sábado, 18 de febrero de 2017

“Hacksaw Ridge”, Gibson hace detonar virtuosismo, humoradas, acción, pacifismo y viejas exageraciones.


















































































Mel Gibson (61) se convirtió hace poco menos de 25 días, padre por novena vez, lo que demuestra que al yankee le fascinan los excesos. Hizo buenos y entretenidos largometrajes como intérprete: Mad Max, Gallipoli, The Year of Living Dangerously, Lethal Weapon, Hamlet, Forever Young, The Man Without a Face, Maverick, Braveheart, Conspiracy Theory, The Patriot, We Were Soldiers, Signs y Get the Gringo. Como todo actor, también tuvo films donde no funcionó, a pesar de un formidable carisma y gesticulaciones excepcionales. Pero, el destino de Gibson lo marcó la épica Braveheart, de 1997, donde actuó y dirigió una superproducción infrecuente en aquellos años. Tuvo aciertos y errores -ya había debutado del mismo modo con The Man Without a Face, cuatro años antes- que supo exhibir y tapar, pero que convenció a todos, incluida una desmesurada Academia que le otorgó nada menos que 10 nominaciones, y cinco estatuillas: Mejor película, Mejor director, Mejor fotografía, Mejor Make Up y Mejor vestuario. Es así como encontró un camino que luego lo transitaría entre culpas, meditaciones, escándalos y aplausos con sus dos siguientes realizaciones: The Passion of the Christ, 2004, una concepción extremadamente visual y visceral de lo que es la pasión; y Apocalypto, 2006, una vibrante e impresionista aventura que reitera lo visual y visceral de su film anterior. Ese mismo año, luego que se estrenara su película, su imagen se vino abajo en picada cuando pronunció comentarios antisemitas, mientras era arrestado en una autopista en la ciudad de Malibu, en California, bajo sospecha que conducía ebrio. El artista solicitó excusas, y fue sentenciado a libertad condicional, además de un tratamiento para su adicción al alcoholismo. Fue nombrado como la tercera peor celebridad en una encuesta de AP-AOL News, sólo detrás de Britney Spears y Paris Hilton. Cinco años después, Gibson no objetó un cargo por violencia doméstica, presentado por su ex-novia Oksana Grigorieva, siendo culpado y sentenciado a tres años de libertad condicional, terapia y dos días de servicio comunitario. Las perturbadoras grabaciones de audio de la pareja peleando brutalmente, salieron a la luz pública. Pero, Gibson está hecho de acero, y a pesar de sus desmanes y equivocaciones siguió en la pelea, aun cuando algunos pesos pesados de la industria afirmaron que nunca trabajarían con él. La vida siempre le da a uno la revancha que se asocia a la oportunidad, y Gibson aprovechó la suya, respaldado por cinco productoras -Lionsgate, Pandemonium Films, Kylin Pictures, Vendian Entertainment y Permut Productions- que no se equivocaron en confiar en su notable capacidad para dirigir producciones arriesgadas y de grandes cantidades de dinero. Hacksaw Ridge fue su respuesta, y como cada cierto tiempo el destino hace repetir los mejores momentos, este año Mel Gibson volvió a recibir el enorme cariño de la Academia, que lo ha premiado con seis nominaciones -bien ganadas- a: Mejor película, Mejor director, Mejor actor protagónico, Mejor montaje, Mejor sonido y Mejor edición de sonido. En Hacksaw Ridge, Gibson vuelve a quedar pegado a sus antecedentes cinematográficos, haciendo una lograda y violentísima biografía acerca de un médico militar, Desmond Doss, quien fue designado como el primer “objetor de conciencia” en la historia de los EEUU, y condecorado, por su decencia y lealtad, con la “Medalla de Honor del Congreso Norteamericano”. La “objeción de conciencia” es una de las formas de resistencia hacia una norma general o específica, siempre que esta reserva se realice por la aparición de un conflicto entre las obligaciones morales o religiosas de la persona, y el cumplimiento de un precepto legal. Por lo tanto, estamos de cara a un “enfrentamiento entre un deber moral y un deber legal”. El contraste de ambas normas inducirá al sujeto, en base a profundas convicciones ideológicas, a decantarse por el dictado del deber moral, y a negarse a acatar la orden del poder público, por estimar que está en juego algo esencial e irrenunciable a su moral y dignidad. De esta manera, el soldado Doss, le impone a la milicia y a su corte de justicia, que no podrá portar un arma, ni matar a un semejante, a pesar que existía un conflicto entre estadounidenses y japoneses. La función que se atribuyó el mismo Desmond Doss fue servir a su Patria y compañeros a través del salvataje médico, durante la sangrienta Batalla de Okinawa u Operación Iceberg, que se llevó a cabo en la isla de Okinawa, siendo el mayor asalto anfibio en la Guerra del Pacífico. Se combatió durante 82 días, desde principios de abril hasta mediados de junio de 1945. A pesar que curiosamente constituyó el último gran duelo terrestre, aéreo y