lunes, 1 de mayo de 2017

“Neruda”, Pablo Larraín y su elegante imaginación narrativa acerca de la dialéctica poética “a lo nerudiano”.


















































































Pablo Larraín Matte nació en agosto de 1976 (40), en Santiago de Chile. Hijo de Hernán Larraín, senador y ex-presidente de la UDI, y de Magdalena Matte, ex-ministra de Vivienda y Urbanismo en el gobierno de Sebastián Piñera. Pablo cursó estudios de comunicación audiovisual en la Universidad de Artes, Ciencias y Comunicación, en la comuna de Providencia, en Santiago. Es socio y fundador de la productora “Fábula”, junto con su hermano Juan de Dios, empresa dedicada al desarrollo del cine, televisión, videoclips y comerciales. Su ópera prima fue el drama musical Fuga, 2006, una coproducción chilena-argentina. En 2008, exhibió la multipremiada Tony Manero, en donde hace una acertada fusión de géneros. El film lo realiza recordando los momentos aciagos de la dictadura del Gral. Pinochet, en 1977-78. Un sujeto cincuentón luce empecinado en interpretar a Tony Manero, nombre del personaje del actor John Travolta, en la cinta Saturday Night Fever, 1977, de John Badham, quien pasará del baile a cuestiones vinculadas a la criminalidad. Su siguiente film fue Post Mortem, 2010, también ambientado durante la dictadura militar, pero esta vez a pocos días que Augusto Pinochet diera el golpe de Estado. Esta vez Larraín -más que un cineasta pareciera ser un hombre extraordinariamente creativo- resuelve los nudos con mejor mano que su anterior film, a través de planos alargados, sin sugerir que reflexionemos acerca de las viles dictaduras militares que destrozaron casi tres generaciones en muchos países de América Latina, entre ellos el Perú. La composición nace desde la morgue de un hospital de Santiago, donde un sujeto se dedica a hacer informes acerca de las autopsias que van llegando. La mirada gélida y grisácea de este personaje luce enfocada en una bailarina, de la cual se enamora, y no tendrá ojos para nada, excepto para la muchacha. Hay escenas notables, como la autopsia del Presidente Salvador Allende etc. Larraín con temple y total disposición intentará el propósito de adentrarnos en la vida del sujeto, y narrarnos la travesía a través del mismo. Mediante muchos silencios y pocas palabras, Larraín  nos hace entrar en la mente de este personaje, quien no se da cuenta de lo que pasa a su alrededor, en un momento clave de la historia de su país. El cineasta logra crear una atmósfera de tensiones permanentes, y cuenta con un elenco con matices ideales. Su cuarto largometraje es No, 2012, una película en la que el mexicano Gael García Bernal interpreta a un publicista que desarrolla una campaña a favor del “No” en el plebiscito de 1988, para impedir que el  golpista Pinochet siguiera en el poder. El film fue nominado por la Academia en la categoría de Mejor película extranjera de habla no inglesa, sin mayor fortuna. Quizás, sea lo mejor de Larraín hasta la fecha. En 2015, estrenó El club, un drama centrado en un grupo de sacerdotes pedófilos a los que la Iglesia Católica esconde en una vivienda de un remoto pueblo. El año que pasó, estrenó Neruda, una especie de biografía incompleta del gran poeta chileno, ya que solo toca parte de la persecución política de la que fue objeto por el gobierno por ser un comunista incómodo y contestatario. No existe largometraje en el cine de Pablo Larraín, en que la ficción no esté vinculada desde lo estrictamente político. No es difícil darse cuenta que la dimensionalidad de su cinematografía se destine en carecer de una visión partidaria que mitifique la realidad, y a través de este enfoque establecerse bajo una prescripción o método que le ha permitido no solo reconocimiento a nivel internacional, sino estar entre los cinco o seis mejores cineastas de Latinoamérica. El chileno, al margen de retratar la alienación urbana y lo escalofriante de la soledad, logra nuclear el sentido de lo absurdo y de la locura en el escenario de una sociedad bombardeada por la violencia, justificando cuestiones como el asesinato, la violencia etc. La filósofa alemana Hannah Arendt exploró cuales eran aquellas razones que empujaron a los nazis a