domingo, 21 de mayo de 2017

“Aquarius”, Kleber Mendonca Filho se aferra a los recuerdos y se luce con una notable sencillez narrativa.
















































Kleber Mendonca Filho nació en octubre de 1968 (49), en la ciudad de Recife, Brasil. Estudio y se graduó de periodista en la Universidad Federal de Pernambuco, y luego se especializó en cine. Fue crítico en varias revistas y periódicos de distintos diarios y revistas en el Brasil. Tiene en su palmarés algunos premios, pero lo mejor que le ha sucedido es que en los Festivales de Rotterdam, Toulouse y Santa Maria da Feira, se han gestionado y presentado retrospectivas de sus películas, lo cual es meritorio. Su ópera prima, luego de algunos cortos y mediometrajes fallidos, fue el documental Crítico, en 2008, donde logró con la colaboración de colegas como Ciment,  Salles, Saura, y Van Sant entre otros. Tuvo éxito en Brasil y en gran parte del Viejo Continente. Le siguió, en 2012, O som ao redor, un drama algo irregular, pero que no desafina en lo principal: su narrativa. Juega mucho con nudos de acción que nos llevará sin remedio a pensar en qué es lo que ha querido expresar. Ese es su distintivo especial, y que se confirma en su último film: Aquarius o Doña Clara, estrenado el año pasado. Pasó por Cannes, Berlín y Venecia sin mayor fortuna, pero no fue impedimento para seguir adelante. Kleber tuvo mucho apoyo financiero del Ministerio de Cultura del Brasil, y con los sucesos políticos delictivos de la Señora ex-Presidenta Dilma Rousseff, se le acabo la mamadera, y sería una lástima para los latinoamericanos si así fuere, porque es un cineasta especial. Hoy en día el Ministerio de Cultura del Brasil forma parte del Ministerio de Educación. Es obvio que el cine en todo el mundo no es más importante que educar a la gente, y Kleber ya debe estar buscando la forma de poder seguir haciendo el buen cine que logra como director y guionista. En el film, Kleber nos cuenta con mucha claridad y soltura la historia del Brasil del 2012, donde la clase media era imperceptible, y no tenía alternativa de intentar vivir entre algunas zonas descampadas, lujosas y seguras, y también aquellos lugares donde abundaba la violencia y sobre todo la pobreza. Kleber nos relata la historia de algunos habitantes de su barrio de Recife, muchos de ellos de la misma familia,  y que sienten la inseguridad que campea dado robos, secuestros y una larga lista de delitos. Cuando una empresa de seguridad privada les ofrece sus servicios no dudan en contratarlos, aunque esto no hará que sus miedos y problemas se borren: el que se quema con leche ve una vaca y se pone loco. Para narrarnos la cinta, Kleber se inclina por las técnicas del cine de autor europeo, y decide extender los planos para seguir a sus personajes, estar con ellos, y sobre todo sufrir las tensiones y el permanente estado de alerta continuo. Observaremos en la totalidad del film “un golpe brutal de violencia”, un hecho que logrará sacudir a los vecinos del barrio que están a la espera, pero que nunca llega. Obviamente estamos ante una fuerte crítica de Kleber hacia las autoridades del lugar. En ese sentido, el brasilero va a enfrentarse con el público a través de poder acumular una violencia inventada que nunca llega a manifestarse, y que está ahí presente en la mente de todos, no viéndola aunque percibiéndola en toda su dimensión. Con un ritmo pausado crea una atmósfera que nos traslada a Recife alejándose de la recreación que hacía el muy buen director José Padilha de los barrios pobres y marginales, y su policía en la formidable Tropa de Elite I y II, 2007 y 2010, respectivamente, pero con la consabida diferencia basada en un film  que se manifiesta como su antítesis. Si hay algo que objetar a esta película, es su duración, cuestión que tiene una directa relación con lo que necesita el cineasta contar, siendo muy pocos en el planeta que poseen el virtuosismo del resumen. Este es un film que trasciende y que no hace más que reafirmar que el cine de Brasil, Argentina y México, en nuestra amada Latinoamérica, están varios peldaños por encima de los demás países, y por ende son los que ofrecen las mejores películas, renovándose generacionalmente, y cuya mejor  decisión, como lo hicieron con las telenovelas brasileras, es la adaptación plena de lo que desea ver un espectador o un público cinéfilo -ya he señalado que son cosas distintas- con lo que se concretan audiovisuales más ligados a la realidad que a la ficción. En Aquarius o Doña Clara, Mendonca va a lograr meternos dentro del burbujeante andar de Doña Clara -Sonia Braga está formidable, y  pesar de sus 66 años sigue siendo una mujer seductora- quien en su juventud la ganó la pasión por