naval de la contienda entre los EEUU y el Japón, el desproporcionado número de víctimas mortales por ambos bandos forzó a la “solución” de las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, para poner fin a la Guerra. Gibson aprovecha todo lo sucedido en las Ryukyu, y proyecta su film como a él le gusta: mucha acción bélica, efectos plagados de exacerbación, una visualidad de proporciones, y una primera parte donde describe las peripecias de Doss desde pequeño hasta que se enamora, y decide servir a su país. La tonalidad narrativa desde el arranque es notable, ya que nos pone en evidencia en qué circunstancias crece Doss, tanto bajo el imperio enceguecedor de un padre dominado por el alcohol y los magros recuerdos de su pasado belicista, el cariño de su madre, y su relación con su hermano menor. Gibson acierta un pleno al sumarle ciertos gags y humoradas, y algunas escenas de vigoroso dramatismo. Pero, coger un rifle, y correr directamente a disparar supone un acto de valentía, aunque el objetor contencioso -la interpretación de Andrew Garfield impacta- se niegue a una timidez encubierta que logró ganarse la vesania  del ejército, primero, y luego el respeto de la tropa y la Patria. Merriam-Webster define a un héroe como “una persona que es admirada por los actos intangibles, corajudos o las cualidades finas”. Si bien pareciera un término excesivo, conceptualiza el viaje de Doss, y sus pensadas maniobras en el campo de batalla. Gibson, situado detrás de cámara, posee una comprensión única de lo que significan aquellas “emociones complejas” cuando de filmar se trata. Las escenas de acción que planea y lleva acabo, son de una textura visual impactantes, no sólo por el vigoroso sentido del ritmo que sabe utilizar casi a la perfección, sino por los riesgos que la violencia desmedida, y hasta ridiculizada por momentos contiene. Gibson se juega integro por lo que cree y siempre ha sabido sacar adelante, pero abusa de lo que debemos nosotros imaginar, invitándonos a observar una reiterativa catarata de explosiones y balaceras, que se pierden en un “realismo incomprensible” ligado a la fatalidad del propio ser humano. Combatientes heridos y muertos por una continuidad y persistencia en “malabarismos violentistas” que desnudan morbosidad, desproporción y extremosidad. Se vuelve a equivocar Gibson como lo hizo en The Passion of the Christ y Apocalypto, donde la mayoría de escenas fastidiaban por una arbitrariedad casi despótica ¿¿Por qué le vuelve a pasar lo mismo a Gibson?? Porque es un director que lleva ese tipo de propuestas en venas y arterias. Es su naturaleza, su estilo de enfocar la cinematografía, o sus errores no forzados -como se dice en el tenis-. Gibson rueda la violencia como Hitchcock rodaba el suspense. No puede cambiar algo que le ha dado réditos económicos y una cofradía de fieles admiradores. Las escenas del inicio, que son magníficas, también implican arrebato y tirantez. Filma a Doss niño en una riña con su hermano, quien terminara con una irracional pedrada en la cabeza. También existe una alta dosis de ferocidad del padre de Desmond -Hugo Weaving está inigualable-  quien amenaza a su propia esposa con un arma. Hasta la bofetada que le da Teresa Palmer, provoca cierto rechazo. La buena actuación de Vince Vaughn luce con inusitada ferocidad verbal hacia los reclutas. Estas escenas son las que recordará luego Doss cuando está recluido en una cárcel donde se entrena la milicia. Pero, Hacksaw Ridge es una historia violenta que también está llena de esperanza, amor y una religiosidad que Garfield la sabe llevar durante toda su estadía en Okinawa a través de la biblia. Confía en Dios, pero llegado un momento de desesperación duda y le pregunta al Supremo el porqué de tanta muerte. A pesar de la desconfianza, a pesar de los horrores en el campo de batalla, Gibson renueva su fe, y su convicción en un hombre que puede y pudo lograr lo que se proponía a pesar de sus ideas. Es un cuento de fanatismo y aceptación, de estar de acuerdo con sus creencias, incluso cuando hacer lo contrario sería fácil, y cómo un acto de heroísmo puede llegar en el instante más improbable y menos pensado. Gibson no nos deja de sorprender, sea para bien o mal, en cada una de sus películas, y esto es tangible. En Braveheart reinventó las Batallas Medievales, en The Passion of the Christ y Apocalypto llama nuestra atención con una visualidad que es desmesurada, pero que narra con asfixiante naturalidad. En Hacksaw Ridge vuelve a demostrar de qué está hecho su cine, liderando un largometraje de una abracadabrante audio visualidad y una estupenda narrativa. Una cinta  brutal, hermosa y profunda, simplemente eso. Gibson no es ni Spielberg, ni Fuller, ni Ford, ni Peckinpah, y menos Kubrick. Gibson es Gibson, y no lo pongamos en un pedestal de oro, por cinco películas. Todavía tiene que saber afinar las cuerdas de su bella guitarra o sacarle más punta al lápiz.