martes, 9 de mayo de 2017

“Hamlet”, Olivier rompe el molde agasajando y entregándose a Shakespeare.















































































El reputado dramaturgo inglés Charles Bennett, conoció a Laurence Olivier en 1927, y siempre afirmaba que era el único actor que podía pronunciar las líneas de Shakespeare con suprema naturalidad, como si pusiera el 100% de su capacidad de razonamiento, pensando en ellas. Laurence Kerr Olivier nació en mayo de 1907, en Dorking, Reino Unido, y falleció en julio de 1989, en Steyning, Reino Unido. Su apellido provenía de su tatarabuelo francés. Fue el mejor intérprete que ha existido en la historia del teatro, a pesar que dentro de la actuación cinematográfica está situado un peldaño por debajo del fenómeno Marlon Brando. Uno de los primeros éxitos de Olivier como actor shakespeariano lo realizó en una escena teatral londinense en el año 1935, cuando actuó de “Romeo”,  así como de “Mercutio”, pero en interpretaciones alternas de la obra “Romeo and Juliet”. En el teatro estaba presente una bella y joven inglesa, Vivian Mary Hartley, que hacía poco tiempo que había iniciado su carrera artística, quedando embelesada con el artista y del hombre. Conoció personalmente a Olivier, en la obra donde ella actuaba: The Mask of Virtue, en 1936. Dado el destino, ese mismo año filmaron juntos Fire Over England. En 1937, la joven desempeñó magníficamente el personaje de “Ophelia” en “Hamlet”, en el Kronberg Castle, en Dinamarca, lugar donde asistió Olivier quien al mirar su belleza y fortaleza artística, resultó prendado de la joven. La amistad entre ellos quedó sellada esa noche. Actuaron juntos en la mencionada Fire Over England, luego en 21 Days y finalmente en Lady Hamilton. En 1940, ya como Vivien Leigh, su seudónimo artístico, se convirtió en segundas nupcias como la esposa de Olivier -Jill Esmond lo había sido desde 1930 a 1938, y Joan Plowright de 1961 a 1989, ambas actrices británicas- después que ambos regresaran de rodar películas en la meca hollywoodense, y que fueron éxitos de taquilla no sólo el año de su estreno, en 1939, sino a lo largo del siglo XX en diversos sistemas de video: Olivier con Wuthering Heights o Cumbres borrascosas, y Vivien Leigh con: Gone With the Wind o Lo que el viento se llevó, donde ganó su primer Oscar. Vivieron casados durante 21 años, donde hubo hermosos y aciagos momentos aunque se sabe por las crónicas de aquellos años, que Olivier le hizo la vida imposible a la Leigh, debido a un temperamento desproporcionadamente celoso. Un hecho interesante para contarles del formidable actor inglés fue que en 1944, había decidido hacer con Vivien, una cuarta película. Para esto, tanto Olivier y su mujer viajaron a Escocia junto a su amigo Charles C. Bennett, para investigar la historia real de una joven escocesa acusada de asesinar a su amante francés. Olivier investigó lo sucedido de la cabeza a los pies, desenterrando pruebas nunca conocidas, que si se hubieran dado a conocer durante el juicio habrían enviado a la chica directamente a la horca. La pareja decidió abandonar el proyecto al imaginar que ingresaría a formar parte de cuestiones prohibidas. Otra anécdota referencial en cuanto a las finanzas de   la pareja, señalaba que durante el quehacer matrimonial, Laurence y Vivien aparecían en varios shows en escenarios del Reino Unido y de los EEUU, ya que no eran contratados por las grandes casas productoras para rodar. Estaban realmente ajustados y necesitaban algo de dinero. En 1951, Laurence Olivier trabajaba en una adaptación de la novela “Carrie” de Theodore Dreiser, periodista yankee perteneciente al naturalismo, mientras la Leigh terminaba de filmar la obra de Tennessee Williams, A Streetcar Named Desire o Un tranvía llamado deseo. La actriz ganó su segundo Oscar con el imprescindible film de Elia Kazan, junto con Karl Malden y Kim Hunter, dejando sin estatuilla a Brando -Bogart la ganó por el film The African Queen, de John Huston-. Sin embargo, fue Marlon Brando quien  revolucionó el universo de la interpretación, sudando una camiseta que lo encumbró hacia el Olimpo de las Leyendas Vivas. Realizada Carrie, en 1952, de William Wyler, una fascinante cinta junto a Jennifer Jones, después de haber ganado cuatro años antes dos Oscars, uno como Mejor director y el otro como Mejor actor, gracias a Hamlet, en un hecho desacostumbrado en la historia de la cinematografía. Más