miércoles, 22 de febrero de 2017

“Manchester by the Sea”, Kenneth Lonergan se apodera de padecimientos y tolerancias.













































































Habiendo revisado gran parte de las películas nominadas por la Academia, observamos que la grieta que separan las calidades en todas las categorías en competencia se van encorsetando cada vez más, y se debe tener cuidado en hacer pronósticos. Por otro lado, existe la creencia en el público, en parte justificada, que al crítico o comentarista, no le gusta el cine. No me interesa alimentar esa confusión, pero todo parece indicar que es una postura discutible. Quizás se comprenda mejor una película que otra, por lo que la pasión se va a trasladar siempre donde el “gusto” determine, lo que se suele combatir con la excusa llamada “hecho subjetivo”, que es razonable, pero no taxativo, porque quien estudia y observa más de 15 películas semanales, posee una claridad conceptual y pragmática mucho mayor que aquellos que no lo hacen. Tal vez una cinta mala o regular active ciertos prejuicios, los que pertenecen a la moral de quienes criticamos u opinamos, cuestión que el propio largometraje no tiene posibilidad alguna de sostener. Siempre he creído que defender un buen film es mucho más saludable que atacar uno que no lo sea, pero en algunos casos, y estando en medio de una escasez irritante, a sabiendas que el cine latinoamericano no logra descollar, y el de mi bello país, Perú, hace loables esfuerzos sin mejoras ni resultados viables; vale la pena inmolarse y escribir lo que uno observa. Pues bien, anoche nos enfrentamos al film Manchester by Sea o Manchester junto al mar, del norteamericano Kenneth Lonergan (54), un hombre que como cineasta ha rodado sólo dos cintas: You Can Count On Me, en 2000, que tiene muchas cosas en común con Manchester by Sea, y Margaret, en 2011, un drama irregular y complicado con otra tonalidad dramática. En el film que vimos ayer, Lonergan pareciera poseer una acentuada terquedad -no me refiero a su capacidad- ya que filma la “contradicción humana interior” a través de los múltiples despropósitos que se dirigen al dolor más terrible que puede sufrir un ser humano: la pérdida del ser amado. Kenneth Lonergan, quien sí acierta con su guión, porque es extraordinariamente brutal, expresivo y calmado -candidataso al Oscar- tiene que recurrir a tres notables actuaciones: la de Casey Affleck, Michelle Williams y Lucas Hedges, quienes le potencian su obstinación en dirigir con un criterio abierto y regular. Pero, me estrello contra una paradoja. La Academia ha nominado a Lonergan como Mejor director y Mejor guión original, y a los actores mencionados. El conflicto que noto es que, utilizando las conjeturas de The Oscars, no existe ninguna nominación en los apartados técnicos. Este contrasentido es mucho más que una simple testarudez, y resulta tan o más extraña que mi propia paradoja. Esto no tiene precedente en la gala estadounidense, ya que la puesta en escena tiene que tener vuelo y no ser perezosa, aunque todos sabemos, en distintos niveles, cómo se cocinan los platos al interior de la Academia. Reitero lo que señalé al principio, hay que tener cuidado en hacer pronósticos porque The Oscars sobrevive dentro de un territorio minado. En Manchester by Sea, Lonergan se asienta, una vez más, en un universo cerrado. Todos los personajes dan la impresión que estuvieran desconcertados sin saber que les va a caer encima. Es como si todas las fuerzas represivas del mundo real se hubiesen puesto de acuerdo para volcarse sobre la acción de la película, y este es el formidable logro de un guión pudiente. La fotografía no ayuda por ser sosa e intrascendente, el montaje tiene cortes que no se pueden tolerar, las ambientaciones se multiplican en una poquedad que asfixia, y la BSO parecería ser de un film de terror. Pero, es aquí donde tendremos que analizar con más rigor qué es lo que busca en su quehacer realizador un desconcertante Lonergan. Al director le interesa poco o nada cómo se filma, y qué expectativas podemos tener acerca de su película. Él se posiciona dentro de un ritmo lentísimo, demandado por su gran guión, y con mucha cautela va enhebrando su narrativa a través de lo que les sucede a sus actores. Lonergan va regulando la temperatura fílmica, y lo que logra es que Casey Affleck pueda lucirse en esa modorra que va a ir evolucionando con giros impertinentes en cada escena que transcurre. Michelle Williams aparece tres veces en toda la cinta, pero cuando sale en escena no tiene desperdicio, está maravillosa. Por su parte, el joven Lucas Hedges, le aporta esa velocidad distinta, una vitalidad estremecedora, que también la posee Affleck, pero dentro de un sosiego donde el actor suele sentirse a plenitud. Como seres humanos, todos estamos condenados a experimentar la pérdida en nuestras vidas. Luego vendrá el dolor y el sufrimiento perpetuo que es lo que nos distingue como individuos, ya que tenemos nuestras propias y únicas formas de expresar esta emoción que suele ser inevitable e intensa. Muchas veces la desgracia viene rápida y muy cargante, y a veces va a fluir despaciosamente. Lonergan narra los efectos contradictorios de la pérdida y el desconsuelo con una especificidad simultánea, dándole crédito a la universalidad del mensaje, el mismo que está anclado en la personalidad artística de la grandiosa interpretación de Affleck. Si bien, la cinta es una propuesta sentida, desprendida y sumamente humana, Lonergan captura con