viernes, 9 de diciembre de 2016

“Midnight Lace”, David Miller adecua con certera placidez al vilipendiado género del terror psicológico en aras de una intriga mejor concebida.
















































































David Miller nació en noviembre de 1909 en la ciudad de Paterson, en Nueva Jersey, y falleció en abril de 1992, en Los Angeles, California. Después de salir de la escuela secundaria, Miller trabajó para el servicio nacional de correos como mensajero. Moviéndose firmemente hacia adelante y con un objetivo claro, empezó a trabajar desde abajo en la MGM. Pete Smith fue quien le dio la oportunidad de dirigir sus documentales educativos y cortos, a partir de 1935. Dos de estos films, Penny Wisdom, de 1937, y Seeds of Destiny, de 1946, ganaron los premios de la Academia a cortometrajes a color. En 1941, hace su debut junto a  Frank Borzage, con el film Billy The Kid, un remake del western de King Vidor, con Robert Taylor y Lon Chaney Jr. El rebelde Billy trabaja para el corrupto y ambicioso Hicky. Los hombres de éste, con Billy a la cabeza, provocan una estampida para espantar el ganado de un honrado terrateniente inglés llamado Erik. Pero Billy, tras el suceso, reflexiona gracias a su amigo Jim, y comienza a arrepentirse de haberse asociado con Hicky. Si bien no tiene la maestría del film original, la cinta es entretenida, y sin mayores pretensiones innovadoras. Ni busca ser fiel a la historia ni le da por analizar la mente y los comportamientos del joven vaquero. Miller mantiene un ritmo fluido con una buena dosis de acción y unos diálogos solo correctos. Robert Taylor -aunque ya bastante mayor- le confiere al personaje un tono sombrío y misterioso, y lo dota de vitalidad y carisma. Otro que cumple es  Gene Lockhart haciendo de villano. No es un mal debut, pero tampoco es de lo mejor que hizo. En 1942, filmó Flying Tigers, con John Wayne, en donde Miller saca adelante un film bélico de la Segunda Guerra Mundial, defendiendo los intereses de la aviación voluntaria yankee contra los aviones japoneses en China. Si bien no es una gran producción mejora su debut y reafirma un concepto básico del cine: el entretenimiento. Con mayor experiencia, en 1949 se atreve con los géneros de la comedia y del musical a través del film Love Happy. Actúan Groucho Marx, Harpo Marx, Chico Marx, Ilona Masse y Marilyn Monroe. En la casi hora y media de película, los amantes de la comedia clásica van a pasarla bien. La presencia de Groucho interpretando a un detective que va tras la búsqueda de un collar de los Romanoff, es tan solo una anécdota, y quien aquí gozan de protagonismo son Harpo y Chico, que forman parte de una farándula de comediantes sin un centavo, manejados por Mike Johnson -Paul Valentine- que tienen la oportunidad de triunfar en los escenarios cuando la misteriosa Madame Egelichi -Illona Massey- cree que las apreciadas joyas escondidas en una lata de sardinas han ido a parar a los bolsillos de Harpo. Tal vez se trate de la película menos recomendable del terceto de cómicos que, sin embargo, se la recordará por la breve y espontánea aparición de algo más de un minuto de Marilyn Monroe que saca a Groucho de una situación embarazosa. También aparece como secundario, y en el papel de uno de los secuaces de la villana, el televisivo Raymond Burr, quien luego se daría a conocer en series como “Perry Mason” y “Ironside”. Vuelvo a lo mismo, Miller sigue manteniendo intacto su objetivo de entretener y lo logra. En 1950, se atreve con el drama Our Very Own. Si bien el argumento es un tanto confuso, Miller muestra un ligero dominio de la dramaturgia. El film no tuvo la suerte de sus anteriores propuestas. Sin embargo, en 1952, Miller se destapa con un drama inclinado hacia el film noir, y logra quizás una de sus mejores cintas. Sudden Fear, cuenta con un gran elenco: Joan Crawford, Jack Palance, Gloria Grahame, Bruce Bennett y Virginia Huston. Son pocas las películas de la meca hollywoodense que ha reunido memorables actores.  