adelante, en un film documental hecho por la Public Broadcasting Service (PBS), la cadena norteamericana de la TV pública, acerca de la carrera de Laurence Olivier, y difundido en 1987, se cubrió su primera estancia en Hollywood a principios de los años treinta junto a su primera esposa, la británica Jill Esmond. Olivier detectó que el glamour o el encanto de su hermosa mujer eran más altos que aquel que proponía él. Obviamente, el actor no lo soportaría, tratando de revertir esta situación en los siguientes dos años, no logrando su propósito. No olvidemos que en los EEUU, Olivier debutó en el cine con el drama The Yellow Ticket, 1931, de Raoul Walsh, y realizó dos películas más: Friends and Lovers, 1931, de Victor Schertzinger, y Westward Passage, 1932, de Robert Milton; dos dramas que si bien no trascendieron, Laurence Olivier se desempeñó de buena manera. Regresó junto a su esposa a Inglaterra a comienzos de 1933, y volvió en 1939. Cuando hizo Fire Over England, en 1937, junto a Vivien Leigh, ya el romance estaba encaminado, separándose de la Esmond, a finales de 1938. Olivier fue eclipsado nuevamente por otra mujer, su propia amante, a pesar que la filmografía de Olivier era mayor a la de Vivien Leigh, incluso al finalizar ambas carreras, y sumado la cantidad de films hechos, la diferencia fue casi de tres veces mayor, 53 contra 16. En 1967, al morir Vivien Leigh de tuberculosis, Olivier se encontraba enfermo. Al enterarse del fallecimiento, acudió al lado de Vivien. En sus memorias, Olivier cuenta que permaneció horas junto a ella, y a solas, pidiéndole perdón por todo el daño que le había causado. Siempre la recordaría como el gran amor de su vida, aunque existen autores que no respaldan este sentimiento. Como director, Olivier realizó cinco films: Henry V, en 1944; Hamlet, en 1948; Richard III, en 1955; The Prince and the Showgirl, 1957 y Three Sisters, en 1970, junto al cineasta francés, John Sichel. Si bien, rompe el molde con Hamlet, las otras cuatro cintas las dirige y actúa de forma correcta. Quizás, lo que priorizaba en sus películas, era la realización, los guiones: los tres primeros basados en obras de William Shakespeare, y el último en un relato de Anton Chéjov. Las interpretaciones que Oliver exigía infructuosamente a sus actores eran las mismas que estuvieran en un nivel al cual él podía llegar. Normalmente, sus puestas en escena no eran de un rango llamativo salvo en las categorías de dirección de arte y vestuario, donde no restringía costos, manteniendo la simetría y la ponderación, así como invertía los presupuestos asignados. Pues bien, la primera película rodada sobre un texto de Shakespeare en el cine se sabe que fue realizada en los EEUU, y corresponde al film King John, en 1899, de  Walter Pfeffer y  William K.L. Dickson, junto al guión de Herbert Beerbohm Tree, quien también formó parte de los actores. Pero, William Shakespeare figura como el autor más veces adaptado a la pantalla con 308 versiones más o menos fieles, 41 modernizadas e innumerables parodias. En la lista de historias que han sido filmadas más veces figuran Hamlet, con 29 versiones,  Romeo y Julieta, con 19 versiones, y Macbeth, con 21 versiones. Hamlet, de Olivier me impresiona en su conjunto, y en su individualismo a través de lo maravilloso que actúa el actor inglés. Más que cualquier otra adaptación de Hamlet que haya visto, Olivier me hace pensar y hasta reflexionar, sobre la profundidad y el honor del compromiso de un hombre para con otro al que admira sin contemplaciones. Si bien es cierto,  la versión de Kenneth Branagh, en 1996, tenía un enorme presupuesto y el elenco, como la puesta en escena, más allá de ser fascinantes, alardeaban de ser la única adaptación cinematográfica completa de Hamlet jamás hecha; creo sin arrepentirme que Branagh se trepa con pericia y astutamente a la nube de la producción y la técnica, y no del discurso valioso y dominante del “Bardo de Avon”, donde Olivier, ya lo mencionamos, rompe el molde. Creo que directores como Franco Zeffirelli, Aki Kaurismaki, Tony Richardson Gabriel Axel, Georges Méliés o Grigori Kozintsev, sí van por el camino que el poeta, dramaturgo y actor inglés había señalado en su obra, pero con equivocaciones que no permiten las comparaciones. Con respecto a la obra de Shakespeare, no parece quedar del todo claro, aunque muchos autores, obviamente críticos de lo hecho por el supremo poeta inglés, señalan  que Hamlet no es una historia original y que gran parte de su contenido se basó nada menos que en “The Spanish Tragedie” o “La tragedia española”, publicada en aprox. 