domingo, 15 de enero de 2017

“Ensayo de un crimen”, Luis Buñuel y el punto de quiebre de una filmografía excepcional.












































































Luis Buñuel Portolés nacio en febrero de 1900, en Calanda, España y falleció en julio de 1983, en la ciudad de México, DF. Buñuel, español de nacimiento, nace a inicios del siglo XX, tiempo que lo va a acompañar a lo largo de sus mayores aventuras intelectuales y políticas: el surrealismo y el comunismo, ambas posturas indisociables en espíritu y forma. A Buñuel, se le cobijó bajo una educación jesuita estricta -como todos los que nos criamos en ese establecimiento de ideas complicadas aunque valerosas, y formativas de hombre líderes- y quedará marcado por “ese temor por el sexo propio de la religión católica”, a pesar que el “sentir pecar pueda resultar delicioso”. En su país natal compuso sus obras más prolijas, estudió cursos de ciencias naturales, descubrimiento clave de “El origen de las especies” de Darwin. Por otro lado, hizo íntima amistad con el mayor poeta, dramaturgo y prosista español del siglo XX, Federico García Lorca, y también con el excéntrico pintor, escultor, grabador, escenógrafo y escritor español Salvador Dalí, uno de los mayores representantes del surrealismo. A Buñuel le gustaban mucho aquellas comedias románticas norteamericanas de su época -si resucitara y observara las de ahora, se pegaría un tiro- pero, bajo la influencia de sus García y Dalí, se va a entregar en cuerpo y alma a la literatura, y se pondrá a escribir. Fue en París, a partir de mediados de los años veinte, donde tomará  la decisión de hacer cine, debutando como un polifuncional ayudante, es decir, conocía a cabalidad el circo por adentro y por afuera. Luego, Buñuel lee a Sade, a Nietzsche, y sobre todo a Freud, punto en común con Fritz Lang, cineasta que resultó decisivo en su estilo de componer cine y sus vivencias, ya que al ir a observar el film mudo Der Müde Tod o Las tres luces, en 1921, fue categórica su inclinación por incursionar en la industria. Para quien suscribe, las mejores películas de Buñuel fueron: Los Olvidados de 1950, con Alfonso Mejía; Abismos de pasión, con Jorge Mistral, y Él, con Arturo de Córdova, ambas de 1953; La ilusión viaja en tranvía, 1954, con Lilia Prado y Carlos Navarro; El río y la muerte, con Joaquín Cordero, y Ensayo de un crimen, con Ernesto Alonso y Miroslava -film que comentaremos hoy- las dos en 1955; Nazarín de 1959, con Ignacio López Tarso y Francisco Rabal; la formidable Viridiana en 1961, con Silvia Pinal y Fernando Rey, hecha en España, y que se adjudicó la Palma de Oro en Cannes; la inolvidable El ángel exterminador de 1962, con Silvia Pinal y Jacqueline Andere; Simón del desierto de 1965, con Claudio Brook y Silvia Pinal; Belle de jour o Bella de época, de 1967, hecha en Francia, con Catherine Deneuve; la deliciosa Tristana en 1970, realizada en España, con Catherine Deneuve, Fernando Rey y Franco Nero; la magnífica sátira dramática que ganara un Oscar, Le charme discret de la bourgeoisie o El discreto encanto de la burguesía, también hecha en Francia, con Fernando Rey y Michel Piccoli. He redactado “hecha en Francia o España”, porque todas las demás, Buñuel las realizó en su querido México. El hispano-mexicano también fue un hombre que se salía de lo común. Dijo alguna vez: “Admiro al hombre que permanece fiel a su consciencia, porque en el fondo siempre elegí y elegiré al hombre contra  los hombres”. Una paradoja que nos sorprende para un comunista de corazón, tantas veces vapuleado, y hasta expulsado de su propio país. Un ser humano de un “enorme pesimismo lúcido”, que a través de su filmografía ha intentado elucidar, jamás mediante la apología del sujeto, sino desvelando la amarguísima lección de aquella “humanidad” del hombre. Desde que Buñuel se fue de este indecente mundo, su cine, tan abierto a lo que el hombre era capaz de hacer, incluso lo peor, nos hace falta su presencia e impronta a quienes admiramos la inteligencia creativa del ser humano en cualquier  función que desarrolle en el cine. Por ejemplo, en Viridiana, hay una sentencia vital de Buñuel: todos sus personajes sufren un desengaño y luego cambian, sea para bien o para mal. Es a fin de cuentas, la incertidumbre del Quijote, es decir, la de un sueño de locura y finalmente su retorno a la razón. No es fácil explicar lucidamente la emoción existencial de una propuesta como Viridiana en la cinematografía española, teniendo en cuenta la situación política de ese país, en 1961. Los censores de la época no vieron en la película nada que atentara contra la ideología religiosa de un régimen abusador y torpe. Viridiana, en su delirio caritativo, es ese personaje quijotesco que va a