Rostros inolvidables, intérpretes carismáticos y temperamentos singulares dan vida a este melodrama negro. La fórmula es parecida a la tanta veces expuesta en la pantalla: soltera y rica heredera es seducida por un sujeto apuesto e implacable en sus métodos románticos, quien a su vez es manejado por una mujerzuela despampanante, con el único objetivo de hacerse con la herencia de su rival. Lo que hace Palance, solamente lo pueden calibrar actores de talla, y nos estamos refiriendo a que actúa como una simple marioneta de la malvada esposa. Cinematográficamente la cinta cuenta con dos partes bien diferenciadas. Una primera, donde Miller nos presenta un discurrir de los hechos en forma pausada, y sustentada en sus actores. La narración resulta excesivamente romántica e incluso cuesta creer a Palance en ese registro. Pero Miller, sabiendo lo que tenía entre manos, da un giro radical hasta llegar a unos últimos treinta o cuarenta minutos geniales, magníficos, llenos de recursos y detalles de calidad, que se ensamblan con una Crawford que explota toda su grandiosidad interpretativa. A uno se le enredan las tripas, y no puede sino dejarse llevar por ese continuo juego de sombras, con ángulos de luz hipnóticos, y con un par de licencias narrativas espectaculares. En 1960, vuelve a resaltar con el thriller de intrigas que comentaremos esta vez: Midnight Lace. En Back Street, de 1961, un melodrama romántico, Miller vuelve a reunir un elenco de lujo: Susan Hayward, John Gavin, Vera Miles, Charles Drake y Virginia Grey. Si bien es cierto cada quien cumple con su labor, en su integración surgen una serie de descoordinaciones que no se pudieron corregir a tiempo. A Miller se le va de las manos, el destellante glamour del que concede la elegancia, el dinero, las profesiones prestigiosas, los trajes de diseño y el moverse por los lugares más emblemáticos del orbe como el que se va a dar un paseo al bar de la esquina. Si bien no es una mala película, todavía quedaba el recuerdo de lo hecho en Sudden Fear. Pero, en 1962, va a rodar un notable western, con Kirk Douglas, Gena Rowlands, Walter Matthau, Carroll O'Connor y George Kennedy. Una desconocida obra maestra del western, que a diferencia de otros clásicos, se mantiene increíblemente actualizada. Lonely are the Brave es un nostálgico retrato sobre el final de un estilo de vida, un bello canto a la libertad, y un inteligente análisis sobre la deshumanización de la sociedad moderna, cargada de desencanto. Para conseguir el extraordinario resultado final el film se sustenta en cinco pilares: Miller como realizador, Trumbo como guionista, Douglas como actor, Goldsmith en la BSO y Lathrop en la fotografía. Posiblemente la mayor sorpresa es el gran trabajo de dirección de Miller, a través de una sensibilidad para la puesta en escena asombrosa, insistiendo en el constante contraste entre la sociedad moderna, el progreso, con el tradicional y ya obsoleto mundo al que se aferra Jack Burns. Un trabajo brillante que aporta emoción, acota los temas principales, y que alcanza en la parte final momentos trepidantes. Simplemente ejemplar. En cuanto al guión, Trumbo roza lo insuperable en un libreto estructurado con solidez e ideas claras, y con diálogos notables en su primera parte, como la magistral escena de la cocina, que va dejando mayor protagonismo a la labor del director, en el que la parte visual le gana terreno a los diálogos, apoyada en un soberbio blanco y negro. Kirk Douglas simplemente la rompe. Una de las mejores interpretaciones del actor, , en un recital de tonos y matices que nos mete de lleno en el personaje. Estremecedora su mirada final. Y por último, un Jerry Goldsmith que abordaba su primer film importante, y creó un trabajo grandioso, centrado casi exclusivamente en el mundo de Burns, nostálgico, psicológico y poético, que imprime una sensación de soledad, pero que también se muestra brillante en su acercamiento tradicional al western, y los temas de acción. Con esta conjunción de talentos, y en perfecta sintonía, no podía salir menos que un clásico a defender. En 1963, logra un buen film bélico combinado con cierto humor irónico, en Captain Newman, M.D., con otra nómina de lujo: Gregory Peck, Tony Curtis, Angie Dickinson, Eddie Albert, James Gregory, Bethel Leslie y Robert Duvall. Newman dirige el centro psiquiátrico de un complejo militar hospitalario. Los altos mandos, aun sabiendo que es un gran profesional, le ponen trabas a su trabajo. Sin duda la trama es interesante y entretenida, pero irregular en algunos aspectos. Miller ha sido valiente, ha querido ahondar en el complicado y difícil mundo de la psiquiatría, y ha salido airoso a medias, porque ha sabido reflejar en toda su crudeza el