lunes, 12 de diciembre de 2016

“The Boy with Green Hair”, Losey nos enseña que los gestos pequeños son los que hacen la diferencia.













































































Joseph Losey nació en enero de 1909 en la ciudad de La Crosse, Wisconsin, y falleció en junio de 1984, en Londres, Reino Unido. Joseph es el más conocido de los cineastas norteamericanos, que fuera obligado a exiliarse a consecuencia del macartismo. También fue uno de los pocos que tuvo una recuperación total luego de la persecución, y quien, rechazando ofertas de volver a la meca hollywoodense, hasta el último minuto de su existencia, jamás asintió. Adquirió su reputación en Europa, continente que lo defendió y cobijó. Tras una serie de cortometrajes, algunos programas de radio, y en plena eclosión de Broadway, lleva al teatro en 1947 la obra de Brecht; “Galileo Galilei” junto al actor Charles Laughton, una suculenta experiencia para después aplicarla como realizador. De aquellos cineastas prometedores, Joseph debuta con un film para la RKO en los EEUU: The Boy with Green Hairs, film que comentaremos, y que trata acerca de una fábula donde ya va mostrando su inclinación que parte de un entramado sentimental acerca de la guerra y sus horrores. Otras películas que pudo rodar en su país fueron: The Lawless, 1950; M, 1951; The Big Night, 1951; y el thriller psicológico The Prowler, el mismo año. A finales de 1951, se dirigió primero a Italia donde aprovechó para filmar Imbarco a mezzanotte, 1952, pero sin mayor fortuna. De inmediato partió hacia Inglaterra -junto a Francia, los países donde la cinematografía es un mandamiento- en donde rueda una serie de sugerentes películas: The Sleeping Tiger, 1954; The Intimate Stranger, 1956; Time Without Pity, 1957; The Gipsy and the Gentleman, 1958; The Damned, 1963; y la notable The Servant o El sirviente, ese mismo año. Esta es la mejor película que realiza Losey en tierras británicas. La acción tiene lugar en la Londres de 1961, en pleno invierno. Narra la historia de Hugo Barrett -Dick Bogarde- perspicaz, manipulador, buen cocinero, que lleva 13 años como asistente doméstico. Es contratado por Anthony Mounset -James Fox- aristócrata, soltero, refinado e inseguro, algo más joven que Barrett. Entre ambos se establece una relación compleja de dominación y sumisión, confianza y engaño, eficiencia y degradación, amistad y lucha de poderes. La cinta se inmiscuye en un drama psicológico basado en el enfrentamiento entre un hombre servicial que, tras una apariencia de eficiencia, oculta pasiones de dominación, posesión y degradación. Entre sus motivaciones se notan deseos de revancha, afanes de poder e inclinaciones sadomasoquistas. El arco dramático avanza desde la conquista de la confianza y el respeto de Tony, el alejamiento de su novia, la introducción de una mujer en la casa, Vera -Sarah Miles- para que seduzca al patrón, y lo domine sexualmente, la ocupación física de sus espacios como el lavabo, el dormitorio etc. La obra explora el alma humana, sugiriendo hipótesis sin formular juicios. Las cuestiones que se plantean quedan en suspenso, abiertas a la reflexión. La cámara realiza un formidable trabajo de exploración de la casa, con un sugestivo movimiento de cámara, entre travellings, zooms, barridos, tomas largas, planos picados y contrapicados, y reflejos en espejos que completan las escenas. Se sirve de símbolos, como la posición de los actores en la escalera, la intensidad del color de las figuras, los barrotes etc. Losey le añade elementos inquietantes, como el sonoro goteo del grifo, la estridencia del teléfono, la indefinición de la distribución de la casa, la lluvia persistente y la nieve. Salvo excepciones, las escenas son inquietantes, incluidas las exteriores -restaurante, bar, o la estación del tren-. La homosexualidad se sostiene a través de fotos del dormitorio de Tony -jóvenes musculosos- esculturas de la casa -atleta desnudo- y la postura amenazadora de Barrett: “yo conozco tu secreto”. Losey critica a la aristocracia, presumida e ignorante, que confunde un poncho con una capa. La BSO aporta música jazzística de saxo y piano, en la que se apoyan fragmentos de “All Gone”, de parte de Cleo Laine. Se suman fragmentos de guitarra. La