miércoles, 19 de julio de 2017

“La cérémonie”, Claude Chabrol y su idoneidad para el embelesamiento y el epítome.




































































Claude Chabrol nació el 24 de junio de 1930, en el 10mo. Distrito de París, y falleció en septiembre de 2010, en París. Estudió farmacología en la Universidad de París, antes de entrar en el tema cinematográfico. Un dicho conocido y repetido que creó Chabrol fue: Vivimos en tiempos donde las pizzas llegan más rápido que la policía. Agente de prensa, el francés se convierte a mediados de los años 50 en crítico de la revista Cahiers du cinéma. En esos años entabla relación con Paul Gégauff, quien será su fiel guionista, y conoce a la actriz Audran Stéphane con quien se casará y dirigirá en varias películas. En 1958, abriendo camino para sus otros colegas de Cahiers, Chabrol realiza su primera película a los 28 años: Le beau Serge, film que se transforma en el manifiesto de la revista. Se trata de un drama juvenil costumbrista en el entorno rural. Trata acerca del retorno de Francois Baillou -Jean-Claude Brialy- a su pueblo natal en la Francia de los años 60 tras una década viviendo en la gran ciudad. Allí descubrirá cómo la tierra donde vivió continúa igual que como la dejó, mientras que sus habitantes han cambiado, en especial su antiguo amigo Serge -Gérard Blain-. Serge está sumergido en un patético alcoholismo al que su amigo Francois culpa de su relación matrimonial con Yvonne -Michéle Méritz-. Francois intentará que Serge enderece las riendas de su vida. Desde una perspectiva social y cercana, Chabrol realiza una crítica a las formas de vida rurales, en la que el cineasta presenta a unos pueblerinos salvajes y carentes de modales frente al hombre de ciudad. Traza así un choque con el clásico molde de estancia en el pueblo como lugar redentor, en contra de la ajetreada vida urbana expuesta por otros directores como hizo Charles Chaplin en Modern Times o Tiempos modernos, 1936. Frente a otras películas de la década, Le beau Serge tuvo que hacerse con una mínima parte del presupuesto que se había utilizado para la realización de las otras. Es obra de Chabrol, en Europa, el hecho de la realización sin la necesidad de cuantiosos gastos, cosa que agradó tanto a la industria del cine por la posibilidad de abaratar costos como a los jóvenes cinéfilos ansiosos por dirigir que pronto comenzarían, sean Godard, Truffaut, Resnais etc. Ganador de la Berlinale con el film Les cousins o Los primos, al año siguiente. Es un retrato de la juventud que callejeaba París los años anteriores a Mayo del 68, repartiendo sus tiempos entre la bohemia, el envidiado libertinaje francés, el futuro incierto y el existencialismo. Charles, responsable, sincero y enamoradizo es el orgullo de su madre, y el prototipo del buen chico, mientras Paul es el simpático sinvergüenza que encabeza todas las listas de amistades poco recomendables. ¿¿Ser así, cuenta para ser más o menos feliz?? Parece, en principio, que la reflexión del joven Chabrol que cuando escribió y realizó este drama, tenía una edad próxima a los protagonistas es posible y desarrollista. En este film, el triángulo Charles–Hélène-Paul es sin duda la creación formal más característica de la obra de Chabrol, junto a la estructura narrativa. La influencia del pensamiento nihilista, que se respiraba en un amplio sector de la intelectualidad francesa de la época, sobrevuela como un nubarrón las vidas de los protagonistas que se resisten a abandonar los días indolentes, a sabiendas que no volverán, pero en el bullir cotidiano de perspectivas inciertas ¿¿Servirá para algo el hecho de “aprovechar el tiempo”??. Buen film. Chabrol cosecha el éxito de la crítica y la taquilla con sus siguientes películas: À double tour, 1959; Les bonnes femmes, 1960; Landru, 1963 y Le Tigre aime la chair fraiche, 1964. A finales de los años 60, su colaboración con el productor André Génovés le permitirá volver a films más intimistas: Que la bête meure y La femme infidèle, ambas de 1969, y La Rupture junto a la notable Le Boucher, las dos en 1970. En estas cintas, Chabrol hace una sátira de la burguesía de la provincia. Crímenes y adulterios ocupan un lugar privilegiado en estas historias, en la que cada uno de los personajes se empeña en salvar con harta hipocresía las apariencias. Con Docteur Popaul, 1972, sin ser esta una obra de arte, Chabrol logra su mayor logro de taquilla. Tras una breve incursión en el thriller Nada, 1974, y en lo fantástico: Alice ou la dernière fugue, 1977. Vuelve a las novelas policiacas, y en la “crónica de sucesos”, sus fuentes de inspiración. En la década de los 80, el francés filma una galería de retratos con grandes actores: Michel Serrault como asesino loco en Les fantômes du chapelier, 1982; Jean Poiret como inspector gourmet en Poulet au vinaigre, 1985 e Inspecteur Lavardin, 1986, o también el formidable Philippe Noiret como presentador televisivo en Masques, 1987. Sin embargo son personajes femeninos interpretados por actrices de talento lo que le