1,585, según la pluma del dramaturgo Thomas Kyd, donde se argumenta una historia de doble venganza, donde el primero de los vindicadores, apurado, acabará  reinventando el deseo de represalia de un hijo que descubre a su padre muerto, y a su hermana que prefirió suicidarse. Más allá de estas dudosas cuestiones, el Hamlet de Laurence Olivier queda reducido a lo vital de las interpretaciones, de las emociones tanto en lo burdo como en lo sutil, de los elementos psicológicos, ya que en lugar de exhibir a los intérpretes y sus actuaciones acompañando a componentes externos como la producción en escena, que si bien es parte importante de la película, no puede de ningún modo ser el “corazón” de la misma, ya que Olivier, que sabe lo pretendido por William Shakespeare, sintiéndose presionado a incluir a su Hamlet,  abiertamente distinto a los más de 400 Hamlet, que había ofrecido el cine mudo, y que con su participación como director y actor tendría que modificar tras una agotadora labor, aquel Hamlet que primaba en las mentes de los fans  de entonces. Mi opinión es que como director y actor protagónico, Olivier ciertamente se desborda no excesivamente, pero sí con notoriedad en el ida y vuelta del film, tratando que su formidable interpretación lo sea todo y termine con todos los príncipes daneses en conflicto, así como tratar que su innata habilidad como realizador sea por momentos obvia y llamativa, Pero en general, eso va a resultar extraño, ya que en el film tanto Rosencrantz como Guildenstern, son cortesanos daneses, que tratarán de ganarse la confianza de Hamlet por orden del Rey Claudio. Hamlet no llega a confiar en ellos del todo, pero mantiene su compañía para averiguar más de los planes de su tío. Claudio hace que escolten a Hamlet hasta Inglaterra, con una carta secreta en la que se pide al Rey de Inglaterra que mate al príncipe danés. Hamlet descubre el complot, y reescribirá la nota para que sean Rosencrantz y Guildenstern los ejecutados. Así que en la argumentación quedan claramente superfluas las indecisiones de Hamlet acerca de vengar la muerte de su padre a manos de Claudio. Hamlet puede dudar y hasta equivocarse, pero todo esto en manos del Olivier actor, resulta la adaptación apolínea de la novela al film quizás como la mayor historia nunca antes  escrita. Como señale, la versión de Kenneth Branagh era un show visual notable, y empleaba a algunos de los actores más renombrados del año 1996: Kenneth Branagh, Jack Lemmon,  Kate Winslet,  Julie Christie, Billy Cristal, Gérard Depardieu, Judi Dench, Robin Williams, Charlton Heston, Richard Attenborough, Derek Jacobi y John Gielgud  etc., al final, esa fortaleza interpretativa de las estrellas era más abstracto y desatendido que la “nada”, especialmente en cameos inexplicables como aquellos de Robin Williams, Richard Attenborough, y el francés Gerard Depardieu. Además, los pasillos grandiosos y el diseño de arte insondablemente elaborado con provocadora hermosura, y un valor agregado inesperado de la producción, era demasiado distinguido para una concepción del mensaje Shakesperiano desdoblado y con poco arraigo. Lo hecho por Zeffirelli daba la impresión de ser un agujero enorme donde se caían todos, considerando los equipos y los artistas. El castillo de Elsinore no era sólo una serie de cámaras blandas, marrones y cavernosas, sino también un juego de aventuras en el mundo de Hamlet. En Elsinore se combinan fuertes elementos de simulación social, una trama dinámica que reacciona inmediatamente a las decisiones de los jugadores, y un mundo atiborrado de personajes diversos con secretos que descubrir, pero donde Ofelia no podrá evitar la tragedia que se encuentra ante ella. Otra cosa, Mel Gibson estaba mal elegido para el papel principal. Un actor totalmente aburrido e irritante, donde la calidad del mismo queda vencido por la grandeza de la obra. Pero, décadas antes de cualquiera de esas versiones, la película de Laurence Olivier, es la fusión perfecta de la esencia de una obra teatral con los sutiles beneficios que una cámara puede proporcionar a esos elementos del juego escénico. Me entretiene y me enseña muchas cosas esta versión de Olivier, porque, sencillamente, uno puede mantenerse más atento, observar mejor la fase interpretativa del