viernes, 21 de abril de 2017

“Tarde para la ira”, Arévalo cocina a fuego intenso la vendetta y la vesania.










































































Raúl Arévalo Zorzo nació en noviembre de 1979 (37), en Móstoles, España. Raúl se dedicó antes de ser un renombrado actor a trabajar en un videoclub y en algunos asuntos vinculados a la hostelería. Debutó como actor en la comedia romántica Cosas que hacen que la vida valga la pena, 2004, de Manuel Gómez Pereira. Desde entonces ha trabajado en alrededor de 30 films, sin contar series o telefilms, algunos de ellos con directores de gran nombre en la cinematografía española, como en cintas de todo nivel. Su primer trabajo que atrajo de sobremanera a la crítica y público de la península lo realizó en Azuloscurocasinegro, 2007, de Daniel Sánchez Arévalo. Otras actuaciones destacadas, y que recomendamos que las observen las realizó en películas como: Siete mesas de billar francés, 2007, de Gracia Querejeta; Los Girasoles Ciegos, 2008, de José Luis Cuerda; Gordos, 2009, de Daniel Sánchez Arévalo; También la lluvia, 2010, de Icíar Bollaín; Balada triste de trompeta, 2010, de Álex de la Iglesia; Primos, 2010, de Daniel Sánchez Arévalo; Promoción fantasma, 2011, de Javier Ruiz Caldera; la fallida Los amantes pasajeros, 2013, de Pedro Almodóvar; la divertida La gran familia española, 2013, de Daniel Sánchez Arévalo; La vida inesperada, 2014, de Jorge Torregrossa; la excepcional La isla mínima, 2014, de Alberto Rodríguez; Las ovejas no pierden el tren, 2014, de Álvaro Fernández Armero; y Cien años de perdón, 2016, de Daniel Calparsoro. Son trece films donde demuestra el dominio de varios géneros y subgéneros, pero que sea en papeles protagónicos o de apoyo, siempre cumple con lo que se espera de su gran vena humorista, dramática y donde lo soliciten. El 2016, fue el año en que hizo su debut como director con un afinado thriller psicológico Tarde para la ira, donde elabora la escritura en conjunto con David Pulido. No estoy al tanto del autor que acompaña, pero me doy cuenta que se trata de un hombre de capacidades para la acción, en mayor proporción de lo psicológico de las historias de cada uno de los personajes. Si bien el film posee una narrativa muy interesante y activa desde que se inicia hasta el desenlace, Arévalo posee varios “éxtasis fílmicos” de algunos cineastas que dominan la temática que su propuesta nos expresa. No trato de compararlo o juzgar el desarrollo de su obra, y menos tirarle un camión encima, ya que me parece uno de los mejores actores españoles repartiéndose flores con Fernando Rey, Leblanc, Agustín Gonzáles, Javier Bardem, Ballesta, Cámara, Tosar, Sergi López, Coronado, Santiago Ventura, un actorazo como Fernán Gómez, el gran Alfredo Landa, Pepe Sacristán, Luis Llomar, De la Torre Martin, Gutiérrez Caba, Karra Elejalde, Javier Gutiérrez,  Nerea Barros etc., pero existe una fértil concatenación de la tesitura natural de los Verhoeven, Haneke, Kieslowski, Peckinpah, Villeneuve y hasta salpicaduras del cine duro asiático. En realidad, este hecho no tiene mucho que ver en la consistencia de lo ofrecido, es sólo una apreciación personal, pero siempre es una buena posibilidad buscar reconocer quienes podrían ser aportantes de un determinado estilo de trabajo. Esto ha sucedido con muchos cineastas clásicos y con también una cantidad considerable de directores que han dado mucho que hablar, sean Quentin Tarantino, el mexicano González Iñárritu o Daniel Chazelle, y no es ni significa ninguna abyección. Por el contrario, el cine español, ya hace mucho que lidera el cine iberoamericano, y parte del europeo, “aunque las nuevas generaciones de críticos estén más cercanos a lo que se produce en Hollywood que lo que acontece en el suyo propio”. España ha tenido notables y exponenciales cineastas, quienes han creado y divulgado una “identidad exportable” que muchos países quisieran tener y no lo logran. A eso se accede únicamente a través de muchos años de hacer cine, gente inmersa con innegable autenticidad en la cultura, inteligencia deductiva y