criterio aquella “honestidad emocional” del ser humano en tamaña desdicha. Casey Affleck, es un conserje de condominios, un sujeto solitario que tiene con la gran mayoría de vecinos un vínculo hostil y grosero, aunque en realidad lo que pretende es servir a su comunidad. Cuando Affleck palea la nieve de las calles, recibe una llamada donde le avisan que su hermano Joe ha fallecido, por lo que deberá trasladarse a un hospital de la ciudad de Manchester donde tiene que verlo, despedirse, y arreglar todo el papeleo para el entierro. El hijo adolescente de su hermano, Patrick, queda solo, y a partir de esto, la historia va a desarrollar sus mejores instantes, pero que narrativamente no son muchos. Affleck y Williams, como esposos, han sufrido una desgracia inigualable: perdieron a sus tres menores hijos cuando se incendió su casa, en un descuido de Affleck. Este, transitará cada día de su vida sintiendo la tragedia de sentirse culpable por lo sucedido. Pero, la vida sigue, y tiene que ir hacia adelante, ya que el testamento de su hermano muerto, lo envuelve en la tarea de cuidar a su sobrino. La relación entre tío y sobrino no es buena, pero poco a poco irán comprendiendo que ambos se encuentran en una situación parecida, e intentarán satisfacerse mutuamente, viviendo juntos. Mientras Affleck hace de una especie de guardián de Patrick, éste lo lleva cómicamente por la ruta de las aventuras de un chico de 16 años. Es aquí donde Lonergan le va sacar punta a su viejo lápiz, ya que hace lo que más sabe y le gusta: jugar dramáticamente con sus actores. Quizás el estilo de trabajo que demuestra Lonergan no sea el más prolijo, pero pese al desorden fílmico -los flashbacks destrozan la relación tiempo y espacio- observaremos cuestiones que normalmente no asumen la mayoría de directores, y que a pesar que son disímiles, intensas, específicas, sin duda  resultan satisfactorias. El guión de Lonergan entiende a la gente, y como tal, avanza paso a paso con un sentido que eleva lo realista. Una estructura no lineal revela momentos claves en el pasado de Affleck, pero cada uno de los flashbacks confunde una conducción que parece -Lonergan no engaña ni a un gato techero- caminar sobre rieles. Lonergan opta por cortes abruptos, agitando nuestras expectativas y emociones. Con todos los aciertos y yerros del film, lo que logra el norteamericano está al servicio de mantener la veracidad del guión, siendo el resultado la inmersión total en el estado emocional de un formidable Affleck. Hay temas que son interesantes de destacar. Por ejemplo, la reacción de Affleck en la desaparición del hermano es extraña al principio. Está molesto, frío, pero es un tipo práctico. Se desfoga golpeando sin sentido a algunos sujetos. Todo esto se prolonga en el comportamiento inicial de Patrick después de conocer la muerte de su padre, ya que toma con fatigosa tranquilidad el suceso. Luego, después de verlo en la cámara congelada de la morgue del hospital, va a cambiar, desesperarse y poner los pies sobre la tierra. El tiempo que Lee y Patrick pasan juntos está lleno de un  cariño asolapado, pero lo comparten recordando a Joe, y diciéndose el uno al otro que la vida debe de continuar, porque es uno de los tantos conflictos que el hombre debe de asumir. Casey Affleck luce muy afiatado en la interpretación de tamaño personaje. Impone un conjunto de capas, muy complejas, pero que sabe sacar adelante. Sin duda, este es el mejor trabajo de la carrera del actor, y tiene serias chances de ganarle el Oscar al viejo Washington. Lucas Hedges, hace lo mismo pero a su manera, convirtiéndose en un retrato convincente de un adolescente perturbado, pero con un sentido del humor que lo sabe llevar. Como ya he señalado, todo el conjunto artístico de la cinta es bueno. Lo que sí no me parece lograda es la fotografía de Jody Lee Lipes, ya que si bien capta el frío ambiente de esa vieja Inglaterra, pudo haberse detenido en tomas que debió componer con mayor elegancia y belleza.  Quizás el único acierto que tiene son los tiros particulares que logra en la pista de hockey, donde sí existe profundidad, y las imágenes hablan por sí solas. El estilo naturalista del guión escrito por Lonergan da como resultado un ligero sentimiento de no adentrarse en un objetivo claro y concreto, sobre todo hacia el último tramo de la cinta. Para terminar, Kenneth Lonergan hace un buen negocio dada sus coacciones emocionales específicas, construyendo criaturas que son únicas, completas, universales y versátiles. Habría que comprender que aunque no reaccionemos ni nos aflijamos de la misma manera, la reacción de Affleck y Patrick, y de toda la gente que los rodea posee verosimilitud, y eso es bueno.  La inclinación por encontrar la verdad emocional de los personajes es algo que Kenneth Lonergan concibe en sus dos films anteriores, y con Manchester by Sea lo extiende como a él le gusta. El impacto del guión en la película es enorme, evitando clichés, e intentando demostrar cómo capturar las reacciones reales de la gente. Tarde o temprano todos pasamos por situaciones parecidas, unas más devastadoras que otras, pero dolidas al fin y al cabo. Nadie practica para preparase para la muerte. Nuestro cuerpo no tiene un modo de respuesta automática para el dolor. Lonergan retrata con justeza este factor. Me atrae el norteamericano como escritor, pero no comparto las formas de dirigir, aunque reconozco su sabiduría acerca del tema, pero su estilo golpetea a patada limpia la narrativa. Buen film, y por supuesto, recomendable.