caso de algunos pacientes pero, nos ha hecho soltar una carcajada. Si nos hubiera provocado una media sonrisa nos habría aliviado, pero el personaje de Tony Curtis nos hace reír a mandíbula batiente. Por lo tanto, el desequilibrio drama-comedia se impone a la profundidad y seriedad del tema tratado. Porque -aquí hay que quitarse el sombrero ante Gregory Peck- el capitán Newman conoce la gravedad del asunto; se rebela contra los altos mandos, se deshace por dentro, llora sin llorar, y sobre todo, como hombre inteligente que es, usa el sentido del humor para que todo sea más llevadero. Buen film. En 1973, logra hacer su última buena cinta: Executive Action, con Burt Lancaster, Robert Ryan, John Anderson y Colby Chester. Apenas diez años después del asesinato de John F. Kennedy apareció en las pantallas esta película, que ya plasmaba en imágenes la teoría conspirativa que tanto celuloide había desencadenado desde entonces. La cinta nos presenta a un grupo de conspiradores de identificación algo vaga, si bien se puede percibir entre ellos elementos de grandes corporaciones, sectores de ideología ultraconservadora, miembros de los servicios secretos, las fuerzas armadas y la inteligencia. Destacan dos conspiradores, que son los responsables de dirigir la operación -Burt Lancaster- y conseguir los apoyos ideológicos y corporativos -Robert Ryan-. El film reconstruye cómo pudo fraguarse el asesinato, desde las motivaciones de sus impulsores hasta los medios empleados, es decir, los exiliados cubanos resentidos tras la Bahía Cochinos, la alteración del itinerario presidencial, la búsqueda del chivo expiatorio, etc. Es un film interesante, modesto, pero bien construido e interpretado que debe valorarse positivamente, especialmente si tenemos en cuenta la temprana fecha en que fue proyectada, y quiénes se implicaron en su realización e interpretación. De ahí para adelante Miller tuvo algunos films errados, y estuvo más tiempo en las series de TV. Pues bien, en la cinta  Midnight Lace o Un grito en la niebla, Miller nos va a contar la historia de Kit Preston -Doris Day- una suntuosa heredera y esposa de un importante empresario -Rex Harrison- quien desde hace un tiempo recibe amenazas de muerte de un desconocido. Primero en un parque, envuelta por la niebla, y luego a través de llamadas telefónicas. Aunque un grupo de policías de Scotland Yard se compromete a protegerla, el desconocido cada vez está más cerca de cumplir con sus amenazas. Durante gran parte de su carrera cinematográfica, Doris Day fue víctima de un encasillamiento que solo le permitió interpretar roles destinados a explotar su belleza y su carisma. Sin embargo, en determinadas ocasiones se le otorgó la oportunidad de interpretar roles dramáticos, como en la película de Miller, cinta basada en la obra teatral “Matilda Shouted Fire”, de la escritora Janet Green, en la cual la actriz interpreta a una atormentada millonaria que sin motivo aparente va a ser amenazada de muerte. Curiosamente, Day había expresado su intención de no protagonizar más thrillers luego de haber participado en Julie, en 1956, de Andrew L. Stone. Sin embargo, su marido, el productor Martin Melcher, la convenció de participar en el proyecto. Algún tiempo después, la actriz admitiría que su negativa inicial solo respondía a un tema de vanidad: “Me asustaba pensar en lo mal que me vería en las escenas de terror del film. Ver mi boca torcida, mi cabello despeinado, mis ojos hinchados, y mi vestido hecho un desastre, no lo podría tolerar”, declararía la misma Day en su autobiografía “Doris Day: Her Own Story”. Además del tema de la vanidad, la actriz no miraba con buenos ojos la demanda emocional que requería el personaje, especialmente en aquellas escenas en las que se veía enfrentada a situaciones estresantes. Para proyectar de mejor forma el horror del personaje, Doris rememoró los abusos que sufrió a manos de Al Jordan -esposo de Day entre los años 1941-1943-. En una escena en la cual debía mostrarse histérica, aparentemente recordó el momento cuando estaba embarazada y enferma, y Al Jordan irrumpió en su habitación, me sacó de la cama y la golpeo contra la pared. La Day no estaba actuando como una histérica, sino que lo estaba realmente, colapsando una vez terminada la escena. Todo el mundo estaba preocupado. David Miller, suspendió las filmaciones. Doris Day declaró: “Mi vida