lunes, 7 de agosto de 2017

“Il sorpasso”, Risi y su insaciable predilección por la comedia agridulce.


































































Dino Risi nació en diciembre de 1916, en Milán, Italia y falleció en junio de 2008 en Parioli, Roma. Junto a Mario Monicelli, Luigi Comencini, Nanni Loy y Ettore Scola, conformaron los llamados maestros de la comedia a la italiana. Quedó huérfano de niño, y fue criado por familiares y amigos. Risi estudió medicina especializándose en psiquiatría. Se unió a un grupo de jóvenes escritores e intelectuales milaneses, entre los que se encontraban Lattuada y Comencini. Asistente de Mario Soldati en Piccolo mondo antico, 1941, y de Alberto Lattuada en Giacomo I’idealista, 1943, logra realizar Barbone, 1946, su primer cortometraje donde esboza la vida de aquellos vagabundos de su ciudad natal. El film fue galardonado en la Mostra de Venecia. Risi prosigue con una investigación desencantada acerca de la existencia de las clases desfavorecidas en Bulo in sala, 1948, donde analiza con humor las reacciones del público dentro de una sala de cine. En dos documentales: Seduta espiritica e Il siero della veritá, ambos en 1949, ofrece una crónica científica de sus experiencias psiquiátricas. Tras colaborar con el guión de Anna, de Lattuada, y Totó e i re di Roma, de Monicelli y Steno, en 1951, comedia en clave de crónica sarcástica acerca de un burócrata de nombre Pappalardo, dirige su primer largometraje de ficción, Vacanze col gánster, en 1951, una aventura de infantes que conforman una pandilla para ayudar a que un malhechor pueda escapar de las autoridades. Tras una comedia dramática Cinecittá, Il viale della speranza, en 1953, donde filma alegrías y decepciones de tres jóvenes que aspiran a la fama, firma uno de los episodios -Paradiso per quattro ore- de la famosa cinta L'amore in città, de 1953, junto a Antonioni, Fellini, Lattuada, Lizzani, Maselli y Zavattini. Su espíritu cáustico, siempre interesado en los detalles mínimos de la vida, lo vuelve un hombre de singular expectativa, por ejemplo, no va a seguir la travesía ideológica del movimiento neorrealista, ya agonizante. Filma dos comedias para la pareja De Sicca y Loren, Il segno di Venere  y Pane, amore e..., en 1955, pero es con Poveri ma belli, con Marisa Allasio y Maurizio Arena, en 1957, donde logra su primera obra de arte, y en donde nos ofrece un jubiloso retrato de un grupo de jóvenes romanos que saborean las mieles de la sociedad de consumo. Debido al gran éxito de la película, Risi emprende otras comedias tradicionalistas: La nonna Sabella, 1957; Belle ma povere y la goldoniana Venezia, la luna e tu, ambas en 1958; Poveri milionari y la satírica Il vedovo, en 1959, una galería contundente de personajes para Vittorio Gassman, su actor fetiche, y junto a Doris Day en Il mattatore, 1960. Luego dirige con acierto una dramática historia de amor impregnada de una atmósfera negrísima, Un amore a Roma, 1960, clima que reaparecerá en sus películas de los años 60 y 70. En 1961, Risi rueda otra de sus lujosas obras, Una vita difficile, con otro notable cómico, Alberto Sordi, un sañudo fresco acerca de la historia de Italia, desde el fascismo recalcitrante hasta el boom económico, a través de las peripecias de un periodista de izquierda. Tras un gráfico cómico de la guerra sumado a un retrato subversivo de la génesis de Mussolini, La marcia su Roma, 1962, Risi aborda la crisis moral contemporánea con la formidable Il sorpasso, ese mismo 1962, donde Gassman interpreta al personaje del cínico holgazán que no posee más valores que el goce inmediato. En su film, Il successo, de 1963, que realiza junto a Mauro Morassi, refleja las miserias humanas de una forma cruda pero con sentido de crítica, además del estupendo uso de la ironía, y la convincente