domingo, 4 de diciembre de 2016

“Horror of Dracula”, Fisher le da la vuelta a la novela de Stoker, y logra una obra majestuosa.









































































Vamos a seguir con Terence Fisher por tercera vez consecutiva, y con un tema para conocedores a fondo: Drácula, el conde de Transilvania. Nunca jamás se habían producido tantas versiones de uno de los personajes más interesantes, y de mayores matices del ingenio humano. Sea el cristal con que se observen las películas del conde, el relativismo histórico de lo ficcional se asentará no en la técnica ni en el talento para crear cine, sino en la subjetividad del gusto. Es un gran dilema, y una buena oportunidad para una opinión mesurada acerca de un personaje que despierta e involucra pasiones desaforadas. Son aquellos amantes del género, pero en especial del vampírico personaje quienes tendrían que tener la crítica o el comentario más apropiado. Yo, lo que hago, es acercar a quienes quieren aprender a conocer a este dueño de las tinieblas. Entre las cintas relacionadas con el conde Drácula, las más destacadas bien podrían ser las siguientes: Dracula, 1931, de Tod Browning y Karl Freund, de la Universal Pictures. No olvidemos que ese mismo año y antes se estrenó Spanish Dracula, de George Melford y Enrique Tovar, también producida por la Universal. Es tan sólo un dato interesante -la película tuvo un presupuesto de US$ 66,000.00.- y recibió una nominación de la Academia por mejor género en vídeo-. Si bien la cinta de Browning y Freund atrae por la estética, los escenarios y sus decorados, es la formidable interpretación de Bela Lugosi, quien le brinda encanto, seducción, picardía y magnetismo, por lo que el film no hubiera pasado de ser una estable adaptación de la novela de Stoker. Es también correcta la secuela del mismo Terence Fisher, en 1966, Dracula, Prince of Darkness, también producida por la Hammer. Sin llegar al virtuosismo de Horror of Dracula, que hoy comentaremos, la historia nos atrapa por su guión, una magnífica interpretación del elenco, la firmeza en la dirección de Fisher, dotada de su abreviada elegancia. Se echa algo de menos la presencia de Peter Cushing, pero aun así, la cinta es entretenida, ya que si bien en su primer trabajo el conde se introduce en la sociedad victoriana del momento, con la finalidad de infundir terror y provocar la destrucción, esta vez son dos matrimonios británicos los que irrumpirán en las tierras lejanas de Transilvania, un universo envuelto en la superstición, muy alejado de la civilización, tal como Fisher marca desde los inicios de la obra. En 1979, brota la versión del británico John Badham. Dracula, producida por la unión entre la Universal Pictures y The Mirisch Corporation, con el guión de W.D. Richter. Quizás llamarse John Badham no ayude mucho a que esta versión se pueda acomodar, al menos no tanto como si fuese Fisher o Coppola, pero la película es buena. El guión logrado, la ambientación es terrorífica etc.; algunas escenas impactan y otras son desgarradoras. Por si fuera poco, la música de Williams es un suspiro de ponderación, y las actuaciones de Frank Langella, Laurence Olivier, Donald Pleasence y una bella Kate Nelligan son impecables. Dada la inconsistencia que poseen el grueso de adaptaciones del clásico de Stoker a la pantalla, no estaría de más reconocer la calidad cuando se hace acto de presencia, por mucho que uno se llame Badham, y sea un realizador discreto. En 1972, está la versión Dracula A.D. 1972, del británico Alan Gibson, producida por la Hammer. Lejos de la asepsia propia de los primeros monstruos redescubiertos por la productora inglesa, y en el comienzo del fin de la misma, la táctica tenía que ser el feedback. La premisa argumental no es descabellada: los otros títulos de la saga ya partían de una resurrección, así que ¿¿Por qué no volver a vivir en el siglo XX?? Desde el principio, las humorísticas peripecias de la banda, nos van preparando para una inverosimilitud que suena a disculpa. Un pacto de no agresión: esta no va a ser una gran película, sólo se tratará de pasar un buen rato. Es aquí cuando llega la decisión de quien observa. El que trate de ver una película de terror tópica, tendrá una ligera decepción, exceptuando quizás el ritual de la misa negra. Pero, para quien se tome el trago con humor, descubrirá una proposición aprovechable, y que conjunta figuras de lo fantástico como Lee o Cushing, con las chicas de revistas como Beacham  o Munro. En el fondo estamos frente a un difuminado de la más “clásica ficción Hammer” en esa cultura que se respiraba fuera