permite al cine de Claude Chabrol cobrar un nuevo impulso en los años 90. Marie Trintignant hace de la fantástica Betty en Betty, 1992, e Isabelle Huppert se convierte para el cineasta en una actriz insustituible: Une affaire de femmes, 1988; Violette Nozière, 1978; Madame Bovary, 1991; La cérémonie, 1995; Rien ne va plus, 1997; Merci pour le chocolat, 2000 y L'ivresse du pouvoir, 2006. En ésta su última etapa, casi su “tercera juventud” a los 80 años, Chabrol retomó algunas de sus características del cine anterior, como el triángulo amoroso de Une fille coupée en deux, en 2007, e Inspector Bellamy, en 2009, siete meses antes de fallecer. Un grandísimo director, quizás el más reluciente de todos aquellos que surgieron de la Nouvelle Vogue, y una contribución monumental al desarrollo del cine francés. Pues bien, La Cérémonie de Claude Chabrol es un drama engañosamente suave en su superficie narrativa, pero alarmante e intenso en su núcleo argumental. Se basa en la novela “A Judgment in Stone”, 1977, de la británica Ruth Rendall. Chabrol examina el conflicto de intereses de clases con un cierto humor penetrante, aunque envuelto por la agresividad de sus dos personajes protagónicos femeninas. Catherine Lelièvre -Jacqueline Bisset- contrata a Sophie -Sandrine Bonnaire- como nueva doméstica en su lejana mansión de Saint Coulomb. La familia Lelièvre está contenta ya que las labores de Sophie son estupendas, aunque es una muchacha callada, solitaria, quieta y misteriosa. Es educada, cocina bien, tiene una buena relación con los residentes y mantiene la casa limpia, por lo que se gana la confianza de las cuatro personas a las que sirve. Un día cualquiera, llega hasta el correo de la ciudad, y de buenas a primeras entabla un vínculo con Jeanne -Isabelle Huppert- empleada del lugar, una mujer fisgona, vivaz, enérgica y manipuladora, quien no posee un trato cordial con Georges Lelièvre -Jean-Pierre Cassel- el marido de Catherine, un industrial conservero, acomodado y saturado de prejuicios. Melinda, de 20 años, hija de Georges con su primera mujer, es la vía de comunicación entre Sophie y los padres. No está claro el nexo desde un principio, y pareciera estar fuera de lugar con respecto a Sophie, sólo que nadie podrá discernir qué es lo que la aqueja. Se le nota pensativa, con cara de preocupación, pero, sin embargo, cuando comienza sus deberes, todo parece estar en orden, haciendo su trabajo con seriedad y eficacia. Lo que hace Chabrol es presentarnos una apacible descripción de los personajes y sus respectivas concomitancias, el paisaje, la villa de Saint Malo, además de la credulidad que se gana Sophie, en especial de Catherine. Al transcurrir la historia, Chabrol impone un brusco cambio de timón, y la cinta empezará a mostrarnos la existencia de secretos celosamente guardados por los personajes, cuyo descubrimiento puede provocar la eclosión de un clima de tensión en un universo cerrado y diminuto. Por lo tanto, van a emerger enfrentamientos a raíz del hallazgo por parte de Melinda -Virginie Ledoyen- del aparente secreto que guarda Sophie, lo que desencadena un in crescendo melodramático que se eleva a picos impensados. Georges entierra sus frustraciones en la exuberancia, la música y una falsa e interesada dadivosidad, que no parecen calmar una belicosidad irracional. Catherine es una persona algo débil, sometida al marido, incapaz de calmar las reacciones autoritarias del mismo, hechos que desencadena en constantes arrebatos. A pesar de la intensa tensión, Chabrol incluye lances cómicos, como las trenzas de Sophie, el estropeado Citroën 2 CV, la poblada mesa de caridad de la parroquia, etc. No falta la sátira burlesca de la burguesía de la  provincia, donde Chabrol, con justa medida, incluye escenas como aquella de la recepción del yerno, la fiesta social, la indolencia de los personajes y la de la caridad religiosa para con los pobres. Pero, Sophie, a pesar de todo, sigue siendo bien tratada, se le ha concedido una bonita habitación con TV propia. Su empleadora se ocupa de sus necesidades y se ofrece a hacer algunas cosas para ayudarla a salir adelante. El secreto de Sophie tiene una limitación de la que ella se avergüenza. De alguna manera logra encontrar los medios adecuados para mantenerlo, y así salvarse de la humillación y la vergüenza, pero será por poco tiempo. Sophie y Jeanne son antagónicas, pero buenas amigas así que esta última le va llenando la cabeza de cosas a Sophie. Jeanne tiene el defecto de ponerse a leer correspondencias ajenas, cuestión que la pinta de cuerpo entero. Su vinculación con Sophie pronto se convierte en una estrecha hermandad de dos mentes atribuladas, una de las cuales allana el camino para una mentalidad malsana que podría amenazar con perturbar la paz de la familia Lelièvre. Una vez que Sophie deja entrar en la casa a Jeanne en los momentos que la familia está ausente, los criterios de Sophie se desbarrancan por la hostilidad de su nueva e inseparable compañera. La película de Chabrol nos trae a la mente el sólido estudio de Joseph Losey