cometer el genocidio más cuantioso y desgarrador de la historia universal, y para indignación de los judíos, llegó a una conclusión abiertamente absurda: Otto A. Eichmann, Teniente Coronel de las SS nazis, responsable directo de la “solución final”, principalmente en Polonia, y de los transportes de deportados a los campos de concentración alemanes durante la Segunda Guerra Mundial, fue una persona normal que no odiaba a los judíos. A través de la presunción de inocencia, se presumió que el acusado, como toda persona aparentemente normal, tuvo que tener consciencia de la naturaleza criminal de sus actos, y Eichmann al ser un sujeto condicionado por la normalidad, no constituía una excepción en el régimen nazi. Sin embargo, bajo aquellas circunstancias que imperaban en el Tercer Reich, solamente las personas excepcionales podían reaccionar normalmente, argumentó la Arendt. El mencionado clima sociológico no era distinto al de Chile y Perú en los años 60 y 70, cuando la maldad, el odio y la violencia se institucionalizaron, además de convertirse en una práctica diaria y común, dejando de lado historias verdaderas que se esforzaron, desde entonces, en legitimar una determinada verdad histórica. Pero a Pablo Larraín, no lo ha convencido en situarse en ninguna de estas vertientes, y se ha enclavado dentro de una “demarcación imaginativa” donde sus principales herramientas son “la autonomía creativa y el pensar soberano”, dos cuestiones que le han permitido hacer un cine que siempre mantiene cierta lejanía con los sucesos que narra, dejando en claro que no busca convencer a nadie de nada, y que su señero interés es indagar en los sentimientos humanos más conmovedores. En el film Post Mortem, cuando se desacraliza la figura de Salvador Allende al exponerse su cuerpo muerto, Larraín hace uso de programas de desmitificación. Allende, para el presente, siempre será aquel rostro del Presidente mirando al horizonte, y en el film luce una imagen cosificada, porque solo se trata de un cuerpo sin vida. En Tony Manero, se impondrá el clima de desasosiego y desolación, donde los valores han sido transmutados, y el significado de lo “normal” ha sido corrompido. Tanto el protagonista como su psicopatía no son una casualidad, sino la consecuencia de la efervescencia social, el abuso de las estructuras de poder, y la profunda censura cultural que pone en marcha todo régimen dictatorial. Pero, la gracia del personaje protagónico es que representa una “enfermedad” que atacó a Chile durante la dictadura militar: la hostilidad. Por lo tanto, esa violencia, absolutamente arbitraria y omnipotente, se encierran en una sola envoltura cinematográfica que caracteriza a la trilogía compuesta por Tony Manero, Post Mortem y No, y que consolidarán al chileno Pablo Larraín como uno de los cineastas cuyos largometrajes gustan en todos los países de nuestra Latinoamérica. El chileno es un hombre que crea a partir de la universalidad de su visión, una serie de ficciones que son trascendentales porque han sucedido en más del 90% de países de Centro y Sudamérica. El componente político en la lúcida creatividad de Larraín ha estado presente desde Fuga, de 2006 hasta Neruda, de 2016, aunque sin la ideologización consustancial hacia los partidos políticos. En el caso de No, se encaró la historia del plebiscito del año 1988 desde el quehacer publicista, y no a partir del cometido político, optándose por una óptica narrativa que causará polémica en los cinéfilos adeptos al buen cineasta chileno. Sus cintas están referidas a temas que tendría que ocuparse la izquierda desde una perspectiva nueva, ya que Larraín le sustrae la epopeya y el sentimentalismo a fenómenos que están atiborrados de susceptibilidad, de forma tal que se trae al presente cuestiones que no estuvieron porque no tenían un lenguaje adecuado que lo posibilitara. Aquel elemento de desmitificación se presenta con mayor intensidad en la película que retrata el plebiscito. Por lo tanto, el film se asocia con una gestión publicitaria que está basada en el apostolado de la venta de cualquier producto, arruinándose el basamento ético que tuvo la campaña del “No”. Otro tema es la elección del formato de videocasete U-matic, donde se decía que gracias a