de los propios estudios. En 1968, Dracula has Risen from the Grave, del británico Freddie Francis, es producida por la Warner y la Hammer. Es esta la tercera película de Lee con la Hammer, quizás inferior a las dos anteriores. Si bien, Christopher Lee de nuevo está magnífico, resulta atemorizante -recupera el habla perdida en la cinta anterior- y vuelve a dar muestras de su ferocidad y malicia. En el film, el protagonista es un no creyente que se debatirá entre su ateísmo y su creencia en Dios para derrotar al Mal, y salvar a la chica que ama de caer víctima del conde. Un detalle interesante es que un esbirro de la vileza es un cura -un curioso ataque contra el catolicismo- dejado llevar por el Mal que tendría que destruir. La película tiene altibajos, empieza bien, luego decae un poco, y vuelve a remontar en el tramo final. Entretiene poco, pero lo hace, y es una cinta hecha para los fans de terror Hammer, y también para los de Drácula. Una escena que llama la atención es la que nos muestra la forma en que muere el propio conde Drácula. Un año después, surge Taste the Blood of Dracula, de Peter Sasdy, producida por la Hammer Films. Vuelve a rodar Christopher Lee, en quien se destaca su poder de hipnosis, y sus ojos rojos excitados antes de morder a las muchachas. No es una gran cinta de modo alguno. Aquí aparece el conde más mordedor y chupetón de la historia, dentro de una argumentación plagada de erotismo, satanismo, personajes respetables, pero con vicios de los más bajos, y jóvenes enamorados. A ratos entretiene, pero tarda en integrarse, y lo llega a hacer cuando el conde resucita. Luego, el vampiro muere sin estacas en el corazón ni desintegrado por la luminosidad solar. Entra en un trompo de varios mareos consecutivos por una sobredosis de crucifijos colocados en la cripta, y cae sobre el único lugar donde la religión vence al diablo: un altar sagrado. Los esfuerzos de Sasdy no son del todo efectivos, no pregona una credibilidad absolutista, ya que los métodos tradicionales para destruir al conde, no lo son, aunque para algunos podría resultar original. En 1970, Lee vuelve sobre sus antojos en El conde Drácula, film del español Jesús Franco, coproducida con Alemania, Italia y Liechtenstein. Un tal Harker llega al castillo del conde, y al poco rato se dará cuenta que su anfitrión no es un ser normal, sino un vampiro. Es una cinta -como todo film de los años 70 en España- que tiene más talento que medios, pero resulta aceptable. Quizás, una de las más cinematográfica entre las 104 realizadas. Franco en esa época producía bien, y su fuerte era el cine de terror. Aquí cuenta con el mejor Drácula posible, Lee, junto con una pléyade de actores de gran nivel: Klaus Kinski en un papel de loco atormentado que lo pauta inmejorablemente, un Herbert Lom, que luego se haría famoso en la saga de la “Pantera rosa”, la siempre magnética Soledad Miranda, un Jack Taylor habitual en las cintas de Franco, y la belleza de María Rohm. Quizás la historia no es de sorprender, pero lo que sí es tangible es una buena realización, un ritmo adecuado, ambientación y fotografía tenebrosos, acordes con la historia, y una BSO climática. Se nota claramente que Coppola toma muchos detalles de este film. En 1972, hay una versión sui generis, Blacula, del yankee William Crain. Es la historia del conde negro. En una época, donde las cintas al estilo Blaxploitation, brillaban en las salas de sesión continua, el film de Crain es una vuelta de tuerca al género, a través de un entrañable y solemne Blacula, quien sembraba el terror por las calles de Los Angeles, cinta que hoy está considerada como obra de culto, tratándose de una película de terror prosopéyica, y no de una fantochada -respetuosa con el mito clásico vampírico- como bien podría sugerir el título. Lo que hace el vampiro de color es empezar a vampirizar a sus compradores, para seguir con una serie de asesinatos, eliminando a todo aquél que descubra su condición de no-muerto. En 2002, nuestro conocido Guy Maddin, hace una versión propia de sus formas: Dracula: Pages From a Virgin's Diary. En Londres empiezan a ocurrir sucesos raros. Lucy Westenra, una dama de la alta sociedad, padece una enfermedad que sólo el doctor Van Helsing puede curar: ha sido mordida por un vampiro. Maddin nos lleva al inicio  de la lucha entre Van Helsing, los pretendientes de Lucy, y el seductor vampiro extranjero. Es cine mudo, donde predomina la música a través del ballet, y esta mezcla de elementos tan aparentemente dispares más una fuerza visual arrolladora, va a homenajear a los films más clásicos. Es una de aquellas cintas que