fotografía es de lo mejorcito. El guión desgrana un crescendo dramático demoledor. La interpretación de Dick Bogarde es estupenda, ya que incrementa los sentimientos de desasosiego y su evolución es permanente. Como habíamos apuntado, Losey se refugió en el Reino Unido, tras su huida de los EEUU, a raíz de la “caza de brujas”. Nunca ocultó su orientación bisexual, que es posiblemente la de los protagonistas en el film The Servant. La referencia a la marihuana se establece con cierta ostentación. La presencia de lo sexual y erótico es reiterada: novia, amante de Barrett, seducción de Tony, la dominación a través del sexo, amor triangular, apareamiento de Vera y Barrett, y como elementos iconográficos los temas de los cuadros de la sala: una Venus mórbida, un grupo de guerreros sentados que examinan a una joven esclava desnuda. La secuencia final se presenta envuelta en un aire de sueño e irrealidad, hecho que funciona bien. En 1964, filma un muy buen drama judicial relacionado al género bélico: King and Country. En 1967, rueda otra cinta interesante: Accident, donde vuelve a ser protagonista Dick Bogarde. Losey alcanza con esta película uno de sus más altos logros, gracias a la contundencia con que es capaz de filmar una historia tópica, que pese a no resultar novedosa tiene los arrestos de la visceralidad de quien narra algo con convencimiento. Resulta algo extraño en la filmografía de uno de los directores más valientes, aunque resbaladizos y ambiguos del cine de esos años. Seguramente, Accident sea junto a la The Servant, las mejores cintas del yankee, ya que realiza un brutal ataque contra la alta sociedad y la escasa profundidad de los convencimientos y reglas por los que se rige, poniendo el dedo en la llaga de la hipocresía, y de la falsa doble moral. Esto mismo lo vuelve a intentar con resultados mucho más discutibles en otras cintas. Aquí  esta retratado con ironía y amplias dosis de cinismo, mientras en las otras es pomposa solemnidad y vacua transcendencia. Por eso una obra como esta lo ayuda, y mucho, en la reivindicación de su figura, y aunque sea un oasis puntual se merece el respeto y la consideración de las grandes obras. Luego filma en Francia dos películas que lo catapultan como un realizador de prestigio: Blind Date, una historia de intriga que aparentemente abunda en los tópicos del género, pero que, en manos de Losey, alberga un trasfondo crítico concerniente a las clases sociales y a la imagen que proyectan de sí mismas; y The Criminal, un relato sórdido que tiene lugar en el interior de una prisión londinense, y en los arrabales desiertos de la ciudad. No es una crónica policíaca sino más bien de caracteres, entre los vínculos de poder dentro de la prisión, de las mafias que la dominan y de las componendas entre presos y guardianes. Es admirado por su estilo clásico aunque refinado y desgarrador a la vez, como un acorde de “Blues”, y que ofrece una disección del destino errático de sus personajes, que llega a ser álgido e inclemente. Es en estos momentos, que la crítica había colocado a Losey a la altura de Fellini o de Bergman. Luego de filmar en Noruega y en España, vuelve y se radica en Francia. Es en este país donde realiza una de sus obras maestras: Monsieur Klein, en donde entremezcla -al estilo de Jorge Luis Borges- un asunto tan candente como la colaboración y de la detención masiva de judíos en 1942. Esta formidable película es una de esas propuestas fulgurantes que ningún cineasta europeo se ha atrevido llevar a cabo. Luego de algunas cintas convencionales, viaja de Francia a Italia, y filma Don Giovanni, cinta que surge tras el encuentro de Joseph con Rolf Liebermann, Administrador de la Ópera de París, y con Lorin Maazel, el celebrado director de orquesta. El objetivo fue: intentar la popularización de un género musical que, hasta entonces, estaba reservado a una élite. Para esto, había que sacar a la ópera de los tablados -se rodaría en el palacio de Vicenza, Italia- ponerla en un ambiente de gran belleza -el diseño de producción en exteriores es impecable- y darle un toque de modernidad y picardía que la hiciera atractiva a las nuevas generaciones. Para esto último, Losey incorpora colores que imitan la pintura de Masaccio, fondos al estilo de Correggio, y osa