exhibición del clima de progreso económico de la Italia de los 60, detallando curiosamente las artimañas que solemos utilizar los seres humanos para conseguir los objetivos a cumplir. Con L'ombrellone, de 1965, transforma las vacaciones de una pareja de italianos en un infierno bélico. Su gran sentido del humor empieza a negrearse en sus siguientes comedias: la seudofolclórica Straziami, ma di baci saziami, de 1968, una corrosiva sucesión de sketchs para Nino Manfredi, Vedo nudo, 1969, la irreverente La moglie del prete, 1971, Noi donne siamo fatte così, 1972, una serie de mosaicos de figuras femeninas con Monica Vitti. Filma Profumo di donna, en 1974, e inicia un periodo de pesimismo: del ciego exuberante del film -Al Pacino ganó un Oscar en 1992 por un remake- al loco desdoblado de Anima persa, de 1976 -dos geniales creaciones de Gassman- y de ahí al burgués decadente de La stanza del vescovo, en 1977, al viejo actor en horas bajas de Primo amore, 1978 -ambos papeles de Ugo Tognazzi- y también al soñador empedernido encarnado por el grandioso Marcello Mastroianni de Fantasma d'amore, 1981. Todas estas cintas expresan facetas reveladoras acerca de las dudas de un hombre cada vez más obsesionado por su sentir espectral. Sus últimos largometrajes muestran un cierto cansancio, aunque dirigiendo a Coluche, Risi va a recuperar su elocuencia tanto en Le bon roi Dagobert, 1984, filmada en Francia, como en Scemo di guerra, de 1985. Gran cineasta, quizás el padre de la comedia humana en su más ferviente universalidad. Pues bien, Il Sorpasso comparte con otros clásicos de la comedia italiana un tono ligero que, sin embargo, permite leer entre líneas algunas reflexiones profundas. La película tiene un arranque espectacular con ese automóvil Lancia convertible irrumpiendo frenético en la escena y perturbando la paz de las calles romanas que por un día feriado han quedado vacías. Gassman es un torbellino desde el principio y se lleva por delante todo lo que le salga al paso. Solo tiene que exhibir su característica sonrisa y su imparable verborrea para arrastrar a un timorato Trintignant, quien mansamente lo va a acatar todo sin molestarse. Vittorio está soberbio, y Jean Louis raya a buen nivel. El francés interpreta a Roberto, un tímido estudiante de derecho que sin oponer resistencia se embarca de repente en una aventura desconocida con un sujeto aleatorio, Bruno Cortona, un Gassman excepcional. Ambos son dos polos opuestos. Cortona es fuerte, decidido y bullicioso. Su relación resulta ser más compleja que a primera vista, y la película no es sólo una mirada a la década de los 60 en Italia, sus paisajes, playas, gasolineras, plazas, clubes nocturnos y fincas, infaltables bikinis, y siniestros accidentes de tránsito, sino también una proposición inquieta, divertida y conmovedora. Con un final que recuerda a los films de Bertrand Blier, y también de Dassin, Il Sorpasso se apodera de nosotros debido a su núcleo humorístico. Mucho del film de Risi va a tener acción en la carretera, lo que la inclina a definirla como una “road movie” a la italiana, con dos desconocidos viajando a altas velocidades a través de la campiña y pequeñas ciudades. Aquí se encuentran quizás las mejores escenas de la cinta porque pasa de todo un poco. Las conversaciones que impone Cortona son a fuego rápido y sobre temáticas modernas. Aunque Roberto quiere hablar de la naturaleza y la poesía, Cortona pondrá en agenda a los coches, mujeres y la comida. Hay muchas oportunidades en donde Risi muestra su maravillosa vena cómica, como por ejemplo, cuando Bruno y Roberto van por la ruta, y se encuentran frente a un hombre comiendo un sándwich en su sala de estar que por aciertos de la cámara se establece en la parte trasera de un camión con la puerta de descarga abierta. Al margen de los sucesos en la