la música, y en algún momento del film asegura que ha sido crítica musical. Pero, la secuaz inteligencia de Mendonca no empieza con la Doña de 66 o más años, sino en los años setenta, en la misma casa que después heredará Clara. Se celebra el cumpleaños de Doña Lúcia (70), la tía de Clara. Si ustedes ponen atención en la trama, Mendonca va a transmutarle los problemas de la tal Lúcia a su sobrina Clara cuando esta vaya a ser una anciana. El brasileño filma estupendamente una secuencia inicial donde salen familiares, protagonistas, más una serie de vecinos invitados a la fiesta de Lúcia. La reconstrucción que logra el brasilero en el diseño de producción de esa misma ciudad al borde del océano, incluidos los coches, las avenidas, las señales antiguas y muchos detalles más son verdaderas delicias, salvo tres lances sexuales donde la parte torpe de Kleber reluce. Imágenes innecesarias, sin sentido, vomitivas y puestas en momentos importantes del cumpleaños de la tía Lúcia. Acá es donde seguro, se le cae la película en los Festivales al brasilero, porque esas cosas no las permitiría ningún jurado que tenga el mínimo conocimiento de lo que es la decencia cinematográfica. Clara vive en un pequeño y viejo edificio de los años cuarenta llamado Aquarius, con vistas a la espléndida playa de Recife. Una compañía de bienes raíces ya ha comprado todos los departamentos del edificio para que sea un lujar de nivel, pero Clara es determinante, no venderá porque ese lugar está unido por recuerdos de toda una vida. Después de los primeros enfoques amigables, los especuladores se involucran en una verdadera guerra fría contra la mujer, en un crescendo de violencia psicológica utilizado siempre para asustar primero y maltratar después, sin saber que la Doña, tiene una personalidad llena de valores. Clara, incluso antes de la última amenaza va a mantener siempre un coraje extraordinario, y sabe cómo burlarse irónicamente del propietario de la constructora, y su nieto, un tipo con presencia aunque con menos razonamiento que un orangután en estado de coma, y donde Kleber lo guiona así. Atormentada, y al mismo tiempo segura de lo que hace, es sobreestimada por razones políticas. A pesar de jugosas ofertas, la cosa seguirá estancada, y no se moverá ni un mm. Aquarius es una película que posee varias lecturas, pero que cualquiera de ellas están sólidamente firmes y amalgamadas. La cinta va mucho más allá de estos aspectos recurrentes, y que no son lo pesado que pudiera haber sido. Un microcosmos enjaulado deliberadamente por Kleber que, tiene la cualidad de saber filmar, escribir y editar. Si se fijan en los planos, y en las tomas, principalmente de Sonia Braga, no hace lo mismo que los yankees, ni siquiera lo de los españoles, y los demás países de Europa. Él posee un universo “recifecentrico”, y su cariño por su ciudad con sus flaquezas y vigores, los muestra sin que le pese la mochila. Esta cinta de Kleber es una de esas que se encuentra quizás con una fortaleza narrativa poco común. El 100% del film, es claramente un homenaje sensible para con su lugar de origen, y no lo aleja del público sino lo acerca lo más que pueda, y no nos cae de ninguna manera pesado sino liviano y fácil de seguir. En la figura de Doña Clara se mezclan los tres componentes estructurales de la película: el análisis de una carácter terco que no es de ningún modo condescendiente, la identificación del personaje principal con el edificio que conserva su historia, y por último, la inseparabilidad de Clara, que desde el lugar del afecto logra su existencia y propósito. Es difícil no reconocer en esta triple alianza entre lo individual, la historia y el espacio emocional de la Braga, y hasta del propio Mendonca Filho, quien seguramente en otros tiempos y otras circunstancias no habría filmado así, y si lo hubiese hecho estaríamos ante una propuesta de cine radical, independencia irreductible y negociable. Pero, Kleber detalla los signos de un tiempo pasado y vulnerado, y también victorioso, como por ejemplo la curación del cáncer de mama que le ha costado la extirpación de la mama derecha a Doña Clara. Acá es donde va a aparecer la imperfección estética para darnos cuenta con facilidad que la cicatriz que tiene Clara desde los 27 años, significa vitalidad y no falta de voluntad para poder comprometerse con la vida. Doña Clara parece ser el lema que corre a través de toda la filigrana de la película y del paso del tiempo. Por ejemplo, las dos mujeres periodistas que la entrevistan, Clara muestra hacia los medios de grabación y reproducción de música, el vinilo, los casetes, el MP3, el streaming etc., bajo la misma apertura y la misma facilidad que marcó la producción audiovisual de Mendonca Filho en