perseverancia. Sería una obviedad negar que Arévalo forma parte de aquel indiscutible aporte al cine internacional que le han dado: Buñuel, García Berlanga, Bardem, Bigas Luna, Garci, Erice, los hermanos Trueba, De la Iglesia, Almodóvar, Amenábar, Monzón, Collet-Serra, Bayona, Sánchez Arévalo, Balagueró, Rodriguez etc., y que se traduce en la continuidad de nuevos valores que hacen las cosas con corrección. Quien no reconozca al cine español como un envidiable formador de talentos habría que internarlo en algún centro médico. Pero, al margen de este improperio, lo que busca hacer Raúl Arévalo en Tarde para la ira, el título es dualista, es comportarse con la frescura de un novato, y la maestría de un hombre que lleva muchos años de experiencia en la realización, y estará en cada quien confirmar o no este concepto. Su certeza y atrevimiento no se enfunde ni se disfraza en los efectos especiales que manchen o desvirtúen lo que está en juego. El debutante va de frente y sin rodeos a hacer lo suyo. Los planos que suele utilizar son de una “sencillez tranquilizadora”, la cual nos impregna ese sentimentalismo bifurcado entre lo moral o lo amoral, cuando vamos de la mano descubriendo en la narrativa una de las formas -más convencionales y debilitadas- del thriller psicológico, el que hace justicia por mano propia, además de cómo un ser que posee el valor de la bondad, pueda convertirse en un criminal obsesivo y sin límites que se introduce y envuelve dentro de una atmósfera barrial. El éxito de este film no lo observo en la trama, porque ya la hemos visto más de una docena de veces. Su rasgo más consistente no está en si hay menos o más relato, arbitrariedad y/o códigos de expresión. Lo que sobresale en esa especie de “modernidad reinventada” que nos inocula Arévalo es la “abundancia de la variedad” que exhibe en cada nudo de acción que exhibe, donde el enlace puntual entre la realización, el guión, la dirección de actores, los personajes, y la puesta en escena, va evolucionar y reforzar este crecer aún a sabiendas de su clara previsibilidad. Me atrevería a decir que Arévalo tiene margen hasta para rodar con eficiencia lo que muchas veces resulta “infilmable”, porque esa pluralidad con que asume cada uno de sus objetivos se lo permite. El joven cineasta quiere mostrarnos su capacidad de pasar de ser parte de los que sufren los avatares de llegar con constancia a ser intérpretes, para con osadía y seguridad gerenciar una película, y lo logra a partir de algo que no muchos toman en cuenta, vestirse con ese traje de la “sencillez”, e ir dando puntadas -algunas correctas, otras no tanto- que le permitan al público entretenerse -hasta con escenas de sexo explícito, filmadas con naturalidad- atendiendo cada uno de las circunstancia de todos los personajes imbuidos en la cinta. Eso es sumamente meritorio porque desde su quehacer de ser un formidable actor esa abundancia de la variedad va a resultar plena. Arévalo, sabe qué es lo que siente un actor de nivel y uno con pocas líneas, pero que en su film lo convierte en un ser imprescindible. El ejemplo perfecto es lo que sucede con Manolo Solo, que nace y muere en una misma escena, y con un poderío interpretativo imperdible. Arévalo, para conseguir esa desdichada sensación que el tiempo jamás logra curar una profunda herida basada en el recuerdo del amor perdido, cuenta con un reparto bien ensamblado y sobre todo articulado, partiendo del individualismo de la interpretación hacia lo que va a priorizar y destacar: el conjunto. Esa relación creada entre casi todos los que forman parte de la concepción negativa del protagonista, sin excederse en uno u otro, hace de Tarde para la ira una cinta para el halago, y de una generosidad difícil de disentir. Desde Antonio de la Torre, quien confirma que es un actor bien trabajado, dada esa condición de posicionarse como un sujeto aislado, y a la vez comprometido con el lugar, o el de ser un hombre anacoreta con sentimientos nobles -cuida todos los días a su padre que está internado con muerte cerebral por lo que le hicieron los malandrines que robaron su pequeña