merece la pena observar no sólo por la valentía de la propuesta, ya que de una temática manoseada y agotada, como la novela de Stoker, el cineasta canadiense nos sorprende, y eso siempre es motivo de elogio y regocijo, sobre todo para quienes valoramos el riesgo, el ingenio y todo ello entreteniendo. Vale la pena. Finalmente, nos estacionaremos en 1992, con Bram Stoker's Dracula, de Francis Ford Coppola, producida por Columbia Pictures, American Zoetrope y Osiris Films, film que representa para una mayoría relativa la versión más preciada del personaje del conde de Transilvania, según la novela de Stoker. Coppola, acostumbrado a un cine rudo y corpóreo, esta vez hace una jugada magistral: mete dentro del horror nada menos que al romance, la tristeza y a los amores más posesivos. El hecho que este film haya ganado tres Oscars a categorías técnicas -Mejor sonido, Mejor Make-up y Mejor vestuario- no lo desvincula de un guión que opera dentro de una detalladísima sala de cirugía cinematográfica, ya que el adaptador James V. Hart despoja al film de la misoginia del autor para centrarla en un notable espectáculo de sombras y luces, música, imágenes surrealistas y oníricas, que nos trasladarán como por arte de magia a la estética modernista de principios del siglo XX. Coppola sabe sacarle punta al lápiz, y aprovecha todos los recursos posibles, vale decir, imágenes que simulan haberse tomado con un antiguo cinematógrafo, metáforas visuales, sonoridades y diálogos evocadores, para sumarle un elenco de artistas que trabajan bajo el parámetro de la excelencia en lo individual y en lo grupal. Empezaría por una inolvidable Winona Ryder, que como era su vieja costumbre donde mejor se desenvolvía era enfundada en un traje de época, además de un Gary Oldman que convence al más desalentado. Si alguno de ustedes ha leído el libro, y ha podido observar la película, deberá notar un fiel calco de la historia y sus personajes. Es difícil reconocer alguna versión que supere a esta en ese punto. La obviedad, quizás no resulte tan clara para algunos, ya que se notarán en algunas escenas, cierta tendencia al videoclip, pero estamos a finales del siglo XX, y eso tenía que estar presente como un aporte novedoso. El lenguaje cinematográfico es fidedigno con el literario, y la narrativa es tal cual se lee, es decir, epistolar. Si algo hizo Coppola con esta exégesis de Drácula, es que perdurará décadas antes que otra versión pueda sustituirla. Se podrá discutir si la cinta de Guy Maddin se asienta en otros términos, y nos pueda sorprender gratamente, pero quien sabe del cine y sus demencias, se dará cuenta, repito, si es que ha tenido la oportunidad de deleitarse con Stoker, que esta es y seguramente quizás sea una de las poquísimas veces en la que una versión cinematográfica pueda acercarse tantísimo a su interpretación literaria. He ahí, la paradoja de la subjetividad en el gusto. Habiendo dicho todo esto, me sigo quedando con el film de Fisher, pero no sabría cómo justificarlo. Pues bien, hecho un pequeño resumen, pasemos a comentar Horror of Dracula, 1958, de Terence Fisher. El cineasta nos cuenta la historia del conde Drácula, quien decide dejar su castillo de los Cárpatos y establecerse en Occidente. Pronto conoce a una joven de quien se enamora, y a la que visita por las noches. Esta alarmante situación hace que la familia de la chica busque la ayuda del doctor Van Helsing. Es así que un sujeto joven de nombre Jonathan Harker -John Van Eyssen- quien oficia como ayudante del Dr. Van Helsing -Peter Cushing-, se traslada al castillo de Drácula -Christopher Lee- con la clara intencionalidad de acabar con el conde no-muerto. Sin embargo, tras fracasar en su intento, el vampiro comienza a atacar a todos los allegados de Harker, por lo que sólo Van Helsing podrá poner fin a su reinado de terror. Tras el rotundo éxito de The Curse of Frankenstein, de 1957, los ejecutivos de la entonces modesta productora británica Hammer Films, rápidamente pensaron en convertir a Drácula en el protagonista de su próxima incursión en el cine de terror gótico. Lamentablemente para ellos, los derechos de la novela de Stoker aún estaban en poder de los estudios Universal Pictures, quienes los habían comprado en los años treinta por tan solo US$ 40,000.00.-. Tras varias entrevistas y charlas con los ejecutivos de la Universal, la Hammer pudo utilizar el material escrito por Stoker a cambio de los derechos de distribución del proyecto. Al poco tiempo después, los productores Michael Carreras y Anthony Hinds dispusieron un calendario de filmación de 25 días, y contrataron al mismo equipo que había estado a cargo del rodaje de The Curse of Frankenstein. Debido a que el presupuesto con se contaba para la producción era de tan solo US$ 100,000.00.