sobre el choque de clases que realizó en The Servant, 1963, así como la novedosa cinta Heavenly Creatures, 1994, de Peter Jackson. El cineasta francés a través de sus gamas de colores en el comienzo, nos muestra la abundancia de una familia a la cual no le falta nada, sin embargo, a través de la exploración de sus miembros va a evidenciar lo pancistas que pueden ser. Hay intentos conscientes de resaltar los complejos que siempre han existido entre la clase alta y la baja, más allá de las buenas intenciones. Por ejemplo, cuando su mujer le señala a Georges que no es una actitud de cortesía llamar a Sophie “criada”, discutirán hasta que finalmente se decide no pronunciar la palabra. Un complejo inherente a la superioridad se pone de manifiesto en la manera en que concluyen sobre esta materia. Una escena fundamental santifica el aire de falsa sofisticación de los Lelièvre cuando Georges aparece elegante, ataviado con un esmoquin, y declara que sólo quedan unos minutos para un concierto, que resulta ser uno que todos verán juntos por la TV, y no en el lugar real donde se hará.  En el otro lado, Sophie, totalmente sumisa, se siente inferior, por lo tanto se va a mantener  distante, retirándose a su habitación cuando sus actividades acaban. Tal vez, tampoco aprecie las formas condescendientes de sus empleadores cuando le ofrecen ayuda para conseguir sus lentes, o le dan lecciones de manejo, o le obsequian cosas que ella nunca tuvo. Tanto Jeanne como Sophie tienen un pasado oscuro que podría plantear preocupaciones acerca de su credibilidad como personas honestas y respetuosas de la ley. De hecho, la amistad que se desarrolla entre las dos se catapulta en una escena fantástica de chantaje amistoso que se produce cuando ambas revelan que cada una sabe algo sobre la otra, y juegan peligrosamente burlándose de aquello y de otras cosas. En cierto modo, se ha consolidado una mutua cooperación entre las dos, un aliciente contraprestación de favores que llevaría esta asociación al siguiente nivel. Claude Chabrol mantiene estas historias oscuras deliberadamente ambiguas para lanzarnos un reto a nuestro poder deductivo, al mismo estilo de Hitchcock, y que podamos interpretar la naturaleza de la verdad a su manera, basada en cómo él percibe a los personajes. Una vez que se descubran ciertas facetas de Sophie y Jeanne en la progresión de la historia, todo se rebobina, y alguna de las interacciones iniciales de las personalidades se produce como algo fuera de control, pero poseen un sentido concreto y nada aleatorio. El elemento de chantaje también se utiliza de manera muy extrema. Por un lado está aquel mutuo casi despreocupado que fortalece el vínculo de las dos mujeres, y por el otro hay uno que resulta ser muy serio y dirigido hacia los Lelièvres, pero que se desvanece cuando estos lo toman de manera casual. Chabrol pone a quien pueda en el banquillo de los acusados para que se exprese seriamente de cómo la gravedad de las consecuencias de tal escenario es percibida de manera contraria por diferentes clases sociales. A medida que las mujeres se acercan y se conectan debido a una posición común, su inusual cercanía física nos hace sospechar que están tramando algo fuera de lo común. Una escena en particular representa tanto a Sophie como a Jeanne muy alegres viendo TV, agarradas de los hombros en un abrazo apretado, un gesto físico que podría calificar como una unión amical indestructible o una atracción sexual sin límites. A partir de la enorme división económica entre las nuevas amigas y los Lelièvres empieza a crecer la rivalidad y se producen variados conflictos que los hacen recordar sus respectivos pasados. Sophie comienza a tomarse libertades como irse a caminar por afuera durante algunas visitas en la casa, o invitar también a Jeanne a ver TV o charlar, en un gesto que incomoda a los patrones. Algunas libertades inofensivas tomadas pronto tomarán un destino más grave basada en una de esas rebeliones rencorosas llevando a la cinta al inesperado clímax de un desenlace sangriento donde el secreto de Sophie quedará expuesto. La cérémonie va a resultar un trabajo ejemplar de Chabrol para representar una fricción infinita e irreconciliable entre las clases sociales que nacen de las desavenencias individualidades, jactándose de un poderoso y llamativo protagonismo de Isabelle Huppert y Sandrine Bonnaire, a través de una narrativa tensa donde Chabrol logra dosificar probabilidades tanto para los unos como para los otros mediante una sutil diversidad de capas. La BSO suma una hermosa partitura original de cuerdas clasicistas, que envuelve el despliegue de la tragedia. Chabrol le agrega fragmentos de Mozart y Elgar. La fotografía deja que el público juzgue y decida según su criterio. Hace uso de planos extensos, barridos descriptivos y encuadres de precisión. El guión dosifica el suspense con acierto. Las interpretaciones de Bonnaire y Huppert son magníficas. La dirección demuestra su aptitud para la intriga además de su idoneidad para el embelesamiento y el epítome. 100% recomendable.