Olivier actor y los personajes que lo rodean, pese a los nudos y manipulaciones del Olivier realizador. Leí Hamlet hace ya unos años, y he visto cuatro adaptaciones del  film antes de la propuesta de Olivier, y si antes me trababa en los cortes, esta vez, he sido capaz de seguir la historia no tan fácilmente, pero con un mayor compromiso y cavilación. Podrían ser las grandes interpretaciones que simplifican lo que parece inentendible, o también no abusar del movimiento de las cámaras que ordena Olivier, o el impresionante blanco y negro del largometraje, quizás el valor de producción asombroso y su consecuente puesta en escena, o la estructura lineal del guión etc., pero lo real es que la interpretación del genial Laurence Olivier, lo tiene todo, profundidad en el discurso, en el fraseo corto, en las expresiones y gestos de todo tipo de movimientos, el acomodarse en la mira de la cámara para hacerle más llevadero el trabajo al camarógrafo, o su forma de encarar cualquier situación que se le presente, incluida la guapísima Jean Simmons, quien hace de Ofelia etc., pero ciertamente no sería muy serio hacer una comparación con un desatinado Gibson o quedarse estático y plantado como un árbol con Branagh, aunque en él con todo lo que tenía, su actuación pasa por el confesionario de una Iglesia. Ahora, ¿¿Olivier era demasiado viejo para desempeñar el papel?? Por supuesto que lo era, pero también lo es casi cualquier otro actor que ha desempeñado el papel profesionalmente. Toma su interpretación con una seriedad apabullante, y le presta la misma atención  a un Hamlet que siente el peso de la dignidad, de modo que incluso durante los momentos más irritantes e inseguros del príncipe, el Hamlet de Olivier parecería estar vacilante de sí mismo, pero no, lo que sucede es que posee un aire de nobleza que nunca es pasado por alto, incluso fingiendo locura en su plan de vengar a su padre. Es un loco convincente, corriendo y parando con justeza en las líneas que le tocan, para luego con sólo pulsar un botón se transmuta todo para enfocarse en el convincente soliloquio del “Ser o no ser”, pero manteniendo incólume su amor propio y su decoro. Con todo, es vistoso, y un poco sutil, pero nunca buceando en el extremo profundo de cualquiera de los extremos, es decir, exactamente hace lo que se requiere de un actor para lograr deslumbrar a Shakespeare. Olivier y todos los actores que lo rodean son competentes uno por uno, y atentos a lo que se espera de una producción shakesperiana de primera clase. El autor, refuerza con estas palabras su premisa: la creencia que la muerte no es más que la erradicación del cuerpo, y que tanto el intelecto como el espíritu seguirán caminando juntos y más vivos que nunca. El valor de la producción de la película es realmente algo que asombra, en particular, lo referido a la fotografía, la BSO y el vestuario. En cuanto a las ambientaciones, aunque obviamente no son tan impresionantes como en la versión de Branagh, son casi las mismas, faltó algo de diversidad,  pero aun así la grandiosidad de los actores y en especial la de Olivier actor, parecen hacerlas imponentes para ser un factor que no lo eclipsa nada. Por la noche, especialmente cuando Hamlet se encuentra con el espíritu de su padre, la niebla impregna el techo de Elsinore -claramente niebla falsa- pero que sigue siendo apropiadamente atmosférica. Si no fuera por Ciudadano Kane, diría que Hamlet revolucionó el concepto del foco profundo. Hay algunos tiros que resultan fantásticos e inolvidables. En el juego entre Hamlet y Ofelia, existen disparos más sutiles que resaltan ambas miradas. No son tiros que pueden atormentar a los artistas, por lo que la delicadeza en la filmación también contribuye a la perfección de las escenas. Por ejemplo: Hamlet en un primer plano, Horatio en el medio plano, y Marcelo y Barnardo en el plano abierto del fondo. Cada personaje de la escena se incorpora a ese “single shot”, de modo que, incluso mientras Hamlet reflexiona, podemos ver con claridad cómo reaccionan los demás personajes, y todos ellos se dispersan ordenadamente para que Hamlet sea el foco principal, y con razón, pero los otros también tienen su postura: cine sutil, impresionante y económico. Los tiros hacia el personaje Horatio son reales, así como aquellos del primer plano, y el de Hamlet, pero parecen efectos especiales, siguiendo luego la reunión con el espíritu de su padre, muy lejos casi en el