jueves, 16 de febrero de 2017

“Elle”, Paul Verhoeven impone un monumental juego de identidades.





























































Verhoeven inicia su carrera cinematográfica haciendo cortos y documentales para la Marina, entre ellos: Het korps Mariniers, 1965, y más tarde, en 1969,  dirigió para la TV la serie de “Floris”, acerca de un caballero medioeval. El primer film de Verhoeven es: Wat zien ik? en 1971, una comedia que versa sobre el meretricio. Quizás sea la película más distendida y ligera de Verhoeven. En ella ya están las obsesiones que harían del cineasta holandés un autor de polendas, vale decir, el sexo como algo placentero, como si se tratara de un juego, y personajes al borde de la autodestrucción. Esto último le sucede a una de las dos meretrices, la cual tiene un esposo que la golpea, y del que intentará escapar. Si bien la trama es violenta y dura, el ritmo es ligero como el de la canción pop que tiene como leit motiv. El pesimismo y el tono oscuro dentro de la filmografía de Verhoeven, estaba tapado dentro del tono abiertamente ligero que caracteriza a esta película, y que se haría notar posteriormente, en 1983 con De Vierde Man. Sin embargo, fue su segundo film, Turks Fruit, 1973, donde impone un erotismo convertido en una sexualidad cruda, combinándola con una historia conmovedora, que le hizo ganar popularidad en su país, especialmente con el público masculino. Cuando sus películas, especialmente Soldaat van Oranje, 1977, y De Vierde Man, recibieron halagos internacionales, Verhoeven viajó a los EEUU. Su debut en tierras yankees es con Flesh and Blood, 1985, con Rutger Hauer y Jennifer Jason Leigh. Verhoeven relata el medioevo como realmente fue: una época donde las personas limpias se duchaban mensualmente, y de donde rezan inscripciones graciosas, por ejemplo: como es recomendable lavarse las manos una vez al mes. Eran años en donde la gente no se bañaba, y el furor religioso crecía, con gentes que compraban papeles que servían para borrar sus pecados de una Iglesia corrupta, donde los nobles podían asesinar a los campesinos sin que a nadie le llamara la atención, o donde había derecho de pernada, o las torturas eran vistas por niños, e imperaban excesivos castigos, donde la vida no valía nada, los mercenarios le daban servicios a reyezuelos amorales, un medievo lleno de nobles y eclesiásticos que trataban a las otras personas como ratas, donde sobrevivir era difícil y solo lo hacían los más fuertes. Las epidemias como la peste, mataron a una cuarta parte de la población europea, adicionada la miseria que existía dentro de una población impotente que todo lo veía como un castigo divino, donde las hambrunas eran tan terroríficas que algunas madres cocinaban a sus hijos muertos para alimentar a los que estaban vivos, con una Iglesia omnipresente alimentada de una población analfabeta, y donde Carlomagno no sabía leer. Ese era el medievo que a nadie le gusta recordar, una época que muchos quisieran borrar de los libros de historia que es prácticamente el único lugar donde se puede leer lo sucedido. Luego vendría Robocop, 1987, que fue todo un suceso del cine yankee, y que supuso para Verhoeven un soplo de aire fresco para un género que en un principio podría haber acabado pudriéndose en los estantes de un video club como una típica película de serie B de ciencia ficción destinada al olvido para un público poco exigente. Sin embargo, Verhoeven compone una entretenida película que con el paso del tiempo se ha convertido en un clásico, aunque con demasiado violenta para su época, pero sin duda con una trama que debería ser rescatada de la amnesia al que se la ha sometido, y del desprestigio sufrido por sus posteriores secuelas. Robocop se anticipó a su tiempo, ya que el mundo cada día va de mal en peor, y somos nosotros los culpables de ello. Puede ser un tanto exagerada en su contenido, pero la vida real es también mucho peor cuando se trata de opinar, de expresar, de sentir y de entender una cinta como la de Verhoeven, quien supo sacarle provecho al argumento, que en manos de otro director sin experiencia, hubiera fracasado. Ganó un Oscar a Mejor edición de sonidos, y destacaron los efectos, y el maquillaje de Rob Bottin. En pocas palabras, una soberbia película que posee una libre interpretación del mito de Frankenstein, y la ejecución crucificada y posterior resurrección de Jesucristo. En 1990, Verhoeven dirigió Total Recall, película en donde el holandés impone una alucinante ciencia ficción, un sublime terror, y una acción elevada a su máxima potencia expresiva. En 1992, vuelve a lo que más domina, logrando rodar Basic Instinct o Bajos instintos, con Michael Douglas y Sharon Stone.  