incluir algunos planos eróticos que se avienen con lo que, Don Juan, sustrae comúnmente de su vida. Con todo, y no obstante que el director se propuso eliminar y corregir lo que él consideró “torpezas del texto de Da Ponte”, la historia resulta anclada en su tiempo; nos saturan los lamentos y diálogos que rayan la cursilería. Don Giovanni sigue resultando un personaje físico como en las viejas obras; y quizás por no atreverse a “profanar” lo que para los puristas es intocable, algunas situaciones siguen resultando de una ingenuidad que pisotea cualquier lógica. Perenne la majestuosa y emotiva música de Mozart; el vestuario es de alta costura; la construcción de imágenes de Losey, logra momentos de absoluta belleza, y oír a Ruggero Raimondi -Don Giovanni- a Kiri Te Kanawa -Doña Elvira- a Teresa Berganza -Zerlina- o a José Van Dam -Leporello- entre otros, es una exaltación del arte lírico que consigue complacer los sentidos más exigentes. Aquí tuvo Losey, su último relevante momento cinematográfico. Pues bien, en su ópera prima, 1948, Losey nos cuenta la historia de un pequeño pueblo donde la policía recoge a Peter -Dean Stockwell- un niño con la cabeza afeitada que se rehúsa a responder las preguntas de los agentes. El doctor Evans -Robert Ryan- el psiquiatra que colabora con la policía, será el encargado de escuchar la increíble historia del pequeño. Peter sueña que una nueva guerra está a punto de estallar. Ahí es cuando se entera que sus padres murieron en un raid aéreo durante uno de los bombardeos sobre Londres. A la mañana siguiente, Peter se despertó con el cabello completamente verde. En el año 1947, impresionado por el trabajo de Losey en el circuito teatral neoyorquino, el jefe de producción de la RKO, Dore Schary, le ofreció a Losey la dirección de la cinta The Boy With Green Hair, aun cuando la única experiencia de Joseph en el cine había sido la realización de algunos cortos como el nominado a un Oscar: A Gun in his Hands, 1945,  el cual pertenecía a una serie de cortos de la MGM titulados “Crime Does Not Pay”. Contrario a lo que se podría pensar, la falta de experiencia no fue el mayor problema que tuvo que enfrentar Losey. En aquel entonces, el Comité de Actividades Antiestadounidenses (HUAC) había aterrizado en Hollywood, y Joseph, un sujeto algo charlatán, era una de las personas que fue investigada por su supuesto nexo con el partido comunista. Schary, quien en un principio había declarado que “hasta que no se comprobara que un comunista era un hombre dedicado a derrocar de forma violenta al gobierno, él solo se dedicaría a juzgar las capacidades de sus empleados”, tuvo que aprobar la utilización de la infame “lista negra” con el fin de proteger la “libertad” de la industria, en una concepción equivocada de un conflicto creado bajo ciertos intereses. El primero en sufrir las consecuencias de la aplicación de esta lista negra fue el productor de la cinta, Adrian Scott. Pese a que Losey era amigo de Scott, decidió no renunciar a la dirección de la película que sería filmada en “Technicolor” durante los primeros meses de 1948, con un presupuesto de US$ 900,000.00.- El que Joseph Losey no renunciara a su cargo, respondía a que él deseaba utilizar el film como medio para transmitir un mensaje. Fue así como comenzó a trabajar junto con los guionistas Ben Barzman y Alfred Lewis Levitt, en una historia que hiciera hincapié en la resistencia que debía oponer el pueblo norteamericano contra los partidarios de un conflicto bélico -en este caso con la Unión Soviética- y que al mismo tiempo tratara temas como el racismo, la importancia de la familia etc. El excéntrico Howard Hughes se hizo cargo de la RKO mientras se estaba filmando The Boy With Green Hair. El millonario repudiaba el mensaje pacifista, e hizo todo lo posible por sabotear su producción, iniciando una lucha ideológica al interior del estudio. Tras la intervención de Hughes, Dore Schary, quien oficiaba como el protector de Losey, abandonó de inmediato el estudio. Mientras tanto, Hughes designó a Peter Rathvon como el encargado de revisar los diálogos que poseían una mayor carga política en el guión, y cambiarlos. Finalmente, y según Barzman, un día Hughes llamó a su oficina al pequeño Dean Stockwell para decirle que cuando