fondo de la secuencia. Si es real, es sólo otro ejemplo de puesta en escena increíble y enfoque profundo, y si creen que se trata de efectos especiales, bien por un trabajo de producción impecable. Lo mismo ocurre con el último y asombroso tiro de la película, ya que la cámara se desliza lentamente de habitación en habitación de Elsinore, pudiendo ser una sola toma, o tal vez ayudado por algo, se me ocurre maquetas etc., pero de cualquier manera, es llamativo para la época. Por lo tanto la interrogante sería: ¿¿Cómo realizador, Oliver, juega con mano de vez en cuando, en el momento que se trata de decisiones estilísticas?? Obvio microbio. No es exactamente una cuestión demasiado frágil por parte de Olivier para igualar la cabeza de la sombra de Hamlet con el cráneo de Yorick, pero sigue siendo virtuoso y astuto, como lo es con todo lo demás, especialmente usando los enfoques angulares, aparentemente poco probable que la cámara los vaya tomando individualmente, o quizás también una forma imposible que se deslice de un extremo de una de las escenas hacia la otra, es decir, jamás es tan obvio que durante la obra todo se embotelle dentro de un único lugar. La cámara comienza en el lado izquierdo de la habitación, donde Hamlet pone la cabeza en el regazo de Ofelia, se desliza sin esfuerzo hacia atrás y hacia la derecha, deteniéndose momentáneamente detrás de las cabezas de Claudio y la reina Gertrudis, de modo que no podamos observar la cara de Claudio. Claro, el que no lo entiende, sufrirá y se volverá loco solamente viendo la recreación paródica del asesinato de su hermano, tal como anticipó Hamlet, girando la cámara desde la derecha hacia el otro extremo del escenario, donde Horatio se pone de pie, y volverá a deslizarse. Sin embargo, la cinematografía superflua, pero asombrosa, como lo es la escena del duelo de Hamlet y Laertes, donde la cámara empieza prácticamente en el techo e hipnóticamente viaja hacia abajo hasta llegar a los actores, haciendo una escena de diálogo directo. En un castillo enorme parece mucho más épico en su alcance. Fíjense también en el ruido de un corazón que anuncia la aparición del fantasma, primero en el techo del castillo de Elsinore, luego cuando Hamlet se enfrenta a su madre. Es una señal auditiva obvia, pero cuando se combina con el movimiento de la cámara sutilmente inquietante, moviéndose esta hacia adelante y hacia atrás, desde el rostro de Hamlet, al mismo ritmo que el latido del corazón, sigue este siendo inquietante, y es un buen indicador que la locura fingida del príncipe danés podría no ser del todo real. El príncipe Hamlet quizás pueda llegar a ser el protagonista más indeciso, conflictivo y conocido de toda la ficción, mientras el Olivier cineasta, y el Olivier intérprete, transmiten este hecho extraordinariamente. Entonces, ¿¿Cuál es el resultado final?? La línea de fondo es que Olivier, como director, emplea algunas técnicas de cámara y sobre todo de sonido en la puesta en escena, además que de la cámara que un realizador novato, con brutal puntería siempre buscaría hacer. Pero, sin hacer nombres, lo realiza y bien. La gran mayoría de los instantes más apabullantes de la puesta en escena son imperceptibles de todos modos, y es de un sujeto inteligente buscar  incorporar todos los personajes importantes de una escena dada en el marco, recreando efectivamente una obra de teatro. Para terminar, aquellas escenas que se recordarán por mucho tiempo son: el encuentro de Hamlet con el espíritu de su padre en las pilastras del castillo de Elsinore; El clásico soliloquio “ser o no ser”; el homenaje shakesperiano del teatro dentro del teatro con la representación de “La muerte de Gonzago” inducida por Hamlet para enervar a su padrastro; la escena en el dormitorio entre Gertrudis y su hijo Hamlet, ello con el asesinato de Polonio tras la cortina; la divertida charla de Hamlet con el sepulturero; el operístico entierro de Ofelia; el clímax final del duelo a espada entre Laertes y Hamlet, con el complot de Claudio para envenenar al príncipe danés. Hamlet es un clásico imprescindible en el desarrollo del Séptimo Arte de obras adaptadas, por su calidad y por llevar a la pantalla una historia que sobrevive con el paso obligado de los siglos, y que además está llevada con maestría y enormes intenciones. No es un film para cualquiera, sólo para los que quieren aprender una parte vital de la verdadera historia del cine. 100% recomendable.