carretera, lo principal en la mente de ambos hombres y de Risi son las mujeres. Hay algo genial en cómo Il Sorpasso introduce una cantidad de posibilidades eróticas no consumadas. Cada vez que se siente la obviedad que la película se convertirá en una revelación de enlaces, la amistad sincera entre Bruno y Roberto se mantendrá a la vanguardia. Las mujeres de Risi no son como las de Fellini: diosas del pasado y actrices inalcanzables. Tampoco son como los inocentes de una película de Ermanno Olmi. Son más reales que las primeras y más deseosos que los segundos, lo cual tiene un sentido propio. Il Sorpasso no es ni fantasiosa ni nostálgica, ni un diminuto poblado sin culpa. Está llena de una sensación grata de deseo que a veces entretiene y otras desespera. Después de todo, el asentamiento de aquella bella parte de Europa era en sí misma una especie de gigantesca imagen de carreteras instaladas en la inmensidad del viejo continente y su glamour. Con nuestro incesante amor al movimiento, nos convertimos en los primeros en ser transportados -en todos los sentidos- por el automóvil. No es de extrañar, entonces, que tantas cintas emblemáticas de Hollywood, de Easy Rider a Thelma & Louise o Sideways, hayan buscado moverse bajo los mismos parámetros. Sin embargo, curiosamente, lo que puede ser la más prolija “road movie” del cine provenga de la Italia de 1962. Il Sorpasso es un término que se refiere al acto agresivo de adelantar, o pasar, en la ruta. Il Sorpasso fue parte de la explosión de los años 60 en las películas italianas cuando autores como Antonioni, Fellini y Bertolucci se hicieron famosos internacionalmente. A diferencia de ellos, Dino Risi no realizó películas de arte -de hecho, Bruno hace bromas sobre Antonioni-. Risi hizo éxitos comerciales que, al igual que el Hollywood de los 70, estaban sincronizados con lo que el público estaba esperando. Con un toque ligero, capturó las realidades de la vida cotidiana, pero lo hizo de la manera más placentera, sin pretensiones, enfocado en el arte popular que siempre resultó masivo. Todos podemos disfrutar de Il Sorpasso simplemente por su energía y la creciente camaradería entre el Bruno mujeriego, que siempre está buscando una “sopa de pescado”, y la inocencia de Roberto, cuyo buen sentido lo convierte en un complemento ideal. Mientras que Roberto es interpretado por un Trintignant, incomparable en crear personajes algo enfrascados, la película le pertenece al electrizante Bruno de Gassman, el ideal platónico de cierto tipo de masculinidad del cual la cultura italiana puede burlarse, pero también adora. Aun cuando lo observaremos a través de su fanfarronería, los espíritus animales de Bruno llenan cada escena con una vida refulgente. Sin embargo, Risi no estaba haciendo una comedia italiana. Como la gran mayoría de las “road movies”, Il Sorpasso utiliza su viaje para revelar toda una cultura. Risi ofrece una brillante instantánea de los años de auge, cuando la Italia pobre y devastada por la guerra se convirtió repentinamente en una nación a “go-go” en donde la economía creció, la gente compraba autos y tomaba vacaciones en la playa, y todos querían divertirse. Donde la satisfacción de Roberto toca a los alemanes de los años cincuenta, Bruno encarna la nueva prosperidad e imprudencia de los años sesenta. Por supuesto, que existen riegos peligrosos en el exceso de velocidad, y el sabor especial de Il Sorpasso proviene de la habilidad de Risi de introducir las insinuaciones de la oscuridad en una historia soleada. Como el más sabio de los satíricos, Risi logra detectar lo que tanto los individuos como las sociedades enteras encuentran fácil olvidar: todo lo que va más lejos de lo normal se convierte en una ingrata posibilidad de amenaza, y este va a ser el mensaje final de un film imperdible. 100% recomendable.