los años 90, además de casi todos los formatos de vídeo existentes en esa década: Betamax, Súper VFIS, VHS, Super 8, U-matic etc., por lo tanto, luego  de O Som ao Redor, Aquarius es de hecho una película en la que la representación de sí mismos a través de emblemas tangibles y visibles constituye inequívocamente el elemento dinámico de la historia: los registros, libros, fotografías y muebles que salpican la casa de Clara no sólo son artículos de decoración para el hogar, sino para sentir afecto y melancolía por el paso inevitable del tiempo, de las cosas buenas y malas que tuvo que asumir, es decir, son “mensajes en botellas”, como Clara ilustra a la confusa reportera en referencia al álbum Double Fantasy comprado en una tienda de segunda mano en Porto Alegre. Estos “artículos especiales”, que vienen a ser una definición adicional de Doña Clara, son cajas de memoria, cofres que contienen un pasado personal y familiar que extraña o pensar en el gabinete de la septuagenaria tía Lúcia, una máquina del tiempo real que catapulta al cine desde 1977, y como un  prólogo de aquellos tiempos cuando la misma Lúcia, confesaba el amor con su amante de ocasión. Obviamente este móvil, que se ha convertido en un símbolo de una feminidad activa e independiente, en virtud de connotaciones adquiridas, no puede faltar en la casa de Clara. Inicialmente Kleber rueda la agitación urbana de Recife, y prolonga su film anterior, O Som ao Redor, pero que es menos observativo, y de más acción. ¿¿Qué sucede cuando algo, aunque bello, se considera inadecuado y obsoleto en una sociedad?? Lo mismo que sucede en el paisaje urbano de Recife Hay tres cosas que suelen ser una, el edificio, Doña Clara y Mendonca. De hecho, la existencia misma de Clara es literalmente inseparable de Aquarius, y eso la llena de energía y sobre todo educación para tratar con el “niño rico” que está encargado de sacar a Clara de su departamento. A pesar de ser la única que vive en el edificio en demolición,  Doña Clara, con sus fiestas y su necesidad de sexo pago, encarna la memoria histórica -no es casual que el edificio tiene más de sesenta años- , de lo que hace y siente, y que también encarna el corazón y la sangre de una vida indomable -incluso pintando sin permiso la fachada blanca como un signo de esa vitalidad inagotable- siendo el Aquarius  y el poder ir todos los días a bañarse en la playa del frente, el cuerpo arquitectónico de Doña Clara. En estas identificaciones de Mendonca, Clara y el Aquarius, es la representatividad humana la que expresa un sentimiento que todos hemos o podremos sentir algún día cuando lo mismo que le sucede a Clara nos pase a nosotros, y toda esa maraña de malestares quedan marcados y expresados en el film, el mismo que documenta el testimonio que una anciana que lucha sin dar ventajas, y que con educación y respeto,  le hace sudar sangre a un Imperio. El ataque erosivo de la constructora hace un último intento, no para conquistar la amistad o el cariño de Clara, quien tiene dinero que le dejó su famoso marido, y cinco departamentos alquilados, sino mediante  la infestación de termitas que se reproducen en el cuerpo de la patología cancerosa del edificio, la red de túneles como metástasis, que Clara parece haber experimentado en su propio cuerpo. Con los bichos destructores, todos los testimonios y documentos de su vida desaparecen. Se destruyen todo lo que sirve para un litigio, siendo una escena no convincente que Doña Clara se acerque con su abogada y amiga, su sobrino y su hermano a la constructora, donde trae en una maleta parte de todo el andamiaje de bichos comedores de cemento y demás, y luego de conversar algo acaloradamente, se las tira encima del escritorio gerencial del abuelo y el nieto. Es precisamente debido a esta dimensionalidad reactiva de una fábula que, a la luz de las consideraciones anteriores, Aquarius, va a tener un desenlace libre, hecho innecesario, y que Mendonca lo hace a su manera. El verdadero placer cinéfilo se encuentra cuando el realizador impone en sus imágenes la evidencia que lo une a su película. Esta idea de la cinta como un documento visual y representativo de la biografía del cineasta brasilero, en definitiva, se convierte en una ficción realista que lo tiene todo equilibrado, desde el guión, la dirección hasta la puesta en escena.  Estamos ante un film que debería ser observado por los latinoamericanos, porque entre todos los países de esta vasta región, es más lo que nos hace parecemos, a lo que nos hace diferentes. Me gustó y mucho la cinta, porque posee muchas cuestiones que uno ha pasado en su vida, y porque Sonia Braga a pesar del transcurrir del tiempo, sigue siendo la mujer con que soñaba 45 años atrás. 100% recomendable.