jueves, 1 de diciembre de 2016

“The Curse of the Werewolf”, Terence Fisher realiza la única cinta de licántropos producida por la Hammer.












































 


































Terence Fisher nació en febrero de 1904, en Maida Vale, Londres, y falleció en junio de 1980, en Twickenham, Reino Unido. Con la presencia de Fisher en el candelero del cine de terror, hay mucho que hablar acerca del género,  sobre todo porque fue un cineasta que logró darle nuevos bríos. Por ejemplo, quienes pudimos observar su exégesis de Dracula, en 1958, nos resultará poco probable olvidarnos de esta cinta que para cinéfilos y críticos, es la versión definitiva del personaje de Bram Stocker, con las disculpas hacia Murnau, y su Nosferatu, de 1922. No ha existido mejor Conde Drácula que Christopher Lee, ni mejor Van Helsing que Peter Cushing. Pero, además no ha existido mayor tensión y suspense en una historia de vampiros que en esta versión, producida por la Hammer, casa especializada en el terror. A pesar de apretados presupuestos, Fisher renovó el género con algunas de las más prolijas propuestas de la historia del cine fantástico. Con The Curse of Frankenstein, de 1957, nace el cine de terror moderno. Es poco probable asimilar los rasgos que, en la actualidad, definen el género, sin tener en consideración la impronta de los films de Fisher, con el apoyo de la Hammer. El cine de terror venía de una crisis creativa originada a mediados de los años cuarenta, cuando la Universal Pictures dejó de realizar este tipo de films. Entre 1946 y 1957, son pocas las cintas adscritas al género, y salvo excepciones, de escasa importancia en el discurrir del mismo. Fisher filma The Curse of Frankenstein proponiendo una renovación radical desde cero, en donde los mitos sufren una transformación drástica, y los elementos reconocibles del cine de terror se van a asentar de forma definitiva. Fisher, no abanderó ningún cambio conceptual dentro del cine aunque sus estilemas como creador contengan el mismo nivel que el de muchos de los cineastas más prestigiosos del periodo, sean Visconti, Losey o Fellini. Fisher fue el creador del estilo que se apropió la Hammer, y que incluía el sexo y la sangre, además de otros elementos: “El estilo de la Hammer consiste en explicitar todo lo que, previamente, se sugería. A través de la Hammer, el terror pasa de los claroscuros de la Universal a tener colores vivos. La sangre es de un rojo obsesivo y hay una inclinación especial hacia el subrayado de todo lo concerniente con el erotismo y la violencia”. Nunca hasta entonces el cine de terror había alcanzado tales niveles de impacto. El papel que juega Fisher es concreto: darle profundidad a todos los recursos. Las obras del cineasta inglés no se conformaron con la exhibición de las secuencias de impacto. Su mirada se posiciona en otro plano y/o en otra dimensionalidad. Lo que hace Fisher, cinematográficamente, es integrar cavilaciones acerca de la sociedad o el propio hombre. Sus personajes se debaten entre dar rienda suelta a sus instintos primarios, o reprimirlos tal y como impone el orden burgués al que pertenecen. De ahí que el monstruo va a dejar de tener una importancia figurativa, y se convertirá en el liberador de la condición del individuo o en el reflejo de su propia monstruosidad. Las cintas de Terence Fisher, nos ofrecen enérgicas radiografías sobre las mutaciones sociales, por ejemplo, en sus obras sobre el vampirismo, las que nos muestran la progresiva ascensión de la mesocracia, y la desintegración de la sociedad estamental, como  en el caso de su film Frankenstein and the Monster from Hell, de 1974, donde toda una serie de líneaturas temáticas se cruzan, se complementan y van a provocar una riqueza inabarcable. Curiosamente, pese a ser el renovador del cine de terror, a Fisher, el fantástico no le deparaba un gran interés. Si hubiera tenido la independencia o la capacidad de decisión de otros colegas, sin duda, lo que hubiera llevado a cabo, poco o nada tendría que ver con el fantástico. Sin embargo, el éxito de The Curse of Frankenstein y de otras cintas lo unirían a un género del que ya no pudo desvincularse. Fisher siempre utilizó el género de terror como un medio, jamás como un fin. Un medio para integrar los aspectos que más le interesaban aunque, en teoría, poco tuvieran que ver con el horror. De ahí que sus películas posean dos capas: la externa donde hallamos films de terror impecables en su forma, y la interna en la que colisionamos con una serie de temáticas absolutamente apasionantes. La filmografía de Fisher se divide en dos etapas: La primera la integrarían las obras dirigidas entre 1948, año en que debuta, y 1957. Son meses de meses irregulares en los que Fisher dirige films de apenas 75 minutos de duración para pequeños estudios, incluida la Hammer, que por aquellos años, todavía era una casa modesta. Aunque algunas de las obras dirigidas en este periodo poseen una calidad considerable y varios de sus recursos estilísticos, caso de Stolen Face, de 1952, todavía son cintas en las que se muestra