integrarse a la racionalidad, a causa de un desengaño. Ese era el Buñuel que con inteligencia creativa le pegó a la dictadura española sin que estos se dieran cuenta, creo que hasta hoy. Pues bien, en esta fusión entre el drama psicológico y comedia negra que fue Ensayo de un crimen, Buñuel nos va a relatar la historia de un tal  Archibaldo de la Cruz -Ernesto Alonso- uno de los hombres más influyentes y respetados de la sociedad mexicana, quien se hace presente en el despacho de un Juez de la Corte, para declararse culpable de la muerte de una monja, quien intentando escapar de sus amenazas, terminó cayendo por vacío de un  ascensor, y que también habían fallecido asesinadas muchas mujeres porque  él había deseado todas esas muertes, y por tanto ellas terminaron siendo ejecutadas. Habría que agregar que en su infancia, Archibaldo había visto morir a su institutriz, alcanzada por una bala perdida, mientras él se escondía en el ropero de su madre. El Juez, casi atónito ante semejante testimonio, sin creer una sola palabra de lo que había confesado Archibaldo, le pide que se retire del recinto, y que se vaya a su casa a descansar. Pero, ante la insistencia de Archibaldo, no le va a quedar más remedio que llamar a un oficial, y pedirle que tome nota de la revelación del presunto asesino. Sin embargo, para sorpresa del Juez, lejos de explicar lo acontecido con la monja, Archibaldo iniciará su relato remontándose al terrible hecho descrito en su  niñez, y que lo marcó para el resto de su vida. Corría el año 1910, y la Revolución mexicana se encontraba en su punto más álgido. Archibaldo de la Cruz, era apenas un niño de ocho años, soberbio y muy engreído cuya diversión consistía  en maltratar a sus padres, y a las varias institutrices que lo atendían. Una de las niñeras, agotada de los malos tratos, inventa una historia acerca de una antigua caja musical que el niño conservaba como su mayor tesoro. Ella le cuenta que dicha caja había pertenecido a un Rey, quien descubrió que cada vez que él la abría y pensaba en la muerte de alguien, la misma hacia realidad el deseo, provocando que la persona muriera en el acto. El niño, llevado por la curiosidad, abre la caja al tiempo que la niñera, la cual estaba observando una balacera por la ventana del cuarto, recibe una bala perdida que la causa la muerte. Archibaldo, pensando que él había causado la muerte de la fémina, contempla atónito como un hilo de sangre recorre las piernas de ella, a la vez que deja al descubierto el portaligas de la criada. Es con esta escena surrealista que Buñuel, en ese entonces radicado en México, nos presenta una crónica de amor, obsesión y muerte. Buñuel compone una adaptación libre de la novela del mismo nombre del escritor, dramaturgo y diplomático mexicano Rodolfo Usigli, una obra menor, al punto pasaría inadvertida por la crítica literaria. Usigli, considerado como el escritor que introduce el género policial en México, utiliza esta novela negra, para denunciar el caos social producido luego de la fallida Revolución, y cómo la clase dirigente, lejos de intentar devolver el orden al país, se preocupa solo por enriquecerse al margen de todo tipo de problemas sociales. Pese a que la película respeta el tema central de la novela, Buñuel y Usigli tenían visiones distintas acerca de cómo la Revolución se había comportado ante el pueblo mexicano. Por un lado, Usigli, consideraba que el hecho había generado un trauma en el inconsciente de los mexicanos, Buñuel pensaba que la Revolución solo era un telón de fondo que servía como pretexto para encubrir los deseos ocultos del hombre, especialmente uno de los tabúes de la sociedad: la relación entre el sexo y la muerte. Debido a esta y otras diferencias de opinión entre ambos, el novelista no quiso que la película llevara el nombre de su obra, acudiendo incluso a instancias judiciales para denunciar a Buñuel. El problema se solucionó en la corte con un simple juego de palabras: se cambió la expresión “basada en” por la frase “inspirada en”, y se le obligó al director a cambiar el nombre de la cinta, y el de los protagonistas. De esa forma, el asunto quedo zanjado, por lo menos en lo que a ultimátum judiciales se refiere. Desde las primeras escenas de la cinta se muestran ciertos elementos recurrentes en la filmografía de Buñuel, especialmente en la escena de la muerte de la niñera, en la cual centra la atención en las piernas de la muchacha con la finalidad de producir un efecto sensual y fetichista, que es característico de su estilo de hacer cine. En esta misma escena observamos las pulsiones que dirigirán la conducta del protagonista durante el resto de su vida, es decir, mayormente lo vinculado a la muerte y lo sexual. Archibaldo va a poseer una visión distorsionada de