-, gran parte del film tuvo que ser rodado en un pequeño estudio de filmación en la ciudad de Londres, y no en el moderno set con el que contaba la productora británica. En cierta medida, fueron las carencias económicas las que obligaron al guionista Jimmy Sangster a dejar un poco de lado la historia plasmada en la novela de Stoker, para inspirarse más en la obra de teatro que había servido de base para la adaptación realizada por el director Tod Browning en 1931, bajo el alero de los estudios Universal. Además de eliminar algunos sucesos de la novela tales como el viaje de Drácula a Inglaterra, Sangster prefirió no tomar en cuenta a personajes como Renfield, el lunático comedor de moscas que se encontraba bajo el influjo del vampiro, y decidió por darle un enfoque distinto al mismísimo conde Drácula, quien a diferencia de aquel que aparece en la adaptación de los estudios Universal, en esta ocasión es un encantador depredador sexual que no es visto ni escalando paredes, ni convirtiéndose en murciélago etc.. De hecho, sus poderes quedan en el plano de la suposición, lo que le otorga un cariz algo etéreo a su naturaleza sobrenatural. Otro de los cambios importantes que realizó Sangster, tiene relación con las motivaciones y la personalidad de Harker. A diferencia de la novela, Harker no es retratado como un joven inocente que llega a trabajar al castillo del conde, sino que es descrito como un temerario cazador de vampiros que busca terminar con la vida de Drácula.  En cierta medida, la inclusión de Harker en la historia funciona no solo para presentar al vampiro como un ser todopoderoso, que resulta tan aterrorizante como encantador, sino que a través de actos impulsivos, logrará que sirvan como detonante de la trama central. Será tras la torpe incursión de Harker en el castillo de Drácula, que el vampiro decide tomar represalias y atacar a la prometida del cazador de vampiros, la bella Lucy Holmwood, protagonizada por Carol Marsh. Una vez que se establece la amenaza que significa el conde Drácula para los mortales, entra en escena el Dr. Van Helsing, quien a diferencia de Harker, Fisher lo va a bosquejar como un hombre inteligente, capaz y estoico ante la adversidad. El buen Van Helsing no solo tendrá que averiguar cuál fue el destino de Harker, sino que además tendrá que hacer todo lo imposible por salvar a Lucy, quien se ha convertido en el nuevo objeto de deseo del conde. Su único aliado en su lucha contra el vampiro será el hermano de Lucy, Arthur Holmwood -Michael Gough- quien pese a su desconfianza inicial, se percatar del peligro que se cierne sobre su familia cuando evidencia los efectos del influjo del vampiro sobre su hermana. Es así como ambos se embarcan en una carrera contra el tiempo para encontrar la nueva guarida de Drácula, antes que este acabe por completo con la familia Harker. Algo que ha provocado un extenso debate a lo largo de los años, es la escasa participación que tiene Drácula en el film. En cierta medida, esto contribuye a formar un halo de misterio en torno a su figura, la cual gracias a los dichos del mismo Van Helsing adquiere un carácter omnipresente. La simple idea que el personaje interpretado por Peter Cushing debe enfrentarse a un enemigo invisible e impredecible, le entrega a la cinta una atmósfera de tensión constante, la cual se sostiene incluso en aquellas escenas en las que Van Helsing analiza sus conclusiones con respecto al mito del vampirismo.  Si la lucha de ingenios que se desarrolla durante toda la narrativa de Fisher, entre Van Helsing y Drácula resulta ser interesante, la confrontación final entre ambos personajes es brutal e impactante. Pese a que el guión original contemplaba una escena distinta a la que finalmente Fisher filma, fue tal la insistencia de Cushing de rodar una escena parecida a las vistas en las películas de espadachines, que finalmente Fisher insertará una hermosa y vistosa coreografía durante el clímax del film, la cual fue ejecutada por el mismo Cushing, lo que puso nervioso a gran parte del equipo de producción. Por otro lado, resulta evidente que en el film de Terence Fisher, el erotismo ocupa un papel nuclear en la crónica. Una gran parte de las indefensas féminas que son atacadas por el rapaz vampiro durante el devenir de la travesía, disfrutan de manera consciente su insólita conexión con él. Lo que es más importante, es que el simple hecho que Drácula decida imponerse físicamente durante estos seductores ataques