titubeante y dependiente de la calidad de los guiones, y de las circunstancias de producción. Todo ello varía a partir del estreno de The Curse of Frankenstein, en 1957. Sin apenas transición, las formas del cineasta británico varían bruscamente, mostrando un lenguaje propio muy definido e intenciones concisas. Esta sería la segunda etapa de su filmografía, la más conocida y valorada, que se extenderá hasta su última película, Frankenstein and the Monster from Hell, en 1973. Pues bien, The Curse of the Werewolf, 1961, es una cinta de terror protagonizado por los actores Clifford Evans, Oliver Reed y Yvonne Romain. Fisher nos cuenta la historia de una sirvienta muda -Yvonne Romain- que es violada, y por este cruel motivo va a quedar embarazada con un nene en aparente estado de normalidad. Pero, con el transcurrir de los años, el pequeño va a comenzar a dar muestras de un proceder y una conducta misteriosa y chocante, sobre todo, en el devenir de las puestas de la luna llena, donde sufre cambios físicos alucinantes, y realmente horrorosos.  A principios de la década del setenta, la Hammer Films estaba preparando una producción sobre la inquisición española, cuyos títulos tentativos eran The Rape of Sabena o The Inquisitor. Mientras que John Gilling había sido asignado para dirigir el film, Peter R. Newman se había encargado de escribir el guión, y el actor Kieron Moore había sido contratado para interpretar el papel principal. Bernard Robinson por su parte, ya había construido una serie de decorados en el patio posterior de los Estudios Bray, entre los que se destacaban algunos de los edificios que formaban parte del pueblo donde se desarrollaría el largometraje. Lamentablemente, todo el proyecto terminó por derrumbarse como un castillo de naipes cuando una poderosa agrupación de representantes de la Iglesia Católica británica: The Catholic Legion of Decency, amenazó con utilizar sus influencias, si los ejecutivos de la Hammer decidían seguir adelante con la producción de la cinta. Para evitar problemas legales y comerciales que significarían una publicidad negativa al estudio, el productor Michael Carreras decidió cancelar el rodaje. Fue entonces cuando surge la idea de adaptar la novela del escritor neoyorquino Guy Endore: The Werewolf of Paris, cuyos derechos habían sido cedidos por los Estudios Universal a cambio de $100,000.00.- libras esterlinas, a principios de 1960. Esto no solo le permitía a la Hammer continuar con su ciclo de cintas de terror, sino que además le otorgaba la posibilidad de utilizar los escenarios construidos por Robinson para The Inquisitor. Al no tener presupuesto suficiente como para contratar a un guionista, el mismo Anthony  Hinds tuvo la especial tarea de escribir la adaptación, bajo el seudónimo de John Elder. Debido al contenido del guión de Hinds, la Hammer se vio envuelta en una compleja escaramuza con el Consejo Británico de Censores Cinematográficos durante el proceso de edición del film. Como de costumbre, el secretario del Consejo de Censores, John Trevelyan, revisó el escrito antes que se iniciara el rodaje. Curiosamente, Trevelyan no le realizó ninguna objeción al guión, aun cuando el mismo presentaba una escena en la que una muchacha era violentada sexualmente por un mendigo -Richard Wordsworth- el cual supuestamente era mitad hombre y mitad lobo o licántropo. Lo que era controversial, es que la violación era observada por el Marqués Siniestro -Anthony Dawson- quien además era el responsable del encarcelamiento del mendigo, y de la muchacha. Una vez que el Consejo de Censores observó el film terminado, elaboró una larga lista de secuencias que debían ser reeditadas, entre las que se encontraba la brutal escena de la violación, otra en donde el Marqués es apuñalado, algunas en las que se hablaba abiertamente acerca de los niños nacidos en el día de la Navidad, y las que se nucleaban en los crímenes cometidos por el “hombre lobo”, entre otras. Luego que Hinds sostuviera una más que apasionada defensa del film a Trevelyan, la obra sería revisada nuevamente por el Consejo a principios de 1961. El Consejo, mantuvo su postura debido a que se rumoreaba que existían ciertos grupos de poder que tras el estreno del controversial film Peeping Tom, 1960, de Michael Powell, se estaba haciendo lo imposible por que se estrenaran cintas de terror en Inglaterra. La historia de Fisher se desarrolla en el pueblo español de Santa Vera, lugar en el cual un mendigo tras ser humillado por un noble conocido como el Marqués Siniestro, es arrojado durante años a un calabozo, donde pasará sus días convirtiéndose en una suerte de bestia humana. Cierto día, tras sufrir el rechazo de una joven sirvienta muda, el Marqués decide encerrarla en el calabozo junto al mendigo, el cual finalmente terminará violándola. Cuando la muchacha logra escapar, es acogida por el gentil Don Alfredo Corledo -Clifford Evans- quien pronto descubrirá que la muchacha está preñada. Luego que la joven fallece durante el parto, su hijo, el ahora bautizado León -Justin Walters- es criado por Don Alfredo, como si se tratara de su