su uso los colores no calzan, es decir, se corre el rojo y el verde, que se desplazan para los lados, dando la sensación que la imagen luce caduca. Esta concepción de “colores corridos” se corresponde con la imagen simbólica del arcoíris del No, un emblema que logra positivamente la diversidad, pero que no se pueden integrar todas las partes en una sola imagen, por eso los colores se terminan por correr. Otros cineastas, que han trabajado con el género político, no están de acuerdo con la forma en que Larraín decidió abordar el plebiscito de 1988, pero es una cuestión subjetiva y relativa que se desmorona por sí sola. En el film El Club, ganador del Oso de Plata en la Berlinale, también se inclina hacia la estética de la desmitificación: los sacerdotes, en vez de reflexionar sobre sus faltas a la moral y sus crímenes, pasan el tiempo distrayéndose con carreras de perros y demás divertimentos. Por lo tanto, se trata de banalizar mostrándose los hechos como fueron. Sin embargo, dicha banalidad se transforma en una operación que investiga la historia de Chile arduamente, donde Larraín no simplifica. En el caso de su última propuesta, Larraín decide alejarse de lo que podría considerarse obvio, vale decir, el Neruda político militante del comunismo encerrándose en una especie de baúl transparente que poco a poco se va poblando de palabras, gestos y realidad. Esta película, muestra la consolidación de su estilo de dirección, ese que busca la historia no contada, desde el ángulo narrativo no explorado, para dar así con una libertad que, de tratarse de una biografía, estaría mucho más restringida. La productora “Fábula”, ha producido más de una decena de películas en los últimos 12 años, y es un mérito en un país como Chile. Los hermanos Larraín se toman en serio el hacer una verdadera industria audiovisual, a pesar que en Chile aún no están dadas las condiciones para hacer dicha industria. Tanto en  Chile, como en el Perú, no alcanza el dinero para financiar ni siquiera una sola película, de modo que, si no existe mercado internacional, el proyecto no funciona como debería, ya que con el mercado local tampoco resulta. Sin embargo, los Larraín han sabido analizar y estudiar el mercado audiovisual, y lo que han hecho es un trabajo abordado y dividido por categorías, es decir, si se produce una película de Neruda -que es una marca asociada a Chile- como lo es Shakespeare para Inglaterra: ¿¿Cuánto dinero se necesita?? Hay que considerar que se trata de una cinta de época, por lo que el presupuesto fue de varios millones de dólares. Los fondos de cultura tienen que asignar a este tipo de proyectos un puntaje, que puede fluctuar entre 40 y 100 puntos. En el caso de No, se le concedió, de manera inédita, el puntaje máximo (100). Sin embargo, en la siguiente ronda, el proyecto fue descalificado, quizás porque hubo temas personales en contra de los Larraín. No obstante, los hermanos perseveraron, y se adjudicaron el financiamiento. En Chile, son gente profesional al 100%, muy ordenados y serios, por lo tanto, existe un aprovechamiento total del financiamiento, y no se cae en derroches o filtraciones sombrías. Los Larraín no van desesperados tras un éxito de taquilla, todo lo contrario. Por ejemplo, el film Post Mortem no es una película “tanque” o “blockbuster”. Es obvio que fue hecha para interpelar a un público local e internacional, pero no en términos de ganar dinero. Esa es una película muy dura, difícil, poco grata, y no es dable que se haya creado para ser un boom comercial. Todo este vaivén de cuestiones en donde se enmarca el cine de Chile desde ya hace algunos años, es similar que en toda Latinoamérica. La diferencia es que en países como Chile, Argentina y Brasil se hace un buen cine porque los cabos están bien atados, desde el inicio hasta el final del proceso, cosa que no sucede en Perú, Bolivia, Paraguay, Ecuador, Colombia etc., donde claramente no existe hoy un director de la talla de Larraín, y se cae siempre en una malformación cinematográfica endémica propiciada por maestros e instituciones no calificadas. Una golondrina jamás hace verano, es lo que deberían plantearse los Ministerios de Cultura de algunos países con relación a darle integridad, identidad e