cinematográfica y mi vida real se habían fusionado, por lo que no me era sencillo terminar una escena y olvidarme de mis emociones”. Por otro lado, su coestrella, Rex Harrison, también estaba envuelto ciertos problemas. Su esposa, Kay Kendall, había fallecido recientemente, lo que afectó directamente el desempeño y el estado de ánimo del actor. Sin embargo, el dolor que ambos sentían finalmente los terminaría uniendo, lo que en gran medida los ayudaría a mantener la cordura durante todo el rodaje del film. Midnight Lace se centra en el desequilibrio emocional experimentado por Kit Preston, luego de recibir las consabidas amenazas de muerte por parte de un NN. Como todo relato de misterio, son varios los sospechosos en intentar volver loca a la indefensa heredera. Entre ellos se encuentra Brian Younger -John Gavin- un joven y amable contratista que parece estar obsesionado con la Preston; Malcolm Stanley -Roddy McDowall- el hijo de la ama de llaves de la protagonista, quien luce  resentido con la Preston luego que esta se negara a prestarle dinero para costear los gastos médicos de su madre; además que con los socios de su marido, Charles Manning -Herbert Marshall- y Daniel Graham -Richard Ney- quienes son acusados de estafadores. La verdad es que todos y cada uno de los personajes que participan en esta historia de terror psicológico, son presentados como potenciales sospechosos en algún momento de la cinta, lo que colabora en la construcción del clima agobiante que domina al relato. De manera inteligente, al mismo tiempo que Miller presenta una serie de sospechosos con motivos suficientes como para atormentar y asesinar a la protagonista, él mismo, juega con la posibilidad que las amenazas que esta recibe no son más que el producto de su propia histeria. Con el objetivo de reforzar esta teoría, Miller solo le nos va a permitir conocer el cariz de las amenazas del supuesto criminal a través de las palabras de la propia protagonista, poniendo en duda su estado psicológico. Por otro lado, el Inspector Byrnes -John Williams- de Scotland Yard también tiene su propia teoría, la cual está basada en sus experiencias previas; para él, probablemente Kit Preston esté inventando todo el batiburrillo para captar la atención de su esposo, quien últimamente ha estado más preocupado de sus negocios que de ella. Es a raíz de todo esto que la señora Preston gradualmente empezará a quedarse sola, ya que ni su esposo ni su tía Bea -Myrna Loy- pueden evitar pensar que ella está ingresando en una demencia imparable. En referencia a las interpretaciones, es indudable la potencia dramática que exhibe la bella Doris Day, quien hace un papel notable, atiborrado de gestos y expresiones corporales, además de la compostura fílmica, sobre todo en esa vida que solo le causa perturbaciones y vacíos. No cae en la sobreactuación, pese a los ataques de histeria que tiene su personaje. Rex Harrison por su parte, si bien interpreta de con corrección al marido de la protagonista, no llega a exhibir una gran química con la Day. Me fascinó la labor de Myrna Loy, cuyo personaje comienza cumpliendo una función como de alivio cómico, para luego adentrarse en terrenos más dramáticos, a medida que empeora el estado psicológico de la Preston. La puesta en escena es un gran elemento en la cinta de Miller, y hace que todos los apartados puedan contribuir con su respectiva cuota de dinamismo a equilibrar la parte técnica. Si bien Midnight Lace es un entretenido thriller psicológico que presenta un sugerente misterio central, la cinta posee algunos problemas menores relacionados con algunas subtramas poco desarrolladas, que devienen en lagunas argumentales. Sin embargo, los paralelos que exhibe con el cine de Alfred Hitchcock, y con el cine de terror italiano, debido a un espléndido ritmo narrativo de Miller, sitúan a su film como una aceptable adecuación al denostado género del terror psicológico. Al mismo tiempo, la película otorga la posibilidad de ver a Doris Day interpretando un rol bastante alejado a los que interpretó en las numerosas comedias románticas en las que participó, las cuales la convirtieron en una de las grandes estrellas hollywoodenses de la década del sesenta. Estupendo film, y sobre todo: entretenido. David Miller adecua con certera placidez al vilipendiado género del terror psicológico en aras de una intriga mejor concebida.