no verbales, en cierta medida le otorga un aire sadomasoquista a sus presas nocturnas. Si el Drácula de Christopher Lee representa la erupción del deseo carnal, y la victoria de la lujuria por sobre la razón, entonces el Van Helsing de Peter Cushing encarna el divorcio entre el intelecto y el sentimiento. En efecto, el guión de nos presenta una moralidad conservadora, la cual establece que la sexualidad desenfrenada está inexorablemente ligada al mal espiritual, y que la represión sexual está conectada con las fuerzas del bien. Esta gótica versión de la novela de Stoker es para quien suscribe el mejor acercamiento a la figura del vampiro en toda la historia del cine de vampiros, y de Drácula en específico. La magnífica dirección de Terence Fisher y las convincentes y sobrias interpretaciones de Peter Cushing y Christopher Lee hacen el resto. La versión de Murnau, Nosferatu, nos presentaba un vampiro -el conde Orlok- deforme, monstruoso, inmerso en un clima expresionista de una gran belleza visual. Browning dirige a un acartonado y teatral Bela Lugosi, muy inferior al salvaje retrato del mal que desarrolla formidablemente  Lee, y que está mucho más acorde con la figura diabólica de la novela. Una cosita que me olvidaba. La película acerca de Drácula, realizada por Coppola, está alejada de ser un film enteramente de terror, a pesar de ser un claro homenaje al vampiro de Murnau. Por todo ello, Horror of Dracula, título original en inglés de esta obra maestra de la Hammer, es la mejor película de vampiros que he logrado observar. Además, hay que destacar dos aspectos fundamentales de ella: el bajo presupuesto no impide realizar buen cine, y la duración excesiva no hace que una película sea mejor, más bien todo lo contrario. El film duró menos de 75 minutos, contra los 130 minutos que el largometraje de Coppola. Con respecto a las interpretaciones, la dupla protagónica realiza una labor estupenda. Mientras que Lee logra con éxito otorgarle al mítico conde un aire distinguido, seductor, amenazante y siniestro, sin la necesidad de emitir demasiadas frases, Peter Cushing hace gala de su destreza física, y de sus vigorosos dotes actorales al interpretar a un Van Helsing que no solo resulta ser un hombre brillante, sino que además es decidido y corajudo. Pero, lo que resulta más alentador, es que ambas actuaciones permiten que se haga evidente la colisión de aquellos sistemas culturales y sociales que se producen entre el conde y el Dr., lo que en gran medida le regala más hondura a la trama. En el elenco secundario, mientras que Carol Marsh y Melissa Stribling realizan un trabajo correcto, las actuaciones de John Van Eyssen y Michael Gough no están a la altura de los demás. La puesta en escena o el aspecto técnico de la producción, existe un  espléndido trabajo de fotografía de Jack Asher, una BSO entrometida en donde tiene que poner lo suyo a cargo de James Bernard, y con un magistral diseño de producción de Bernard Robinson, quien demostró ser capaz de hacer maravillas con un escaso presupuesto, y sobre todo para la época. Pero, curiosamente, Fisher era uno de los pocos profesionales al interior de la Hammer que estaba completamente convencido de la calidad de Horror of Dracula. De hecho, cuando Cushing y Lee asistieron a una proyección del film en Francia, ambos se mostraron temerosos ante la idea que el público pudiese mofarse del largometraje. Su sorpresa sería mayúscula cuando no solo observaron que el público había quedado sorprendido con el contenido de la cinta, sino que además asistían en masa para verla. Horror of Dracula, obtuvo una recaudación mayor que The Curse of Frankenstein, y fue la gran responsable que la productora Hammer comenzara a ser reconocida como una de las factorías de cine de terror más importantes a nivel internacional. Lo que les aseguro es que la cinta de Fisher resultó ser una producción rupturista en más de un sentido, lo cual no dejó indiferente a nadie. Un ejemplo claro de esto, fue la reseña que en aquel entonces escribió un crítico del periódico Daily Telegraph: “La industria cinematográfica británica tiene una calificación “X”, la cual no es aplicable a este film. Debiese existir una nueva calificación para la cinta, por ejemplo, “S” de sádica, o “D” de desagradable”. En definitiva, gracias a sus numerosas virtudes, hoy en día la estupenda cinta del gran Terence Fisher, es recordada como una de las mejores cintas de la modesta compañía británica Hammer Films, y como uno de los grandes clásicos del cine de terror de todos los tiempos. Fisher le da la vuelta a la novela de Stoker, y logra una obra mejestuosa.