inteligencia a su cine, y no sólo dinero, ya que con este no se compra en la farmacia ni la innovación ni la creatividad. Pues bien, en Neruda, Larraín y su inspirada vena política y humanística va a tomar nota de lo sucedido el 06 de enero de 1948, día iniciático de la persecución más trascendente de la vida del poeta y senador Pablo Neruda -Luis Gnecco- como la de su incansable rastreador, el joven detective Oscar Peluchonneau -Gael García Bernal-. El cineasta chileno ambienta su cinta solamente durante el periodo entre 1948 y 1949, cuando Neruda publicó en el periódico: “El Universal de Caracas”, un artículo titulado: “La crisis democrática de Chile es una dramática advertencia para nuestro Continente”, el mismo que por su repudio al gobierno del presidente radical chileno, Gabriel Enrique González Videla, provocó que este solicitase al Senado su desafuero, y a los Tribunales de Justicia, una orden de detención contra el poeta, obligándolo a escribir clandestinamente su poemario, Canto General, libro que empezó a redactar en 1938, y que a partir de su publicación por primera vez en México en 1950, el autor chileno consagrará su obra y reconocimiento internacional. Para gran parte de la crítica literaria, Canto General es una de las obras cumbre en la producción nerudiana e incluso, latinoamericana. Alejado totalmente de la introspección que caracterizaba a sus primeros poemas autorreferenciales, la obra asoma como una crónica de cuño enciclopédico que, combinando literatura e historia, reconstruye para evocar las vicisitudes del hombre americano por poder lograr su destino colectivo de liberación y plenitud. Originalmente, Canto General había sido concebido como un canto nacionalista, dedicado únicamente a explorar poéticamente los episodios históricos chilenos. Sin embargo, como el mismo Pablo Neruda reconoció posteriormente, sus largos y continuos viajes por América modificaron radicalmente su visión. Pablo Neruda, seudónimo de Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto, nacido en Parral, Región del Maule, el 12 de julio de 1904, es considerado uno de los poetas latinoamericanos más importantes del pasado siglo XX. La película de Pablo Larraín no es un compendio de sus obras, ni un largometraje enteramente biográfico del poeta, sino una yuxtaposición a su ideología política como miembro activo del Partido Comunista Chileno, así como también a su humanidad como una persona común que anhela el bienestar de la libertad de palabra y de pensamiento de sus pares, y de toda la civilidad de su país. Pablo Larraín logra una fusión entretenida del mejor género negro, político e histórico, filmado en digital y manejado a partir de aquel “realismo mágico”, que posee la entereza moral de no abandonar en ningún instante aquella sensibilidad del “romanticismo nerudiano”, para pasearlo por una colosal puesta en escena a través de los destacadísimos esfuerzos de una estupenda edición de Hervé Schneid, la pulcra y bella fotografía de Sergio Armstrong, la monumental dirección artística de Estefanía Larraín, la BSO de Federico Jusid y Carlos Cabezas -notable la canción “Ases Tod” de Edvard Grieg- el sensacional vestuario de época, sonidos, efectos etc., y la realización de un Larraín que se convierte en un jugador de las “grandes ligas cinematográficas”. Neruda resulta para todos aquellos que sentimos pasión por el cine hecho con predilección por una narrativa que interese, divierta y enseñe, un “poema cinematográfico” de grandes alcances individuales y en conjunto, donde cada detalle visual se convierta en una profunda significación de cada escena enlazada con extrema suavidad para que observemos el carácter dual de todos los elementos que lo componen, comenzando por los escenarios que varían entre la opulencia y la humildad, la cinematografía que alterna filtros fríos y cálidos a lo largo de todo el desarrollo etc.; pero donde resalte un enfrentamiento entre los valores de los hombres, y cuya bifurcación más significativa de todas es, sin duda, la que sostienen Gnecco como García Bernal, encarnando a un perseguido y su persecutor. Oscar Peluchonneau, es un personaje que existió realmente aunque algo disímil al que se retrata en la cinta. En el afán por crear este