joyería- y estar encerrado en su único cometido de vengar a todo costo lo que lo tiene sumido en la desgracia -matar así le cueste la vida- hace que su postura de un asesino armado de una gelidez y bravura incontenibles sea verosímil y de un andar realista. Pero, el personaje mejor actuado, con mayores matices es el que tiene a su cargo Luis Callejo, un acorazo que me sorprendió. Es un sujeto traicionado que paga una condena injusta aunque menor, antagónico al que hace De la Torre, que al inicio es un ser prisionero de una malignidad entendible, que se saca parte de la ojeriza golpeando duramente a su rival, pero que dada las circunstancias pasará a ser cómplice del mismo, y en donde va a conocer el auténtico averno al ser parte necesaria de la travesía criminal que emprenderá De la Torre, sobre todo cuando lo aniquila a Soso en su casa, con seis huecos en todo el cuerpo con un destornillador, en el primero de las vendettas, de quienes lo traicionaron a Callejo en el asalto frustrado a un banco, siendo el occiso el primero que participaron en el homicidio de los que mataron a su prometida. La búsqueda continuará hasta que todo quede resuelto. Aunque esto vaya a sonar cómico, Arévalo hace que tanto De la Torre como Callejo no solo tengan que empatizar a la fuerza, sino que ambos puedan transmitir al público, siendo seres contrapuestos -el bueno y el malo primero, y el malo y el bueno después- una empatía más personal. La bella actriz Ruth Díaz, la mujer que comparten en cama ambos protagonistas, hace un enorme papel de contrapunto adecuado a lo que la historia requiere. Es una fémina que luce agobiada, buena madre, sexualmente inquieta, que no le pesa el desnudarse física ni pasionalmente, con una capacidad formidable de transmitir toda aquella zozobra que la vida le va marcando, además de complementar los instantes tolerantes e inclementes tanto del padre de su hijo, Callejo, como el amante de ocasión, De la Torre, quien logra manipular ese deseo carnal incontrolable así como su bipolaridad sin una gota de violencia ni maltrato. Pero, yo me sigo quedando con mi querida Barbarita Lennie, en Magical Girl, 2014, de Carlos Vermut. Este es otro de los aciertos de Raúl Arévalo en su película: no le interesa demasiado detallarlo todo, y que parte de esa totalidad no la hace visual, sino la deja para que nuestro poder de deducción le dé el significado que queramos, aunque, siendo sincero, no hay demasiadas lecturas. Una vez que De la Torre, está a punto de acabar con los secuaces que acabaron con su novia, su última víctima, su mejor amigo del bar donde asiste y hermano de Ruth Díaz, le dice que este fue el que planeó el asalto a la joyería. Lo liquida, lo mete a Callejo en la maletera de su BMW guinda, y se dirige al barrio. Ingresa al mismo, la nena de su amigo está dormida, no le importa, y con total enajenamiento lo revienta. Luego, llevará a un manso Callejo a reunirse con Ruth Díaz y su pequeño nene. Un desenlace correcto aunque pudo ser más prolijo. Por otro lado, los actores Raúl Jiménez, Pilar Gómez, Font García, Alicia Rubio y el revelador Manolo Sosos secundan  con luz y vitalidad diversos momentos de la trama. Arévalo también conoce los andares de los elementos técnicos, y todos van a cumplir con decoro y destacado equilibrio para lo que los mismos están, desde la dirección artística hasta el Make up. Pues bien, desde un pequeño barrio de la hermosa Madrid, pasando por la conocida periferia agreste, el belicoso calor de la ruta, el quehacer de los silencios, y la tirantez de la atmósfera, Raúl Arévalo, logra imponer su ópera prima, con apostura,  pulcritud narrativa y fiereza. No sobran hoy en día los largometrajes en nuestra Iberoamérica que nos brinden, dentro de todas las siempre usuales limitaciones, remover nuestras conciencias y desencadenar sentimientos encontrados, en un género tan comercial, donde todo ya está inventado. Pero, Raúl Arévalo y su equipo lo han hecho posible. Tarde para la ira es otra de tantas cintas que sigue dignificando a ese cine español que apreciamos desde que éramos niños. 100% recomendable.