El cineasta hace que todos los hombres, y quizás también las mujeres, se empezaran a soltar al absorber las incontables parodias, chistes obscenos e imitaciones que durante años nos han hecho reír, fantasear y alguna otra cosa más. Pasando por Showgirls, 1995, una nueva sátira dramática acerca de la prostitución, Paul Verhoeven filma Starship Troopers, dos años después. Es una sátira del cine de acción estándar yankee que remeda todos los clichés y arquetipos del género, es decir, el héroe que encuentra el valor para salvar a los suyos a último momento, el mentor duro aunque paternal, el entrenamiento bélico, la creación del compañerismo, el maniqueísmo entre los buenos libertarios y las malignidades imperialistas etc. Lo interesante de Starship Troopers es que Verhoeven la filmó del mismo modo que la rodaría un fabricante en serie de películas de acción, pero con algo más de solvencia. Además, evita los chistes en todo momento, con lo que ese tono único de caricatura disfrazada se mantiene constante. Hay que entrar en la enorme broma que es este film de forma global, sin que un gag te indique donde está el chiste. Verhoeven consigue exactamente lo que pretendía. Una cuestión bastante extraña para los que tienen el sentido del humor desarrollado. No logra mucho con Hollow Man, 2000, donde sólo el punto más trabajado y sin el cual no valdría para nada el film son los efectos. Pese a quien le pese son impresionantes y funcionan, quizás son demasiado buenos para un film irregular. En 2006, realiza quizás su más prolijo film: ZwartboekBlack Book, notable poema del deseo, aunque vaya a predominar un drama bélico de intriga, rodado con clasicismo. Verhoeven dota de ritmo endemoniado su propuesta, arrojando sobre el tapete cuestiones que suelen pasar desapercibidas, y donde nos vuelve a dejar constancia de sus obsesiones: sexo, religión, violencia y debilidad humana en todas sus manifestaciones: delación, traición, codicia y venganza, además de condenar el racismo y el belicismo. No puede existir el heroísmo cuando las condiciones son extremas. Con este film, el holandés lanza un golpe directo a nuestras conciencias ante aquel salvajismo al que se puede llegar cuando se dividen a las personas en bandos para auto valorarse con la humillación del que es vencido. De su exploración asoma la tristeza del autoritarismo en cualquier marco histórico. Su cinta es también un homenaje al papel de las mujeres de la resistencia -la mujer fuerte, decidida y autosuficiente de su mejor cine- casi siempre tratadas como elementos decorativos en un paisaje de épica masculina. El mejor Verhoeven. Luego viene Elle, con una impecable e implacable Isabelle Huppert nominada para The Oscars 2017 -debería ganar- y en donde el cineasta nos da un paseo marcado entre el suspenso saupaudré, la venganza, y un humor negro que combina con el sarcasmo de forma ingeniosa. Nos cuenta acerca de Michelle, una mujer a la que nada parece alcanzarla. A la cabeza de una gran empresa de videojuegos, la bella fémina desarrolla su negocio como si se tratase del amor de su vida, aunque con marcada mano de hierro. Su existencia dará un vuelco total cuando es atacada en su casa por un violador anónimo, pero que ella intuye cercano. Animada por un nuevo encuentro, Michelle lo comienza a rastrear con estilo, tranquilidad e inquebrantable deseo. Un extraño juego al que acepta acceder, y que en cualquier momento puede llegar a estallar, la seduce. La impronta del film radica en que Verhoeven nunca nos trata de dar una explicación, y trabaja