dimorfismo entre ambas voces masculinas, el joven detective es un hombre apuesto, aunque solitario, sin amor, hijo de una meretriz, siempre viviendo alejado de su propia existencia, cuyo derrotero y razón de ser se centrará en tener entre sus brazos de experto cazador a Neruda. El poeta, es un hombre repulsivo, sin un gramo de atractivo físico, pero con una gran destreza en el arte, a quien todo mundo conoce por su obra, y en el complejo universo de la conquista femenina, pero que no demuestra su amor, ni siquiera su miedo a ser capturado. Ambos personajes, aunque antagónicos, tienen la virtud de la complementación y la empatía por cada quien, ya que Peluchonneau no sólo hace lo imposible por encontrarse cara a cara con Neruda, sino intenta continuamente encontrarse consigo mismo, a sabiendas que al ser el único encargado de estar en la búsqueda del poeta, lo hará el hombre más famoso del país, mientras Neruda va a alimentar su ego al seguir con el juego del acoso. Larraín nos retrata al poeta chileno lleno de defectos y habilidades. Por un lado le brota instantáneamente el ser talentoso, influyente, inteligente y astuto, pero también sufre con descontrol el ser egocéntrico, mujeriego, narcisista y orgulloso. Pero, esta mezcla de adjetivos, actúan como luces y sombras que lo humanizan, y lo percibimos cercano. Él es el eje de la trama, y la cámara de Larraín gira encantada a su alrededor, como si Neruda fuese el núcleo de todos los planos y tomas que desnudan sus movimientos y reacciones. Este es un gran acierto del cineasta, porque el hecho de colocar  a todos los personajes del film justo al centro del cuadro, le permite a Larraín que la atención del público se oriente hacia los mismos, detallando sus gestos y emociones, todos ellos de gran valor tanto en la evolución de la trama como en la de los personajes. Gael García acompaña la narrativa con una metida voz en off, que interrumpe a propósito algunos diálogos que parecieran no estar lo suficientemente claros, haciendo que no nos perdamos cualquier hecho pronunciado o que se complete lo que cualquier personaje deja de decir. Con voz quebradiza en algunas ocasiones, el actor mexicano nos lleva a conocer a fondo al policía, es decir, al hijo no reconocido de Olivier Peluchonneau. Por su parte, el actor chileno Luis Gnecco, nos hace ver su estupenda habilidad interpretativa al traer de vuelta y de manera sublime el carácter, la fuerza y la tozudez de Neruda, complementos del dulce y racional temperamento de su mujer, Delia del Carril, interpretada por la gran actriz argentina Mercedes Morán, a quien el cineasta chileno le da el protagonismo justo, así como el soporte que ejerce sobre el poeta. Neruda refleja poesía en cada uno de sus actos o ambientes, sea en el Senado o en el burdel al que acostumbra visitar. Peluchonneau cede ante el sueño compartido que Neruda convertirá en la peor de sus pesadillas. Lo seguirá con la constancia y eficacia de un implacable trampero, sea en automóvil, motocicleta o caballo, pero terminará sus días vencido por la grandeza de un Neruda que le destrozará el intelecto y lo hará sentir un ser inferior. Pablo Neruda se preocupaba por los intelectuales, tanto como por la clase obrera, campesinos y prostitutas, y eso lo llevó a ganarse el cariño, el respeto y la fascinación de todos quienes compartían la misma férrea voluntad de la libertad y la justicia. Para terminar, Larraín ha tenido una trayectoria limpia y evolutiva, un proceso real de mayor libertad en sus creaciones. El cineasta chileno ya está inmerso en otro nivel de cine a través de una metodología, que no es un calabozo mental para él sino un punto de partida, un desarrollo y un desenlace del que será difícil enterarnos. Pablo Larraín ya ha logrado darnos a los cinéfilos mediante su amplísimo espacio de liberación un cine imprescindible de observar, no sintiéndose de modo alguno constreñido o afectado por técnicas foráneas sino propias de su inteligencia, curiosidad por la indagación, y una creatividad envidiable. El chileno reafirma con Neruda, que su capacidad de autoría, a pesar que el guión no sea suyo, resulta invulnerable. Una gran película para quienes apreciamos la novedad como si fuera oro en polvo. 100% recomendable.