense, impone un adecuado ritmo narrativo, y una buena dirección de actores.  Quizás pueda ser que los personajes se tornan unidimensionales en contados instantes, pero es propio de una temática complicada. Además, es valorable la valentía de  Dmytryk y sus colaboradores, quienes en una época realmente peligrosa, se atrevieron a utilizar a miembros del ejército para retratar los males de la sociedad, a sabiendas de lo que podía significar para sus carreras. Crossfire, es una buena cinta que continúa siendo recordada como una de las mejores del “film noir” yankee, y como uno de los buenos discursos cinematográficos en contra de la intolerancia. Dmytryk nos logra presionar y enganchar a través del miedo a lo diferente.