con meras suposiciones. Es más fácil que su ángel protagónico pueda desenvolverse en este contexto. Michelle no necesita  comprender las cosas, sólo reacciona a los eventos. El secreto reside en el hecho de la imprevisibilidad del personaje que logra la Huppert, a un nivel de interpretación imposible de igualar. Michelle, aborrece la heroicidad, su perfil es bajo, y prefiere ir en búsqueda del extraño escudriñándolo con sosiego y placidez. Verhoeven consigue un retrato absoluto de una mujer excepcional, tanto en lo bueno como en lo aciago. También, se encarga de filtrar con complicidad la intriga, vía la influyente y definida personalidad de Michelle, porque parecería no saber del todo lo que ella piensa o lo que verdaderamente es. En la vida, no siempre sabemos a quién nos enfrentamos, ni cómo vamos a reaccionar ante una situación en particular. Pero, las soluciones existen, y Michelle, sin guardar absolutamente nada, se encargará de mostrarnos cómo se actúa en estas situaciones. Pero, hay dos cuestiones que Verhoeven deja a nuestra consideración: la moral de la protagonista y la posibilidad que se reviva el síndrome de Estocolmo. La historia no tendría que ser considerada como fiel poseedora del realismo, ya que no es una cinta sobre una mujer violada que acepta la contrariedad. Ella vive como en una fantasía, una trama inventada, una coyuntura que solo ella podrá utilizar a su modo. Normalmente, tenemos tiempo para pensar en aquellas historias que la mente pueda disgregar. Hay una variedad de cosas que nadie quiere que le suceda, pero Michelle tiene otro enfoque de lo que va a significar la vida, su vida, sin importar el tono de la voz que calla o protesta. Lo que le ocurre a Michelle no está tan distante de ser un mensaje universal, ya que es moneda común en muchísimas mujeres del mundo. Verhoeven fusiona el erotismo y el misterio de las mujeres del cine negro yankee de los años cuarenta, que se convierten en sexo y violencia explícita gracias a lo que él necesita. Los atributos de estas mujeres refuerzan sus personajes, presentando su belleza como un peligro que causa una inquietud mayor que las de sus predecesoras. Elle, brota como un “rapexplotation” de nuestros días. El género, que se popularizaría en los años setenta, se caracterizaba por utilizar la violación como reclamo, y eje vital de su narrativa. Normalmente, la violación a una mujer es una cuestión explícita, y los delincuentes reciben un castigo, para goce la gente bien nacida. Sin embargo, Elle resulta ser mucho más elaborada, retorcida e innovadora que las cintas del género. Elle toma distancia del resto gracias a la Huppert. Solo conocemos al personaje tras la violación. En las cintas del género, la mujer es un ser inocente que se vuelve letal debido al odio y la sed de venganza, por eso es que se trata de hacer justicia, de intentar que el dolor y el miedo desaparezcan, de ahuyentar los demonios para que todo vuelva a ser como antes. Pero, aquí el mayor misterio no es la identidad del violador, sino la identidad de la víctima. Michelle no denuncia lo sucedido, no quiere necesita concurrir a la policía. Los días pasan como si nada hubiera ocurrido. Es aquí donde presenciamos el juego, uno doble, porque no imaginamos qué es lo que va a hacer Michelle a continuación, ni qué ha realizado en el pasado. No conocemos a esta mujer. Michelle, además de renunciar a considerarse víctima del presente, renuncia también a ser culpable del pasado. Verhoeven hace que la película sea mucho  más que un fascinante retrato de una mujer herida, por una diversidad de circunstancias. Como un thriller funciona de manera poco habitual. Isabelle Huppert actúa de forma que por sí sola se convierte en la película, entre la improvisación y el control de detalles. Lucha contra todos y contra su propia disyuntiva. Michelle es una mujer de la que jamás conoceremos qué le sucedió en su vida pasada, como otras mujeres descritas por  un siempre provocador Verhoeven. Una gran película, injustamente no nominada a Mejor film de habla no inglesa, en The Oscars, y una expresividad sin amagues del cineasta de los Países Bajos.