los otros niños hablaran de los horrores de la guerra, él debía decir: “y es por eso que Norteamérica tiene el ejército más grande, la mejor armada, y la mayor fuerza aérea del mundo”. Stockwell, quien sentía simpatía por el mensaje de la cinta, le respondió que no estaba dispuesto a hacer eso, aun cuando Hughes lo gritó enfurecido. Pese a todas estas artimañas, Losey logró proteger la integridad de su proyecto. El guionista Ben Barzman más tarde declararía: “Joe filmó la película de forma que no se pudieran realizar cambios. Algunas líneas de diálogo fueron incluidas con el fin de suavizar el mensaje, pero eso fue todo”. The Boy With Green Hair es una cándida fábula antibélica acerca de un huérfano de guerra que un día despierta, y descubre que su pelo se ha vuelto verde. Esto lo convierte en el objeto de las burlas de todos los habitantes del pueblo donde vive, quienes comenzarán a mirarlo como una amenaza. Peter ha sido un niño que no ha tenido una infancia fácil, ya que luego que le comunicaran que sus padres habían decidido “alargar sus vacaciones”, el pequeño tuvo que vivir con distintos familiares hasta que por fin logró establecerse en la casa de su abuelo Fry -Pat O´Brien- cuya mayor preocupación era mantener contento a Peter. Es ahí donde el nene se enterará que sus padres habían fallecido intentando salvar a algunos cuantos huérfanos de guerra, que  significará para él, una  “maldición por venir”. Una vez que el pelo de Peter se ha tornado verde, y este comienza a ser rechazado y perseguido por todos los vecinos del pueblo, él protagonizará una extraña escena en la cual sueña que los niños que aparecían en los afiches que promovían la ayuda para los nenes huérfanos: le explican que el color de su pelo simboliza la esperanza de una humanidad sin guerras, en la que la esta trabaja unida en busca del bien común, y que por ese motivo debe comunicarle a los habitantes de su pueblo que son los pequeños gestos los que van a realizar la diferencia. En relación a las interpretaciones, estas son correctas. Dean Stockwell realiza una estupenda labor interpretando a este niño desvalido y solitario, al punto que logra que quienes observamos el film sintamos empatía por su situación. Pat O´Brien también realiza un buen trabajo interpretando al abuelo de Peter. Su personaje resulta caricaturesco, pero sin caer en la exageración. Por otro lado, en la puesta en escena, George Barnes realiza un buen trabajo de fotografía, mientras que la BSO de Leigh Harline es uno de los mejores trabajos del film. Curiosa resulta ser la inclusión de un par de números musicales que están protagonizados por el personaje de O´Brien. Aunque por un momento da la impresión que la cinta va a convertirse en un drama musical, son solo dos los números que se incluyen en la historia, ubicados en la primera mitad de la película. The Boy With Green Hair es una diminuta  joya olvidada. Losey utiliza algunos elementos fantásticos para realizar profundas observaciones. De hecho, algunas organizaciones alabaron a la cinta por presentar un discurso en contra del racismo -obviamente el pelo verde es una metáfora acerca de la exclusión de la que son víctimas las personas que son consideradas diferentes- mientras que otras instituciones destacaron el mensaje positivo de la producción, en una época dominada por la histeria desatada por la “Guerra Fría”. La película resulta ser una cándida historia acerca de la tolerancia y la preocupación por el prójimo, donde Losey mantiene un ritmo narrativo acorde durante todo el transcurso de esta, lo que obviamente es de halagar. El mensaje a ratos parece ser un poco inocente, pero tal vez responda a que los encargados del film sentían que podían cambiar el mundo de la misma forma que Peter, es decir, a través de pequeños gestos. El final es optimista, pero al mismo tiempo provoca un sentimiento de melancolía donde algunos no logramos evitar pensar que en ocasiones, nuestros intentos por cambiar el mundo -o nuestro entorno- resultan ser poco menos que inútiles. De todas formas vale la pena intentarlo, al igual que Peter buscó transmitir un mensaje de paz y unidad a los habitantes de su pueblo a sabiendas que podía ser ignorado. Losey nos enseña que los gestos pequeños son los que hacen la diferencia.