propio hijo. A medida que el chico va creciendo, comienza a tener una serie de pesadillas en las que se ve bebiendo sangre y corriendo junto a una manada de lobos. Preocupado por la situación, Don Alfredo acude a un párroco local, el cual le asegura que la aflicción del niño solo puede ser contenida por el amor de sus seres queridos. Sin embargo, una vez que León alcanza la adultez -Oliver Reed- se ve impedido de poder controlar su maldición, por lo que durante las noches de luna llena, se convertirá en un feroz lobo humano, cuyos crímenes no solo amenazarán a los habitantes de Santa Vera, sino que además pondrán en peligro su propia existencia, y la de Cristina -Catherine Feller- quien es a la mujer que ama. Una de las vueltas de tuerca más interesantes que hace Fisher, y que en gran medida fue el causante de la controversia que existió entre la Hammer y el Consejo de Censores, es que el guión trata el mito de la “licantropía” desde el prisma del cristianismo, por lo menos así lo comprendo yo. Y es que León no solo nace el mismo día que Jesucristo, lo que para la sirvienta de Don Alfredo será un mal presagio, sino que desde el momento de su bautizo, ocurrirán una serie de hechos que ponen en duda la naturaleza del nene. Una vez que el niño entra en escena, Fisher, con astucia, se preocupa de aclarar que su trágico destino no se debe a una mordedura sino a un defecto de nacimiento, el cual ha permitido que un espíritu demoniaco pueda haber invadido su cuerpo. Esto explicaría el hecho que si bien el leviatán que habita en su interior, se hace más fuerte en las noches de luna llena, este también es fortalecido por cualquier cosa o circunstancia que debilite el alma humana, por ejemplo la lujuria o la ira, siendo contenido por emociones como el amor y la felicidad. Por otro lado, Fisher logra destacar su propuesta ya que va a  explicitar los paralelos metafóricos existentes entre la licantropía y la pubertad, porque la primera transformación de León en un licántropo o lobo, ocurre cuando él es un niño, lo cual tras aullarle a la luna, ve como comienza a crecer pelo en su cuerpo, marcando el inicio de una nueva etapa en su vida. Dentro de lo que concierne a las interpretaciones, el conjunto se desliza por una pendiente de irregularidad. Mientras Yvonne Romain y Catherine Feller no logran convencer a través de sus personajes, Anthony Dawson y Clifford Evans sí resultan verosímiles, así como el despiadado Marqués Siniestro, y como el bienintencionado Don Alfredo Corledo, ambos artistas más experimentados. Oliver Reed, aun cuando por momentos se tropieza con la sobreactuación, proyectar con uniformidad la naturaleza salvaje de León, al mismo tiempo que logra retratarlo como un hombre vulnerable, el cual solo necesita el amor de su amada Cristina para sobrevivir en un mundo ajeno. En la puesta en marcha, si hay más cosas que logran destacar, por ejemplo, la labor de fotografía de Arthur Grant, quien donde pone la cámara pone la bala, la aburrida aunque buena BSO de Benjamin Frankel, quien acompaña los climas con buena predisposición y eficacia, el atractivo diseño de producción de Bernard Robinson, el modesto -no sé si sea justo adjetivarlo así- pero eficiente y efectista trabajo de maquillaje de Roy Ashton, el cual tiene la particularidad de ser revelado en el último tramo del film, lo que obviamente ayuda a crear un halo de misterio en torno a la verdadera apariencia del desafortunado licántropo, el buen montaje de Alfred Cox, y la buena acción de los sonidos que emite Alban Streeter.  En gran medida, The Curse of the Werewolf, es un ensayo acerca de la naturaleza salvaje del hombre. De hecho, un buen número de personajes en algún momento se derrumban ante sus instintos más básicos, por ejemplo, el mendigo que ataca a la única persona que fue amable con él durante su encarcelamiento, la muchacha que tras ser violada descarga su irá contra el Marqués, y finalmente León, a quien le resulta imposible luchar con la bestia que reside en su interior. Por otro lado, es evidente que el villano de la historia es el Marqués Siniestro, ya que es el culpable de poner en marcha la serie de sucesos que destruirán la vida de León, y de todos aquellos que lo rodean. El final abrupto y trágico, pareciera establecer que siempre será la gente inocente la que sufra por el mal infligido por los hombres con un sentir que solo puede salir de un corazón negro. Es por este motivo que una vez finalizado el film, las imágenes presentes en los créditos iniciales, las cuales se centran en lo que parecen ser los ojos llorosos de un licántropo, cobran especial sentido, y le otorgan mayor profundidad a la única cinta de hombres lobo que realizó la Hammer, la cual si bien no es todo lo aterradora que pudo haber sido, si logra producir un gran impacto a nivel emocional. Un film 100% recomendable, porque Fisher siempre tuvo el cuidado de no parecerse a nadie, y porque es un hombre inteligente que siempre va a pretender agregar elementos que puedan ofrecer polémica o sorpresas. Terence Fisher realiza la única cinta de licántropos producida por la Hammer.