ambos términos, lo que lo empujará, según lo dicho por la institutriz baleada, a asumir aquellos crímenes ocurridos a su alrededor, creyendo que él ha cometido los homicidios, sin distinguir lo que es real, de lo que su imaginación le dicta. Es debido a esta suerte de trauma infantil, que Archibaldo intentará asesinar a una mujer durante su vida adulta, tarea que no le será nada sencilla, debido a su ineptitud. La gran mayoría de los personajes de la historia son gente hipócrita. Carlota -Ariadna Welter- es vista por Archibaldo como el símbolo de la pureza, razón por la cual cree que es la persona indicada para rescatarlo de los perversos deseos que se han apoderado de su mente. Sin embargo, esta mujer, no solo tiene una relación furtiva con un sujeto casado, sino que también intenta llamar la atención del protagonista, para intentar sacarle dinero. Con esto, Buñuel no solo satiriza el concepto de la pureza, sino que critica la hipocresía de la burguesía, lo que reitera en varias de sus cintas. Por otro lado, el personaje interpretado por Miroslava Stern, entablará una extraña reciprocidad con Archibaldo. Nos va a resultar interesante aquella escena en la que ambos comienzan a interactuar con un maniquí, en lo que supone un sinuoso encuentro sexual, que nos va a indicar la búsqueda frustrada de la mujer ideal por parte de Archibaldo, así como sus reprimidos deseos sexuales. Finalmente, nos resulta algo insólito que los detractores de este film se hayan visto en la necesidad de alabarla hasta el cansancio. Me daría la impresión que el premio mayor que cualquier artista pretenda y logre, es que quienes conocen de cine puedan elogiar lo que uno compone. Por lo tanto, es el atributo mejor visto de los genios como Buñuel, un hombre que produjo una obra de arte tras otra desde el instante en que decidió hacer cine hasta los últimos días de su existencia. Aquí estamos frente a uno de los trabajos más simples, de Buñuel. Sin embargo, sus escabrosas derivaciones psicológicas la convertirán en compleja. Hay quienes sufrirán, pero muchos no pararemos de sonreír cada vez que la veamos, porque eso es lo que percibimos como lo más atractivo. Por ejemplo, la boda de Archibaldo con Carlota. Vamos ingresando a la Iglesia, y nos desplazamos entre la concurrencia hasta llegar al altar. Delante, un sacerdote de baja estatura y calvo luce sentado junto a un militar. En instantes se les une un comisario de policía. El trío, a expensas del cura, conversa animadamente. El policía confiesa que se ha conmovido al punto de saltarle alguna lágrima al haber presenciado, pocos minutos antes, un bautismo y una confirmación. El cura le responde: “Es que el oropel de la Iglesia Católica y, por qué no decirlo, el manto de poesía con que envuelve todos sus actos es algo único, excepcional. ¿¿Qué sentiríamos si esta fuera una boda civil algo prosaica o vulgar?? Desde la ficción, Buñuel nos invita a una ácida reflexión sobre esa otra ficción de la vida real producida por las instituciones como la Iglesia, las Fuerzas Armadas y la Policía, como si se trataran de estudios cinematográficos. Equipara los espectáculos para que nuestros ojos despierten y observen un “decoupage esencial”, es decir, la fragmentación de una cosa en otra. Como Buñuel decía a propósito de la segmentación cinematográfica: “Lo que antes no era, ahora es”. En relación a la parte interpretativa el elenco se observa bastante acoplado y el guión resulta ser elaborado con integridad. La cinta mantiene un ritmo pausado, pero bien acompasado, sin que la trama se vuelva tediosa. Sabemos que esta película es una de las piezas más personales de Buñuel, la cual además marcó el un fin a medias de su estancia en México, ya que empezaría a rodar en España y Francia, de manera intermitente. A pesar de ser observada por la crítica internacional por su “happy end”, Buñuel señaló que en ningún momento se da a entender que el personaje principal ha tenido algún cambio en su forma de ver la realidad, por lo que sería erróneo utilizar el término que se mencionó. Curiosamente, a pocos días de terminado el rodaje, Miroslava Stern, se suicidó dejando una carta en la que pedían que la incineraran de la misma forma en que habían quemado un maniquí hecho a su imagen y semejanza en la película. Este hecho causo morbo entre los espectadores, quizás no tanto en el público, siendo utilizado como gancho publicitario por los productores. Ensayo de un crimen es una buena película, que si bien no es la obra más preciada que realizó Buñuel, sirve de punto de partida para aquellos que quieran conocer el cine del director surrealista, que en tantas ocasiones criticó los reprochables comportamientos de la burguesía. Luis Buñuel y el punto de quiebre de una filmografía excepcional.